Valores tradicionales

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Las virtudes y los valores tradicionales son los vigores sobre los que nos paramos y nos mantienen de pie para poder caminar erguidos y sentirnos humanos.

Con otro lenguaje y postulados de otro modo, se pueden encontrar en Aristóteles y en la Ética Nicomaquea –virtudes morales e intelectuales–, en las virtudes cardinales –prudencia, justicia, templanza y fortaleza–, en las teologales de Santo Tomás –fe, esperanza, caridad–, y también en la Cabalá –amor, justicia, compasión, humildad, persistencia, nobleza–.

También están presentes en el budismo, que con el nombre de “paramita” enumera las virtudes o cualidades nobles que todos deberíamos esforzarnos por alcanzar: generosidad, disciplina moral, paciencia y tolerancia, sabiduría o conciencia plena, sinceridad y ecuanimidad, la no-violencia y la compasión, entre otros; en el islamismo, que sostiene la importancia de promover la paz, la tolerancia, la equidad y la misericordia; y en el hinduismo, que destaca como valores supremos la bondad, la verdad, la honestidad, la no violencia y la satisfacción a través del equilibrio.

Son todos principios, valores y preceptos que con tanta razón nos inculcaban nuestros padres y abuelos cuando hablaban acerca de la importancia de portarse bien, llevar una vida recta y virtuosa, no apartarse del camino, cumplir con la palabra empeñada, ser humilde, moderado, respetuoso, decente, honesto, sincero, honrado, generoso, decir siempre la verdad, ser franco, no mentir, ni engañar, no ser falso o envidioso, y por sobre todas las cosas ser una buena persona, con buenos sentimientos, buenas intenciones, y hacer honor al apellido.

En su Carta Encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco hace una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo en cómo estamos construyendo el futuro del planeta y un llamado a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral para proteger nuestra casa común que es la Tierra.

Debemos afrontar el desafío de convertirnos en “hombres nuevos”, transformados en un nuevo modo de existencia. El mundo siempre está a la búsqueda de la novedad, porque con razón está siempre descontento de la realidad concreta. San Pablo nos dice: “el mundo no puede ser renovado sin hombres nuevos”, y nos invita a ser “ciudadanos” del cielo. Sólo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado y mejor.

La Revolución Francesa, por su parte, lo expresó en términos de libertad, equidad y fraternidad, valores que después dieron nacimiento al Estado Nación, la República, la democracia, y la proclamación de los derechos universales del hombre, la mujer y el niño. No hace mucho, el profesor Jostein Gaarder, autor del libro “El mundo de Sofía”, que introduce a los jóvenes en los problemas de la filosofía, se refería a la enseñanza de esa disciplina y afirmaba: "En Noruega todos los universitarios se dedican en forma exclusiva a estudiar filosofía por lo menos durante seis meses. Todos. Cuando me encuentro con mi médico, yo sé que él conoce a Kant y Descartes. Que puede opinar sobre problemas éticos con un espíritu esclarecido...".

Una buena educación resulta imprescindible para convivir en una comunidad porque garantiza a sus integrantes el establecimiento de esos lazos de unión, el aprendizaje de un lenguaje común y, sobre todo, la adquisición de una mirada compartida sobre el mundo. Que los demás nos respeten, que puedan entender qué nos sucede, que sean capaces de interpretar lo que valoramos y queremos, son componentes esenciales de nuestro bienestar personal.

Según la definición de la Organización Mundial de la Salud, una persona es sana sólo si es libre, feliz y solidaria. De modo que si hoy aspiramos a que las personas sean sanas, debemos incorporar los valores tradicionales y también los de este nuevo pacto social o nuevo paradigma de la sostenibilidad, conscientes de que la casa común, nuestro planeta, se ha vuelto finito y también que somos cada día más. Todo esto nos lleva, finalmente, hasta el cambio de era que estamos transitando en este momento, en el que la Revolución Industrial comienza a dar paso a la era del conocimiento, surgida como consecuencia del choque entre un viejo paradigma y las ideas de otro nuevo. Un viejo paradigma que estaba basado en dividir para reinar, y uno nuevo que ya nos hizo comprender que para que los seres humanos podamos seguir “reinando” lo que hay que hacer es volver a unirnos, a re-ligar.

¿Qué es la espiritualidad?

“Espíritu” es el sustantivo concreto y “espiritualidad” es el sustantivo abstracto. Al igual que “amigo” es el sustantivo concreto del sustantivo abstracto “amistad”. Amigo es aquel que tiene la cualidad de la amistad. El carácter o la forma de vida le hará tener un tipo u otro de amistad, más o menos intenso, más o menos sincero. Lo mismo ocurre con el espíritu y la espiritualidad. Podemos entender la espiritualidad en una persona o de una determinada realidad con su carácter o forma de ser espiritual, como el hecho de estar adornada de ese carácter, como el hecho de vivir o de acontecer con espíritu, sea el que sea. Así, cuando preguntamos qué espiritualidad tenemos, podríamos preguntar qué espíritu nos mueve, o cuando afirmamos que una persona es de mucha espiritualidad, podríamos decir que muestra tener mucho espíritu. El espíritu es su motivación de vida, su talante, la inspiración de su actividad, de su utopía, de sus causas.

Al hablar de espiritualidad nos referimos a la fuente originaria que es el fundamento de todo ser, el origen de todo, llamado con frecuencia “espíritu”. Decir espíritu es expresar el principio de la comunicación, de la creatividad, de la pasión y del amor. O sea, aquella vitalidad o fuerza que subyace a todas las demás energías, llena todos los espacios y tiempos, y continuamente crea y recrea: el “Spiritus Creator”.

La espiritualidad concuerda en esta concepción con las tradiciones transculturales de la humanidad: “Spiritus” para los latinos, “pneuma” para los griegos, “ruah” para los hebreros, “mana” para los melanesios, “axé” para los nagô y los iorubá de África y sus descendientes en las Américas, “wakan” para los indígenas dacotas, “ki” para los pueblos de Asia nororiental, “shi” para los chinos, “Espíritu Santo” para los cristianos. Eso son los nombres, pero en todos los casos estamos ante una fuente originaria que lo atraviesa todo, que hace del universo una sola comunión y se manifiesta como una realidad que está en movimiento, en creación continua y en apertura hacia lo nuevo, en una palabra: como vida y espíritu, que en nosotros se revela como “entusiasmo”. No podemos negar la relevancia de la espiritualidad y del elemento religioso y místico en la configuración de la humanidad.

En los últimos tiempos, los hombres estamos buscando nuestra peculiar experiencia espiritual, que marque fuertemente la vivencia histórica y que configure una espiritualidad propia, que se convierta en signo identificador ante el mundo entero. Y es que todo gran movimiento histórico como el que estamos viviendo, toda gran síntesis de pensamiento, de valores, de sentido, proviene en última instancia de una experiencia espiritual fundante que lo habita en lo profundo.

Antropocentrismo vs. cosmocentrismo

El antropocentrismo considera al ser humano como dueño y señor de la creación, con derecho a usar y abusar de ella, e incluso a destruirla caprichosamente, sin otra finalidad que la de satisfacer sus ansias de conquista. Responde, por lo tanto, a una lógica imperialista y a una ética antropo-utilitarista.

El cosmocentrismo, en cambio, pretende armonizar los derechos de los seres humanos con los derechos de los demás seres, estableciendo entre ellos un pacto basado en una religación no opresora. El paradigma cosmocéntrico entiende al ser humano no como rival de la naturaleza, sino en diálogo y comunicación simétricos con ella. Su relación es de sujeto a sujeto, y no de sujeto a objeto. Ambos tienen dimensión histórica. El universo posee un largo proceso cósmico: cosmogénesis. También el ser humano es el resultado de un largo proceso histórico-cósmico. Por ello está inmerso en una solidaridad de origen y de destino con el resto de los seres del universo.

Para leer más:

- Ética empresaria

- Ecología en perspectiva franciscana

- Eco-espiritualidad