Patrones de producción y consumo sostenibles

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Alcanzar patrones de consumo y producción sostenibles no se reduce a una cuestión ambiental; se trata de mantener el capital natural y, por lo tanto, la productividad y la capacidad de nuestro planeta para satisfacer las necesidades humanas y sustentar las actividades económicas. Dentro del capital natural se incluyen los recursos finitos no renovables y los recursos naturales renovables, entre los que figuran los servicios ecológicos y la capacidad de los sistemas biofísicos para absorber la contaminación.

El capital natural sirve de soporte al bienestar humano y al desarrollo. El deterioro de este capital conlleva una disminución no sólo de la productividad, sino también de la posibilidad de que muchas personas salgan de la situación de pobreza en la que viven. Al mantener o incluso aumentar el capital natural, se potencia un cambio hacia patrones sostenibles de consumo y producción que generan nuevas y mayores oportunidades para la erradicación de la pobreza y para mejorar la prosperidad de todas las personas.

En un mundo en el que los recursos son limitados es fundamental establecer patrones de consumo sostenible si se quiere garantizar un desarrollo sostenible, tal como se reconoció en la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, Río+20, y en el Grupo de Alto Nivel de Personas Eminentes sobre la Agenda de Desarrollo Post 2015. El Grupo de Alto Nivel también señaló que los Objetivos de Desarrollo del Milenio no abordaban este objetivo fundamental de establecer patrones de consumo y producción sostenibles. Muchos Gobiernos del Grupo de Trabajo Abierto sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) han reconocido que este objetivo debe integrarse en los ODS, ya sea como objetivo independiente o como objetivo transversal a otros objetivos que se establezcan en materia de alimentación, salud, crecimiento económico, industrialización, ciudades o ecosistemas.

La pérdida y el desperdicio de alimentos es probablemente la demostración más sorprendente de la disfunción de nuestros patrones de producción y consumo. En torno a un tercio del total de alimentos que se producen a nivel mundial, lo cual equivaldría a 1 billón de dólares, se pierde o se desperdicia en los propios sistemas de producción y consumo de alimentos. La pérdida de alimentos se produce principalmente en las etapas de producción —recolección, procesamiento y distribución— mientras que el desperdicio de alimentos se produce, en general, al final de la cadena de suministro de alimentos, a manos de los minoristas y los consumidores. En las regiones industrializadas, casi la mitad de los alimentos desperdiciados, lo cual supone unos 300 millones de toneladas al año, proviene del descarte de alimentos todavía aptos para el consumo, por parte de productores, minoristas y consumidores. Esta cantidad supera la producción neta de alimentos del África subsahariana, y sería suficiente para alimentar a los cerca de 842 millones de personas que todavía están subalimentadas en todo mundo.

Supone también un desperdicio innecesario de recursos de los cuales dependen los más pobres. La pérdida y el desperdicio de alimentos están vinculados al consumo de cerca de 173 millones de metros cúbicos de agua por año, lo que representa el 24 por ciento de toda el agua utilizada para la agricultura. La superficie de tierras dedicadas al cultivo de estos alimentos que se pierden y desperdician asciende a 198 millones de hectáreas por año, una superficie similar a la de México.

Uno de los factores esenciales para el desarrollo sostenible es que la producción de bienes y servicios sea más sostenible, limpia y eficiente. Desde la perspectiva de la oferta, el reto de la producción y consumo sostenibles requieren que se fije la atención en los siguientes aspectos:

• el suministro sostenido de recursos naturales fundamentales para la supervivencia humana, como agua, alimentos, energía y tierras productivas/habitables;

• el suministro sostenido de factores de producción para el desarrollo económico, lo cual implica medir y gestionar de forma sostenible los principales recursos renovables y no renovables (tales como madera, fibra, metales y minerales); y,

• la reducción de la contaminación asociada a la actividad humana y económica — tales como las emisiones de gases de efecto invernadero, sustancias químicas tóxicas, partículas suspendidas y liberación del exceso de nutrientes—, que puede dañar la salud humana o degradar los ecosistemas.

Tanto las políticas gubernamentales como las prácticas de gestión del sector público y privado, así como las opciones de tecnología y las inversiones deberían poner mayor énfasis en la eficiencia de los recursos, con el fin de ofrecer una mayor producción por unidad de insumo, así como reducir los daños ambientales relacionados. El giro hacia una producción sostenible puede contribuir a empleo verde, inclusivo y decente. Por ejemplo, los sistemas agrícolas sostenibles tienden a ser más intensivos en mano de obra, ya que este insumo puede reemplazar determinados productos químicos, a menudo tóxicos o contaminantes. Sin embargo, que se creen más empleos decentes a partir de modelos de producción sostenibles, requerirá, en algunos casos, de políticas adicionales que podrían incluir, por ejemplo, políticas para reorientar la inversión, transferir tecnologías o volver a formar a los trabajadores. De mantenerse las tendencias actuales, para el año 2050 seremos aproximadamente 9.500 millones de personas en el planeta, con una clase media en crecimiento que probablemente alcance los 3.000 millones en 2030. Esto puede tener importantes repercusiones en lo que respecta a la demanda de bienes y servicios. Sin embargo, es importante entender que el consumo sostenible no consiste necesariamente en consumir menos sino en consumir mejor, es decir, de manera más eficiente, reduciendo los riesgos para nuestra salud y para el medio ambiente.

El consumo sostenible reconoce que los patrones actuales de consumo fomentan una producción insostenible y la degradación de los recursos. No abarca únicamente los comportamientos de compra de los consumidores, sino que incluye también todos los tipos de interacciones entre las personas y las infraestructuras (movilidad, ocio, vivienda) que dan forman a sus estilos y medios de vida. El consumo sostenible exige una convergencia de los patrones actuales de consumo y que todos consumamos de manera responsable. Esto se puede alentar combinando una serie de políticas e instrumentos económicos, así como voluntarios, incluyendo la educación formal e informal. El consumo sostenible puede generar beneficios económicos, bienestar social e inclusión social (acceso a los mercados, innovación, creación de empleo, estilos y medios de vida más saludables), además de reducir los riesgos y sacar provecho de las oportunidades ambientales.

La transición hacia pautas de consumo sostenibles es mucho más compleja, técnica y políticamente, que la transformación de los procesos de producción debido a que en ella intervienen aspectos importantes relacionados con los valores humanos, la equidad y elecciones sobre el estilo de vida. De hecho, el reto del consumo sostenible ha generado un menor número de iniciativas de políticas que el de la producción sostenible. Hay, sin embargo, algunas iniciativas a gran escala destinadas a mejorar y difundir el uso de dispositivos de ahorro energético y fomentar el acceso a formas de energía y servicios energéticos más limpios y asequibles (como la iniciativa Energía Sostenible para Todos) o la reducción de la pérdida y el desperdicio de alimentos. Para posicionar los temas de consumo sostenible en el nivel político y decisorio adecuado será necesario trabajar desde la educación y la sensibilización de los consumidores, de la sociedad civil, del sector privado y de los responsables políticos. A nivel internacional también puede ser necesario entablar negociaciones que, de una manera inclusiva y objetiva, tengan en cuenta los desequilibrios actuales de los patrones de consumo no sostenibles y sus impactos.

Es de vital importancia asegurar el suministro sostenido de los cinco recursos/servicios básicos (materiales, energía, alimentos, agua y refugio) para garantizar que mil millones de personas puedan salir de la absoluta pobreza y que se mejore y mantenga el bienestar de muchas otras personas. Esto se puede lograr a través de un crecimiento económico que evite la degradación de los recursos y promoviendo un uso más eficiente de los recursos a través del enfoque de gestión de ciclo de vida que también reduce la contaminación y evita que simplemente se trasladen las cargas de un punto a otro de la cadena de suministro. En la actualidad, contamos ya con soluciones que podrían permitirnos alcanzar los siguientes objetivos para el año 2030:

Materias primas: Mejorar la productividad general de los recursos en un 30% para el año 2030 como un paso para duplicar la eficiencia en el uso de recursos en la producción y consumo para el año 2050; alcanzar una media nacional de consumo de materiales per cápita (toneladas por habitante) de 10,5 toneladas/habitante/año en 2030, con el objetivo final de bajar a 8-10 toneladas/habitante/año en 2050.

Energía: Duplicar la tasa mundial de mejora de la eficiencia energética, pasando del -1,3 % lograda en el periodo 1990-2010 al -2,6 %; doblar la proporción de las energías renovables en la canasta energética (del 18 % en 2010 al 36 % en 2030); reducir en un 50 % las muertes prematuras ocasionadas por la contaminación atmosférica.

Alimentación: Duplicar la tasa anual de aumento de la productividad de energía y agua en los sistemas alimentarios; mejorar en un 40 % la productividad de los sistemas alimentarios, mejorar la gestión de los ecosistemas y maximizando la eficiencia de los recursos a través de patrones sostenibles de agricultura, pesca y consumo; reducir en un 50 % la pérdida y el desperdicio de alimentos por habitante.

Agua: Lograr que los niveles de extracción de agua dulce sean acordes a los recursos hídricos disponibles de forma sostenible para mantener los ecosistemas y el bienestar humano; aumentar los niveles de reutilización segura de aguas residuales urbanas e industriales; reducir la contaminación originada por productos químicos y desechos vertidos en aguas subterráneas y superficiales como resultado de las actividades humanas.

Refugio: Lograr una reducción del 50 % de las emisiones de CO2 relacionadas con el consumo energético de los edificios; conseguir una disminución del 25 % en la tasa de extracción de materias primas para la construcción; renovar todas las viviendas sociales existentes para que cumplan con las normas de eficiencia energética, reduciendo así los costos para los pobres y favoreciendo un entorno saludable.