La era del conocimiento

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Hoy estamos transitando un cambio de paradigma y quizás, al mismo tiempo, un cambio de era: estamos asistiendo al fin de la Revolución Industrial y pasando a la que podríamos llamar la “era de la información”, “de la globalización”, de la “sociedad postindustrial” o de la “innovación”. Personalmente, prefiero suscribir a la denominación: “era del conocimiento”, ya que la información se compone de hechos y sucesos, y es un instrumento del conocimiento, que a su vez se define como la interpretación de dichos hechos y sucesos dentro de un contexto, con algún fin.

En todas las sociedades históricamente conocidas, la información y el conocimiento han sido absolutamente decisivos: en el poder, en la riqueza y en la organización social. Décadas atrás, el conocimiento se entendía como la capacidad de acumular información, datos, teorías y experiencias. Casi siempre era un proceso de carácter individual, y el conocimiento obtenido se difundía parcialmente a un reducido número de personas. Su comunicación y transmisión se producía a partir de un emisor, que era el “dueño” de ese conocimiento, y como el poder se basaba en gran medida en el acceso a la información, decidía solo compartirlo con un conjunto de receptores específicamente elegidos y seleccionados.

Hoy vivimos en un mundo interconectado, en el que las sociedades y los espacios se articulan en un sistema global, a través de nuevas redes de comunicación y de relación entre personas y organizaciones, por donde la información circula sin descanso. Este gran cambio es resultado de la revolución tecnológica generada por las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), el incremento en las transferencias de la información, su procesamiento y la generación de conocimiento, lo que a su vez está modificando en muchos sentidos la forma en que se desarrollan muchas actividades en la sociedad moderna y ha dado lugar a una economía global, con capacidad de funcionar en tiempo real a escala planetaria.

Según Manuel Castells, la tecnología siempre se desarrolla en relación con contextos sociales, institucionales, económicos, culturales, etc. Pero lo distintivo de lo que está pasando en los últimos años es realmente un salto de paradigma, muy parecido al que ocurrió cuando se constituyó la sociedad industrial, por el cual la implantación de las tecnologías de información y comunicación (TIC) en la cotidianidad de las relaciones sociales, culturales y económicas de las comunidades, está eliminando las barreras de espacio y tiempo que existen entre ellas, así como facilitando una comunicación ubicua.

Entre otras consecuencias, los procesos productivos de todos los sectores están siendo transformados. Ya en 1969, en su libro "La era de la discontinuidad", Peter Drucker se refirió a la "sociedad del conocimiento" y destacaba la necesidad de generar una teoría económica que coloque al conocimiento en el centro de la producción de la riqueza, y a su vez señalaba que lo más importante no era la cantidad del conocimiento, sino su productividad. En este sentido, reclamaba para una futura sociedad en la que el recurso básico sería el saber, que la voluntad de aplicar conocimiento para generar más conocimiento debía basarse en un elevado esfuerzo de sistematización y organización.

Para Drucker, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que acompañan a la sociedad de la información y la sociedad del conocimiento, están transformando radicalmente las economías, los mercados y la estructura de la industria, los productos y servicios, los puestos de trabajo y los mercados laborales. El impacto es mayor, según él, en la sociedad y la política, y, en conjunto, en la manera en que vemos el mundo y a nosotros mismos.

Afirmaba que sería una sociedad en la que la gestión empresarial cambiaría radicalmente su relación con sus trabajadores del conocimiento, porque estos últimos estarían mucho menos necesitados de instituciones empresariales e incluso de la tradicional gestión del conocimiento, mientras que las empresas si estarían realmente necesitadas de los trabajadores.

Lo que vemos actualmente es que, poco a poco, los medios de generación de riqueza se están trasladando de los sectores industriales a los sectores de servicios, lo que permite vislumbrar que, de cara al futuro, la mayor parte de los empleos ya no estarán asociados a las fábricas de productos tangibles, sino a la generación, almacenamiento y procesamiento de todo tipo de información.

También la UNESCO desarrolló una reflexión en torno al tema que busca incorporar una concepción más integral, no en relación únicamente con la dimensión económica, sosteniendo que "el concepto pluralista de sociedades del conocimiento va más allá de la sociedad de la información ya que apunta a transformaciones sociales, culturales y económicas en apoyo al desarrollo sustentable y la regeneración. Los pilares de las sociedades del conocimiento son el acceso a la información para todos, la libertad de expresión y la diversidad lingüística".

La misma organización afirma que la sociedad del conocimiento debe ser considerada como una nueva era, la cual promete cambios principalmente en instituciones educativas que deben encontrar la forma de incorporar tecnologías en los procesos de enseñanza aprendizaje, para lograr un nuevo y mejor conocimiento.

Un nuevo contexto histórico

Uno de los puntos de inflexión de la nueva era está marcado por la Segunda Guerra Mundial, que definió un nuevo contexto histórico y trajo aparejado grandes transformaciones políticas, económicas y sociales a lo largo y ancho del planeta (dentro de este contexto cabe destacar el nacimiento de más de 100 nuevos países desde 1948 hasta nuestros días, producto de las transformaciones que surgieron a partir del derecho de la autodeterminación de los pueblos, el fin del colonialismo europeo en África, Asia y Latinoamérica, y la desintegración de la ex Unión Soviética, entre otros acontecimientos).

Es a partir de este momento cuando en el campo de la ciencia y la tecnología aparecieron nuevos descubrimientos e inventos que se fueron desarrollando durante las próximas décadas, como por ejemplo, la robótica, la inteligencia artificial, la física cuántica y las partículas subatómicas, la biotecnología y la clonación, entre otros, que se convirtieron en grandes vectores de cambio y que impulsaron las grandes revoluciones científicas y tecnológicas que llegaron hasta nuestros días y consolidan el mencionado cambio de paradigma.

Uno de estos inventos fue Internet, que es el equivalente a lo que fue primeramente la máquina de vapor y luego el motor eléctrico en el conjunto de la revolución industrial. Como instrumento de comunicación horizontal, global, libre y no controlable, Internet permite que se desvanezcan los límites espaciales del saber, los tiempos y las rutinas organizacionales de la transmisión del conocimiento, transformándose en una comunicación abierta de experiencias, que surgen y crecen en función del interés y los descubrimientos.

Al respecto, las nuevas tecnologías son integradoras e impulsan el fenómeno de la interconexión, a la vez que hacen relativas las nociones de tiempo y espacio, determinantes en los modelos comunitarios y de comunicación tradicionales. Dentro de “la red”, la autoridad tiende a difuminarse, posibilitando la constitución de nuevos entornos cooperativos y la redefinición de los vínculos y objetivos comunes. Los medios masivos de interacción y las redes sociales permiten que el conocimiento que se genera en la mente de una persona pueda ser compartido y procesado por otros individuos en forma virtual, a distancia y en tiempo real. De este modo, dicho conocimiento adquiere un extraordinario valor agregado y crece exponencialmente, para transformarse en algo más que la suma de las partes: en conocimiento colectivo.

Comparto esta fórmula que hace algunos años me presentó mi querido amigo Mario Vázquez, en la que el conocimiento (K) es igual a la capacidad exponencial que tienen las personas de compartir información.

K = (p + i) C

K= conocimiento, p= personas, i= información

(p + i) elevados a la C sería la capacidad que tienen las personas de compartir la información y crear conocimiento.

Para tener una idea de lo que esto significa, bastan los datos brindados por Eric Schmidt, el director ejecutivo de Google, quien en 2010 anunció que cada dos días creamos 5 exabytes de información, la misma cantidad de información que hemos creado desde los albores de la civilización hasta el año 2003.

Queda claro que a diferencia de lo que sucedía en otros tiempos, hoy la información es lo que abunda, y también la desinformación, por lo que el gran dilema para el receptor es tener garantías acerca de las fuentes, su veracidad, validez, y poder jerarquizar la información obtenida. A tal punto se ha hecho presente este problema en nuestras sociedades, que ya son muchas las voces que sostienen que hemos ingresado en la política de la posverdad, en la que los hechos objetivos tienen menor influencia en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal.

Frente a este escenario y con sus particularidades, podemos decir que esta nueva era marca el nacimiento de una nueva cosmovisión, en la que la concepción del tiempo y de la historia se transforma. Porque mientras que durante la Revolución Industrial el futuro se planificaba linealmente, en la era del conocimiento el futuro se planifica exponencialmente, provocando la aceleración que vivimos hoy.

Esto lo vemos reflejado, por ejemplo, en la celeridad que sufrió el proceso de incorporación de las innovaciones por parte de la sociedad hasta alcanzar la masividad: la imprenta tardó 400 años hasta volverse popular, el teléfono 50, los celulares 10, Internet 5 y las redes sociales solo 3 años.

El siglo XXI se presenta, por lo tanto, asomando el rostro de un nuevo paradigma de sociedad, un modelo donde la información entendida como conocimiento acumulado de forma comunicable, aparece como el cimiento del desarrollo económico, político y social. El proceso de transformación hacia este modelo –se afirma– es irreversible. El avance tecnológico faculta al ser humano para hacer provecho de datos, información y conocimiento en formas, modos o maneras sin precedentes, propiciando un intercambio científico, cultural y técnico a escala mundial, pasando sobre las barreras geográficas, las divisiones políticas y las de tiempo.