Introducción a la eco-espiritualidad

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Introducción a la Eco - espiritualidad

Por Fr Jorge Oscar Peixoto

¿Cómo hacer para desarrollar y profundizar un modo nuevo de pensar y de obrar que sea, al mismo tiempo, crítico y creativo, inspirado en la originalidad de la espiritualidad? ¿Cuáles son los fundamentos de una espiritualidad ecológica? ¿Cómo recuperar la capacidad de convivencia con los seres vivos y el cuidado del planeta como un todo, evitando el riesgo de destrucción de las diversas partes de la biósfera?

En el siglo pasado hemos experimentado un desvío esencial a través del poder de la ciencia y la técnica, produciendo cada vez más pobreza e injusticia, desigualdad y exclusión, llegando a poner en peligro la vida del planeta, padeciendo una crisis de civilización.

Este modo de vivir y el descuido de la creación nos han llevado a la pérdida de la interconexión con la totalidad de la vida. Recientemente se nos presenta la necesidad de una nueva comprensión o paradigma a partir de la interdependencia con los otros y las criaturas que recrea una perspectiva ecológica y espiritual.

Se está desmantelando un modo de pensar el mundo y la civilización, y está irrumpiendo otro tipo de orden, un nuevo paradigma vinculado con las formas de desarrollo humano sostenible para sociedades sostenibles, lleno de esperanza.

La ecología es más que una técnica para gerenciar recursos: es una nueva forma de relacionarse con la naturaleza, haciendo que atendamos de manera suficiente a nuestras necesidades sin sacrificar el sistema Tierra y sin hipotecar el porvenir de las generaciones futuras. El camino de una ecología espiritual nos permitirá volver al sentimiento de pertenencia del proyecto Vida y al diseño del Creador.

1. Acoger y fomentar una nueva espiritualidad

“Por desgracia, si la mirada recorre las regiones de nuestro planeta, enseguida nos damos cuenta de que la humanidad ha defraudado las expectativas divinas. Sobre todo en nuestro tiempo, el hombre ha devastado sin vacilación llanuras y valles boscosos, ha contaminado las aguas, ha deformado el hábitat de la tierra, ha hecho irrespirable el aire, ha alterado los sistemas hidro-geológicos y atmosféricos, ha desertizado espacios verdes, ha realizado formas de industrialización salvaje, humillando –con una imagen de Dante Alighieri (Paraíso, XXII, 151)– el "jardín" que es la Tierra, nuestra morada”.

Una nueva mirada y una nueva sensibilidad.

Nuestro modo de percibir la realidad está cambiando. Como nunca antes, vivimos un intenso proceso de interactividad universal, socio ambiental, cultural y político, conceptual y espiritual.

En la base de este movimiento, existe una nueva percepción en la relación entre la ciencia y la técnica con la naturaleza, en favor de la naturaleza; entre las naciones y las religiones que exigen el respeto del ethos (normas de vida), en favor de la espiritualidad; dentro de una concepción globalizada del mundo, la cultura, la economía y la política. Se ha comenzado a ecologizar todo lo que hacemos y pensamos. Está en construcción un nuevo paradigma -un conjunto de conocimientos y creencias que forman una visión del mundo o cosmovisión- que nos encamina hacia una nueva forma de diálogo con la totalidad de los seres vivos y de ellos en su recíproca relación. Sin embargo, continúa evidentemente el paradigma clásico de las ciencias con sus famosos dualismos (naturaleza-cultura, razón-emoción, mundo material - mundo espiritual, femenino-masculino).

El nuevo paradigma no ha nacido aun completamente, pero ya hay algunas señales de su presencia. Estamos frente a un nuevo diálogo con el universo. A raíz de la crisis actual se está desarrollando una nueva sensibilidad en relación a la vida de nuestro planeta como un todo, y de la posibilidad de la vida para tantos millones de marginados y excluidos en esa casa de todos que se llama Tierra.

Surgen nuevos valores, nuevos sueños, nuevos comportamientos asumidos por un número cada vez mayor de personas y grupos comunitarios.

¿Qué es lo que está produciendo este cambio?

Compartimos la respuesta de Leonardo Boff, que de manera clara y poética nos dice:

“Queremos sentir la Tierra de nuevo. Sentir el viento en nuestra piel, sumergirnos en las aguas de la montaña, penetrar en la selva virgen y captar las expresiones de la biodiversidad. Vuelve a surgir una actitud de encantamiento, apunta una nueva sacralidad y rebrota un sentimiento de intimidad y de gratitud. Queremos saborear productos naturales en su inocencia, no elaborados por la industria de los intereses humanos. La cortesía, tan apreciada por San Francisco y por Blaise Pascal, cobra aquí su libre expresión. Nace una segunda ingenuidad, postcrítica, fruto de la ciencia, especialmente de la cosmología, de la astrofísica y de la biología molecular, al mostrarnos dimensiones de lo real antes insospechadas en el nivel de lo infinitamente grande, de lo infinitamente pequeño y de lo infinitamente complejo. El universo de los seres vivos nos llena de respeto, de veneración y de dignidad. La razón instrumental no es la única forma de uso de nuestra capacidad intelectiva. Existe también la razón simbólica y cordial, y el uso de todos nuestros sentidos corporales y espirituales. Junto al logos (razón) está el eros (vida y pasión), el pathos (afectividad y sensibilidad) y el daimon (la voz interior de la naturaleza). La razón ya no es más el primero ni el último momento de la existencia. Nosotros somos también afectividad (pathos), deseo (eros), pasión, enternecimiento, comunicación y atención a la voz de la naturaleza que habla en nosotros (daimon). Conocer no es sólo una forma de dominar la realidad. Conocer es entrar en comunión con las cosas. Por eso decía bien San Agustín, siguiendo en ello a Platón: ‘conocemos en la medida en que amamos’. Ese nuevo amor a nuestra patria/matria de origen nos proporciona una nueva sensibilidad y nos abre un camino más benevolente en dirección al mundo. Tenemos una nueva percepción de la Tierra como una inmensa comunidad de la que somos miembros y factores, desde el equilibrio energético de los suelos y los aires, pasando por los microorganismos, hasta llegar a que las razas y a que cada persona individual puedan convivir en ella en armonía y paz. En la base de esta nueva percepción se siente la necesidad de una utilización nueva de la ciencia y de la técnica con la naturaleza, a favor de la naturaleza y nunca contra la naturaleza.

Se impone, por consiguiente, la tarea de ecologizar todo cuanto hacemos y pensamos, rechazar los conceptos cerrados, desconfiar de las causalidades unidireccionales, proponerse ser inclusivo en contra de todas las exclusiones, conjuntivo en contra de las disyunciones, holístico contra todos los reduccionismos, complejo contra todas las simplificaciones. De ese modo, el nuevo paradigma comienza a hacer su historia”.

La presencia de esta nueva mirada comporta dos cambios importantes: el cuestionamiento al antropocentrismo y el paso a una concepción cosmocéntrica.

¿Qué es entonces la espiritualidad?

“Espíritu” es el sustantivo concreto y “espiritualidad” es el sustantivo abstracto. Al igual que “amigo” es el sustantivo concreto del sustantivo abstracto “amistad”. Amigo es aquel que tiene la cualidad de la amistad; y el carácter o la forma con la vida le hará tener un tipo u otro de amistad, más o menos intenso, más o menos sincero.

Lo mismo ocurre con el espíritu y la espiritualidad. Podemos entender la espiritualidad en una persona o de una determinada realidad con su carácter o forma de ser espiritual, como el hecho de estar adornada de ese carácter, como el hecho de vivir o de acontecer con espíritu, sea el que sea... Así, cuando preguntamos qué espiritualidad tenemos, podríamos preguntar qué espíritu nos mueve, o cuando afirmamos que una persona es de mucha espiritualidad, podríamos decir que muestra tener mucho espíritu. El espíritu es su motivación de vida, su talante, la inspiración de su actividad, de su utopía, de sus causas.

Al hablar de espiritualidad nos referimos a la fuente originaria que es el fundamento de todo ser, el origen de todo, llamado con frecuencia Espíritu. Decir espíritu es expresar el principio de la comunicación, de la creatividad, de la pasión y del amor. O sea, aquella vitalidad o fuerza que subyace a todas las demás energías, llena todos los espacios y tiempos y continuamente crea y recrea: el “Spiritus Creator”. En nosotros, ese Espíritu se revela como “entusiasmo” (en griego, “tener un Dios dentro”). El Espíritu crea y está en todas las cosas y todas ellas están animadas por ese Espíritu.

En el antiguo testamento la palabra espíritu (ruaj) es un sonido que imita el ruido de la respiración agitada. El sentido principal es el aire. Pero hay que decir “aire en movimiento”, porque el hebreo no conoce la idea de aire quieto, sino moviéndose o moviendo. Indica una vitalidad dinámica que depende de Dios y está ausente en los ídolos. El espíritu tiene una gran movilidad: es comunicad, entra. Sale, renueva, impulsa, abandona. Este aspecto dinámico es una característica inseparable de la noción de espíritu. De hecho, el Antiguo testamento lo relaciona particularmente con la actividad profética, que orienta hacia adelante, hacia el futuro. Traducido al griego, la palabra espiritu tiene también ese sentido dinámico. La raíz del término expresa un “movimiento de aire cargado de energía”. En el libro de la Sabiduría se describe al espíritu como ágil, que atraviesa y penetra, espejo de la actividad divina que se despliega vigorosamente.

La espiritualidad concuerda en esta concepción con las tradiciones transculturales de la humanidad: spiritus para los latinos; pneuma para los griegos; ruah para los hebreos; mana para los melanesios; axé para los nagô y los iorubá de África y sus descendientes en las Américas; wakan para los indígenas dacotas; ki para los pueblos de Asia nororiental; shi para los chinos. Esos son los nombres, pero en todos los casos estamos ante una fuente originaria que lo atraviesa todo, que hace del universo una sola comunión y se manifiesta como una realidad que está en movimiento, en creación continua y en apertura hacia lo nuevo, en una palabra: como vida y espíritu. No podemos negar la relevancia de la espiritualidad y del elemento místico en la configuración de la nueva humanidad.

En los últimos tiempos, las personas están buscando su peculiar experiencia espiritual, que marque fuertemente la vivencia histórica y que configure una espiritualidad propia que se convierta en signo identificador ante el mundo entero. Y es que todo gran movimiento histórico como el que estamos viviendo, toda gran síntesis de pensamiento, de valores, de sentido, proviene en última instancia de una experiencia espiritual fundante que lo habita en lo profundo, como el propio pozo en el que uno sacia su sed.

2. El deterioro socio-ambiental-cultural

“La amplitud del fenómeno pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros, monetarios, productivos y comerciales que, apoyados en diversas presiones políticas, rigen la economía mundial: ellos se revelan casi incapaces de absorber las injustas situaciones sociales heredadas del pasado y de enfrentarse a los urgentes desafíos y a las exigencias éticas. Sometiendo al hombre a las tensiones creadas por él mismo, dilapidando a ritmo acelerado los recursos materiales y energéticos, comprometiendo el ambiente geofísico, estas estructuras hacen extenderse continuamente las zonas de miseria y con ella la angustia, frustración y amargura... “. “No se avanzará en este camino difícil de las indispensables transformaciones de las estructuras de la vida económica, si no se realiza una verdadera conversión de las mentalidades y de los corazones. La tarea requiere el compromiso decidido de hombres y de pueblos libres y solidarios” .

El final de una época y el inicio de otra

Por primera vez en la historia humana, se anuncian crisis que amenazan la vida del planeta. El problema demográfico, la posible alteración permanente de la atmósfera y el clima, el riesgo de un conflicto nuclear, el terrorismo sin fronteras y el agotamiento de las reservas energéticas son aspectos alarmantes de una crisis mundial, que compromete la totalidad del equilibrio de la vida. Es la lógica consecuencia del abuso irresponsable, ya sea desde un punto de vista biológico como termodinámico, de las reservas terrestres, de la naturaleza y del hombre. Es la dramática injusticia social en la que vivimos, impuesta por “el modelo de la cantidad” basado en la avaricia y la codicia humana, capitalista o comunista, democrático o no, lo que nos sitúa al borde del colapso.

La fase de aceleración progresiva que vivimos y en la que hemos arrastrado al mundo natural, no es el resultado de una metodología parcialmente modificable o de la falta de previsión, sino que es el precio fatal de las metas preestablecidas, la consecuencia de la posición que la lógica occidental ha decidido llevar adelante en su relación con la creación (lógica a la que lamentablemente se acaban de sumar los gigantes asiáticos en las últimas décadas). Algunos intentan poner tímidos límites a la tal intención o corregir un poco su orientación: protocolo de Kioto, por ejemplo. Demasiado tarde, pues ya se ha iniciado la cadena consecuencial de un desequilibrio en el sistema ambiental y no se podrán sortear tales efectos, y mucho menos la responsabilidad de los actos pasados. Es nuestra firme persuasión que no nos hallamos ante una mera crisis coyuntural, sino estructural, ante una crisis de paradigma.

Durante demasiado tiempo hemos creído en vano que se podía dar un equilibrio entre el progreso industrial, el crecimiento económico ilimitado, y la protección del ambiente. La crisis actual es fruto del descuido, de la indiferencia y el abandono que nos han llevado a perder el sentido de estar conectados con la totalidad, de ser interdependientes y vinculados unos a otros. Cualquier agresión a la Tierra es una agresión a los hijos e hijas de la Tierra. Nos pertenecemos mutuamente. Deberemos introducir un nuevo modo de pensar: buscar el bienestar económico y ambiental como objetivos ligados entre ellos que se sostengan recíprocamente. Para lograrlo tendremos que construir un paradigma ecológico que se funde en el cuidado de toda la creación.

Frente a esta realidad, la ecología constituye una alternativa de pensamiento que nace en una experiencia espiritual. La ecología representa la relación, la interacción y el diálogo que todos los seres vivos guardan entre sí y con todo lo que existe. Es el arte y la ciencia de las relaciones.

No nos hallamos, pues, ante un fenómeno casual, sino causal; ante un abuso sistemático de la naturaleza. La llamada crisis ecológica no es, en todo caso, sino una manifestación exterior de la crisis integral que viven el hombre y la sociedad que no es accidental, sino de fondo.

¿Cuáles son entonces las causas fundamentales de este ecocidio?

La Tierra está enferma por las heridas causadas por los modelos de desarrollo. Parece que el hombre es su ángel exterminador, un verdadero diábolo – aquel que divide - en la Tierra. Existe un peligro global y la proximidad de los datos moviliza cada vez más a la sociedad.

Sin embargo lentamente está naciendo una cultura ecológica con compromisos y prácticas que incorporan una nueva visión del mundo, que tiene como efecto una mayor sensibilidad a la benevolencia en relación a la naturaleza. Una cultura que ha comenzado a comprender que somos tierra, que la naturaleza no está fuera sino dentro de nosotros. En fin, la ecología quiere ser la respuesta a este problema global, de vida o muerte.

¿Cómo podemos llegar a ser custodios y salvarla, pues ella es nuestra madre Tierra? ¿Qué tipo de ecología podemos practicar que contenga el horizonte espiritual?

Caminos y prácticas de la ecología

El movimiento ecológico viene girando desde hace varios años en torno a los extremos del bucolismo naif, el cientificismo mezclado con la política, el panteísmo light y la posición de la extrema izquierda, sin poder avanzar claramente en la reforma de las estructuras de producción y el modelo de desarrollo.

Atrapados en la trampa burocrática de las estructuras sociales y de consumo, gestionando subsidios para el desarrollo sostenible sin cambiar los modelos de producción, discursos acomodados carentes de crítica a las estructuras de poder, un pragmatismo sin una visión crítica de la realidad, los fundamentos del desarrollo siguen intocables, a tal punto que la ecología se convierte en una organización para-institucional, con una propuesta de cambio intrascendente, incapaz de promover un cambio de paradigma en la convivencia social y ambiental.

La naturaleza no es un “hábitat biológico” en el que podemos desarrollar nuestra técnica y nuestra ciencia, sino que respiramos “procesos vitales comunes” de los que dependemos o mejor inter-dependemos, relación de la que no podemos evadirnos ni mucho menos evitar nuestra responsabilidad.

Es por tal motivo que el objeto de la ecología es el estudio de las interrelaciones dentro de la totalidad y entre todos, a través del tiempo. La ecología, por lo tanto, es un compendio de ciencias, una ciencia global (holística) que no desestima ningún factor y abarca toda la historia.

Ernst Haeckel, biólogo alemán (1834-1919) acuñó en 1866 la palabra ecología y definió su significado como “el estudio del inter-retro-relacionamiento de todos los sistemas vivos y no-vivos entre sí y con su medio ambiente”, entendido como una casa, de donde deriva la palabra ecología (oikos en griego= casa). De un discurso regional, como subcapítulo de la biología, ha pasado a ser actualmente un discurso universal, tal vez el de mayor fuerza movilizadora en el paso al tercer milenio.

Entre la multitud de propuestas queremos presentar, casi como un itinerario inicial, los elementos más relevantes de la discusión actual. Las vertientes más importantes con sus respectivos caminos:

1.- El camino de la técnica: eco-tecnología.

Con el avance tecnológico debe incluirse la protección del ecosistema, la posibilidad de minimizar costos y disminuir el daño al hombre y al ambiente que le rodea, tanto en el plano natural como en lo construido. El objetivo es muy claro: adaptar los nuevos procesos y avances tecnológicos en el diagnóstico, prevención y control del uso de los recursos energéticos, así como prospectar el impacto ambiental generado por presentes y futuras actividades humanas, proponiendo usos racionales y sustentables del territorio y sus recursos naturales. El objetivo es el de perpetuar el modelo de sociedad y su correspondiente paradigma de desarrollo social. El bienestar de la naturaleza está al servicio del progreso. A través de la regeneración técnica puede ayudar a curar las heridas que le hemos infligido a la naturaleza. Si bien vamos aprendiendo de los errores, nunca llegamos a la raíz de la enfermedad. El modelo de sociedad sigue fundado en la expansión de las fuerzas productivas que son ilimitadas, y la tecnología viene en ayuda de esta mentalidad. Nace así el mito del desarrollo ilimitado que nos viene acompañando durante los últimos 500 años. La contaminación de suelos, cursos de agua, extracción de material minero, disposición de residuos industriales, contaminación sónica, deficiencia en el confort térmico y bioclimático, provocan un desbalance del equilibrio Hombre-Ambiente-Tecnología.

Un análisis convencional referido al uso de recursos naturales y subproductos generados de ellos, por parte de las generaciones futuras, concluye que puede ser resuelto mediante el avance de la tecnología. Con el avance tecnológico debe incluirse la protección del ecosistema y la posibilidad de minimizar el daño al hombre y al ambiente generando una cultura que definirá la calidad de vida en nuestra sociedad. La preocupación surgida de los problemas relacionados con el deterioro del medio ambiente ha motivado una reflexión sobre el empleo eficiente y adecuado de los recursos naturales, el impacto económico de su uso y las consecuencias en la salud de la población. Las búsquedas de respuestas propias a nuestro entorno se han expresado en trabajos de las universidades, así como también de los organismos que de alguna manera deciden sobre el uso de los bienes de la naturaleza.

2.- El camino de la política: eco-política

La política se relaciona con el poder y con la gestión de los bienes comunes. Vivimos dentro de un modelo social que está regido dentro de un determinado modelo de gestión política o de poder.

La eco-política, mediante una nueva conciencia, procura encontrar nuevas políticas de desarrollo que conserven el equilibrio entre el progreso y los costos medio ambientales. Se impone entonces el desarrollo de una nueva conciencia y capacidad política como herramienta –la ecología política– al servicio del poder político para formular un plan histórico con su modelo de desarrollo y de convivencia. Mientras que la política se ocupa de la organización social del trabajo y de la distribución de los recursos, la ecología política se ocupa de lo mismo, de la organización social, pero añade: igualitaria y equitativa.

Organización social igualitaria y equitativa. ¿Por qué igualitaria? Porque todos y todas somos miembros de la misma y única especie humana en un planeta único: la Tierra.

La pregunta del orden social, básica para la elaboración de cualquier modelo, no siempre es claramente planteada. ¿Qué tipo sociedad queremos? ¿Más participativa, igualitaria, solidaria, y por qué? Sin embargo, aún no es todo, pues falta una política global de matriz ecológica, donde todos los factores estén integrados sin recurrir a remiendos que beneficien a pocos o a macroprogramas faraónicos de desarrollo sin la participación de las comunidades locales. Políticas que puedan combinar la técnica con la utopía, la imaginación con la lógica, la creatividad con la razón analítica, lo regional en relación a lo global. Es por eso que en el campo político se cae fácilmente en el viejo paradigma del poder-dominación, olvidándose de la política como acto amoroso de búsqueda conjunta del bien común, humano y cósmico.

Tendremos que aprender a pasar de una economía de crecimiento ilimitado a una economía de lo suficiente para todos.

3.- El camino de la sociedad: ecología social.

La ecología social es la promoción de los estudios sobre las relaciones entre sistemas humanos y sistemas ambientales, los sistema sociales en interacción con los ecosistemas.

No hay crisis de desarrollo sino de modelo de sociedad. Es dentro de la sociedad donde se elabora el modelo de desarrollo.

El proyecto lo decide la sociedad. De ahí la importancia de la dimensión ambiental en las políticas de desarrollo, con especial atención a la conservación de recursos naturales y la articulación con usos productivos, particularmente ganadería y agricultura. El papel de las políticas públicas en el área ambiental, gestión gubernamental y participación de la sociedad civil. El impacto de la globalización sobre las opciones de desarrollo sustentable, en sus dimensiones políticas, económicas, culturales y ambientales. El papel que juega la sociedad civil frente a los procesos regionales y globales.

Georges Friedmann, de cuyo trabajo es deudor el de Edgar Morin, es uno de los pioneros de la ecología social. En el camino abierto por él, pienso que la noción de ecosistema ofrece el marco adecuado para una investigación que pretenda dar razón del mundo actual y de nuestra crisis civilizatoria.

Ecosistema, repito, entendido de modo global, dentro del cual interaccionan los ecosistemas parciales (geológicos, climáticos, vegetales, animales, humanos, sociales, económicos, tecnológicos, políticos), entre los que no hay barreras absolutas sino interacciones e interdependencias. Es insuficiente la reducción a unidades elementales cuantificables; insuficiente y, hoy más que nunca, empobrecedor. Por el contrario, lo urgente es concebir la organización de las unidades complejas, no perder nunca el marco teórico del conjunto.

Para detener el avance de la destrucción ecológica a nivel planetario es necesario introducir procesos de educación ambiental que conduzcan a la elaboración de alternativas al modelo social vigente, hasta superarlo históricamente. Se hace indispensable trabajar a nivel de las comunidades locales para revisar los modelos de relación que generan en la convivencia; promover nuevos espacios vitales donde se pueda vivir lo nuevo, integrado y no separado del ambiente es una prioridad; alternativas ecológicamente apropiadas en el sentido de no destruir el ecosistema de vida y garantizar su futuro por amor a las generaciones que vendrán.

Estas son las cuestiones importantes para una ecología social:

• ¿Qué educación promover para rehacer una alianza de simpatía, cuidado y regeneración hacia la naturaleza?

• ¿Cómo organizar el trabajo para que sea productivo y también gozoso? • ¿Cuáles serán las características de nuestras ciudades a escala humana para que favorezcan los vínculos de convivencia y comunión?

• ¿Qué tipo de ciencia habrá de implementarse que nos permita dialogar en profundo con el mundo sin olvidar su sentido original?

• ¿Qué tecnología nos permitirá liberarnos de tantos males sin olvidar la espiritualidad?

• ¿Cuáles condiciones sociales son necesarias para que el eje de la vida social sea la alegría de estar juntos, y el aprendizaje comunitario nos permita alcanzar el sueño mayor de una integración personal y cósmica?

4.- El camino de la ética: ética ecológica.

La ética va más allá de la moral. Por medio de la ética expresamos el comportamiento justo y responsable de relacionarnos desde su dinámica propia e intrínseca a la naturaleza de cada cosa. Por medio de la ética expresamos lo que la realidad misma dice y exige de cada uno. Lo categórico en la ética es que queremos que sea en consonancia con su ser íntimo. El discurso moral, posteriormente, crea las diversas acciones mediante el poder para conseguir una variedad de morales.

La ética ambiental o ecológica se preocupa de estudiar los sistemas de legitimación de las conductas, modelos, políticas y comportamiento; y de construir sistemas alternativos de legitimación de dichas conductas, políticas y actitudes, que generen situaciones y modelos ecológicamente sostenibles.

La ética de la sociedad actual es utilitaria y antropocéntrica. Todo está ordenado de acuerdo con el hombre, quien se considera patrón de la naturaleza y la cual debe realizar sus deseos. Esta ética permite la dominación de los demás y la violencia de la naturaleza. Niega la subjetividad de otros pueblos y de las criaturas. Por eso desde la ética ecológica se propone otro centro, vale decir, ecocéntrico, logrando el equilibrio de la comunidad total.

No estamos en la Tierra, “somos” en la Tierra, es por eso que el bien común será también un bien cósmico. Somos parte de un gran sistema, contribuyendo a una gran comunidad interdependiente. El hombre es el único ser vivo con capacidad ética; quiere decir que sólo él se hace responsable (sólo él da una respuesta, de ahí viene el término responsabilidad) a la propuesta que viene de la creación.

Este estar juntos se puede traducir en rechazo o en hospitalidad; puede surgir una alianza o decretarse una enemistad. Es propio del ser humano ponerse en el lugar de los otros, comprender los derechos ajenos; solamente él puede sacrificarse por amor, tener compasión. Pero también sólo él puede poner en peligro el sistema ambiental, destruir la vida y saquear los recursos a la Tierra. Por ser ético, el hombre es sujeto de la historia, y como tal, ser fatal o amigable con los otros. Todo esto puede determinar el destino y el futuro de la vida.

Es necesaria una reflexión ética porque, en el fondo, lo que falla en la crisis actual es la conducta humana, y no tanto las estructuras creadas, el conocimiento científico o la aplicación técnica; la ética ecológica es una reflexión crítica y racional sobre la teoría desde la cual establecemos la relación con la totalidad. Se funda en el respeto del otro, en la aceptación de las diferencias, en la solidaridad y en la potenciación de la especificidad de cada uno.

Es superar el paradigma utilitario para entrar en una reflexión más profunda y comprometida con la vida. Desde la perspectiva de la ética ecológica por primera vez la sociedad se está planteando cuál es su responsabilidad ante el futuro.

5.- El camino de la mente: ecología mental.

Llamada también ecología profunda, sostiene que las causas del déficit de la Tierra se deben al tipo de sociedad que actualmente tenemos y al tipo de mentalidad predominante, cuyas raíces remontan a épocas anteriores a nuestra historia moderna, incluyendo la profundidad de la vida psíquica humana consciente e inconsciente, personal y arquetípica.

En nosotros existen instintos de violencia, voluntad de dominio; arquetipos sombríos que nos alejan de la benevolencia con relación a la vida y a la naturaleza. Dentro de la mente humana se originan los mecanismos que nos llevan a la guerra contra la Tierra. Y se expresan mediante una categoría: el antropocentrismo.

Todo se lo construye bajo el símbolo de la posesión y del status, del consumo de bienes y del mercado, de tal modo que la vida tiene sentido en la acumulación y en el sentirse al seguro, protegido socialmente y financieramente. Los diversos sistemas políticos-sociales promueven el modelo de hombre adecuado a ellos, motivando ciertos impulsos naturales, empobreciendo otros, direccionando los deseos. Se satisfacen las necesidades humanas psicológicas relacionadas con la posesión de bienes. En la era tecnológica se verifica la invasión de objetos virtuales, sin tonalidad afectiva. Los bienes y los artefactos que nos acompañan crean soledad.

Como nos dice Juan José Tamayo: “El antropocentrismo considera al ser humano como dueño y señor de la creación, con derecho a usar y abusar de ella, e incluso a destruirla caprichosamente, sin otra finalidad que la de satisfacer sus ansias de conquista. Responde, por tanto, a una lógica imperialista y a una ética antropo-utilitarista. Según esto, el ser humano puede ser el Satán de la Tierra, él que fue llamado a ser su ángel de la guarda y celoso cultivador. Ha demostrado que, además de homicida y etnocida, puede transformarse también en biocida y geocida’.

El cosmocentrismo, en cambio, pretende armonizar los derechos de los seres humanos con los derechos de los demás seres vivos, estableciendo entre ellos un pacto basado en una religación no opresora. El paradigma cosmocéntrico entiende al ser humano no como rival de la naturaleza, sino en diálogo y comunicación simétricos con ella. Su relación es de sujeto a sujeto, y no de sujeto a objeto. El ser humano y el universo conforman un amplio entramado de relaciones multidireccionales, caracterizadas por la interdependencia más que por la autosuficiencia. Ambos tienen dimensión histórica. El universo posee un largo proceso cósmico: cosmogénesis. También el ser humano es el resultado de un largo proceso histórico-cósmico. Por ello está inmerso en una solidaridad de origen y de destino con el resto de los seres del universo”.

Las violencias contra los otros y la naturaleza nacen de estructuras profundas y mentales que poseen su genealogía y están dentro de nosotros. Modificando la actitud que facilita el individualismo por una actitud que facilita la individuación, cambiando los códigos, las maneras de valorar, sentir, imaginar y pensar, viendo la conducta como algo derivado del programa operativo que venimos interiorizando.

Comprendiendo esto, es que podremos cambiar esa programación heredada para beneficio propio y de la vida. Porque estamos enfermos por dentro es que necesitamos una ecología interior.

La ecología de la mente pretende recuperar el núcleo valorativo-emocional del ser humano frente a la naturaleza, reforzando la capacidad de convivencia, escuchando el mensaje de la creación, favoreciendo las reservas psíquicas positivas del ser humano para que pueda llevar adelante el peso de la existencia y supere las contradicciones de la sociedad de consumo y el dualismo que nos distancia de las cosas. Es en el cambio de mentalidad donde se elabora una conversión de la relación entre la persona y la naturaleza. Es en la profundidad humana donde están los secretos para una nueva mentalidad ecológica, ahí donde se elaboran las grandes motivaciones y se decide cómo ver la realidad.

7.- El camino del corazón: la ecoespiritualidad

No es posible que alguien que está en sus cabales se sienta rey o reina y se considere independiente, sin necesidad de los otros. La moderna cosmología nos enseña que todo tiene que ver con todo en todos los momentos y en todas las circunstancias. El ser humano olvida esa intrincada red de relaciones que significa la integralidad entre el mundo y la Tierra. Se aleja de ella y se sitúa sobre las cosas, en lugar de sentirse al lado y junto a ellas en una inmensa comunidad planetaria y cósmica. Es necesario recuperar las actitudes de veneración y respeto a la Tierra.

Eso solamente se conseguirá si primero rescatamos la dimensión de lo femenino en el hombre y en la mujer. Por lo femenino el ser humano se abre al cuidado, se sensibiliza por la profundidad misteriosa de la vida y recupera su capacidad de maravillarse. Lo femenino ayuda a rescatar la dimensión de lo sagrado. Lo sagrado impone siempre límites a la manipulación del mundo, pues da origen a la veneración y al respeto, fundamentales para salvaguardar la Tierra. Crea la capacidad de re-ligar todas las cosas a su fuente creadora que es el Creador y Ordenador del universo. De esta capacidad religadora nacen todas las religiones.

Hoy precisamos revitalizar las religiones para que cumplan su función religadora. Tanto la mística como la espiritualidad se fundan no en el poder, ni en la acumulación o el cálculo, ni en la razón instrumental. Nacen en el corazón, de la gratuidad del mundo, de la relación, de la compasión, del sentido de comunión entre todas las cosas, de la percepción de la vida como vinculada a toda vida. Mediante este camino llegamos a una crítica al paradigma de la modernidad, que hay que superar integrándolo en una totalidad mayor.

Finalmente, la ecoespiritualidad parte de una nueva visión de la Tierra, inaugurada por los astronautas a partir de los años 60, cuando se lanzaron las primeras naves tripuladas. Ellos vieron la Tierra desde afuera. Desde la nave espacial o desde la Luna, la Tierra –según el testimonio de varios de ellos- aparece como un resplandeciente planeta azul-blanco que cabe en la palma de la mano y puede esconderse detrás del dedo pulgar. Desde esa perspectiva, Tierra y seres humanos emergen como una misma entidad.

El ser humano es la propia Tierra que siente, piensa, ama, llora y venera.

La Tierra surge como el tercer planeta de un sol, uno de los 100 mil millones de soles de nuestra galaxia, que es a su vez una entre 100 mil millones de otras esparcidas en el universo, universo que posiblemente es uno entre otros paralelos y distintos al nuestro.

Y nosotros, seres humanos, hemos evolucionado hasta el punto de poder estar aquí para hablar de todo esto, sintiéndonos ligados y religados a todas estas realidades. Todo caminó con una precisión capaz de permitir nuestra existencia aquí y ahora. De no ser así no estaríamos aquí.

Los cosmólogos, gracias a la astrofísica, la física cuántica, la nueva biología, en una palabra, gracias a las ciencias de la Tierra, nos hacen ver que todo el universo se encuentra en cosmogénesis. Es decir, está todavía en génesis, constituyéndose y naciendo, formando un sistema abierto, capaz siempre de nuevas adquisiciones y expresiones. Por lo tanto nada está acabado y nadie ha terminado de nacer. Por eso tenemos que tener paciencia con el proceso global, unos con otros, y con nosotros mismos, pues nosotros humanos también estamos en proceso de antropogénesis, de formación y de nacimiento. En la cosmogénesis y la antropogénesis sucedieron tres grandes emergencias:

1. la complejidad/diferenciación,

2. la auto-organización/conciencia,

3. la religación/relación de todo con todo.

A partir de su primer momento, después del Big Bang, la evolución ha ido creando seres cada vez más diferentes y complejos. Cuantos más complejos, más se auto-organizan, mostrando mayor interioridad y niveles más altos de conciencia hasta llegar a la conciencia reflejada en el ser humano. El universo, pues, como un todo, posee profundidad espiritual. Para estar en el ser humano, el Espíritu estaba antes en el universo. Ahora emerge en nosotros como conciencia refleja y amorización. Y cuanto más complejo y consciente, más se relaciona y se religa con todas las cosas, haciendo que el universo sea realmente Universo, una totalidad orgánica, dinámica, diversa, tensa y armónica, un cosmos y no un caos.

Las cuatro interacciones existentes, la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear débil, constituyen los principios rectores del universo, de todos los seres, también de los seres humanos. La galaxia más distante se encuentra sometida a la acción de estas cuatro energías primordiales, lo mismo que la hormiga que camina por mi mesa y las neuronas del cerebro humano con el que hago estas reflexiones. Todo se mantiene religado en un equilibrio dinámico, abierto, pasando por el caos que es siempre generativo, pues propicia un nuevo equilibrio cada vez más alto y complejo, desembocando en un orden rico en nuevas potencialidades. Una visión liberadora.

Este último camino ecológico procura habituar al ser humano a esta visión integral y holística. El holismo no es la suma de las partes, sino captar la totalidad orgánica, una y diversa en sus partes, articuladas siempre entre sí dentro de la totalidad y constituyendo esa totalidad.

Esta cosmovisión despierta en el ser humano la conciencia de su misión dentro de esa inmensa totalidad. Él es un ser que puede captar todas esas dimensiones, alegrarse con ellas, alabar y agradecer a la inteligencia que ordena todo y al amor que mueve todo, sentirse un ser ético, responsable por la parte del universo que le cabe habitar, la Tierra.

Y la Tierra, según importantes científicos, es un superorganismo vivo, Gaia o Pachamama, con refinadísimos calibres de elementos físico-químicos y auto-organizativos que solamente un ser vivo puede tener. Nosotros, seres humanos, podemos ser el Satanás de la Tierra o su ángel de la guarda. Esta visión exige una nueva civilización y un nuevo tipo de religión, capaz de religar Dios y mundo, mundo y ser humano, ser humano y espiritualidad del cosmos.

La espiritualidad está orientada a profundizar la dimensión cósmica de la inhabitación del espíritu en la naturaleza. Más que hacer una tregua, es preciso que hagamos las paces con la Tierra. Cabe rehacer una alianza de fraternidad y de respeto hacia ella. Y sentirnos imbuidos del Espíritu que todo penetra y de aquel amor que, según Dante, mueve el cielo, todas las estrellas y nuestros corazones.

El reencuentro con la vida y la nueva sensibilidad ecológica

En la década de 1970 se hizo muy popular la tesis de la creciente disminución de la práctica religiosa y del declive de la religión. En ese tiempo prevalecía una mirada sociológica y una perspectiva antropológica, desatendiéndose el fenómeno religioso como tal. El desarrollo de las sociedades, la democratización y la globalización del mercado comenzaron a producir la pérdida de importancia de las instituciones religiosas. Una comprensión racional invadía las lecturas del hecho religioso.

Muchos seguían viendo la religión como un freno o un espacio innecesario en el progreso de la modernidad, casi como una infraestructura racional llena de carencias pero presente en el campo del pensamiento y la cultura. Sin embargo, la religión sigue presentándose como un hecho viable, y no se han eliminado las preguntas y las inquietudes que la siguen expresando.

La religión, en cuanto fenómeno socio-cultural, ha cobrado importancia en las últimas décadas, pero ya no se la puede pensar sólo desde la sociología y la antropología. Tendremos que pensar a partir de nuestra espiritualidad en el fenómeno religioso actual, o mejor dicho, en la pluralidad del hecho religioso y profundizar en la dificultad de encontrar un denominador común o paradigma emergente.

Se está produciendo un cambio, perceptible en estos últimos años, que permite hablar de un retorno o revival de lo místico-religioso. El concepto actual de ‘religión cristiana’ en Occidente está buscando un código universal para comunicarse con el resto de las experiencias religiosas sin caer en exclusiones, aspirando asumir un compromiso histórico con la modernidad y hacerse presente en los desajustes que produce la globalización neoliberal, la postmodernidad sin metafísica y la cultura del mercado que instala la pragmática del consumismo.

Nos aproximaremos a la nueva realidad desde nuestra espiritualidad y reflexión teológica y, situándonos desde el paradigma de la alteridad y el cuidado como la nueva matriz que nos permite reflexionar sobre la religión, no sólo desde Occidente. Y especialmente nos estimula a profundizar la Teología como una alternativa hermenéutica valorizando aquellos temas que garanticen y protejan la identidad espiritual en el diálogo con una realidad pluricultural.

Y esta novedad del carisma se proyecta como nueva cuando se la verifica en una práctica y en una nueva sensibilidad que promueve compromisos al servicio de la vida y de los excluidos. La realidad nos plantea nuevos retos, por lo cual nuestra presencia y significado tienen que ser replanteados. ¿Es suficiente una instancia crítica a la globalización y a la lógica de dominación y de no-vida que determina la cultura? ¿Persiste la función de consuelo y sustitución ante las carencias que se producen en la sociedad? ¿Es la espiritualidad una reserva de utopías ante la insatisfacción y desencanto que se produce en nuestro tiempo?

No sirve de nada oponerse a todas las corrientes de la ecología. Hay que distinguir cómo se complementan y en qué medida nos ayudan a ser seres de relaciones, productores de patrones de comportamiento que tengan como consecuencia la preservación y la potenciación del patrimonio formado a lo largo de 15.000 millones de años. Ha llegado costosamente hasta nosotros y nosotros debemos pasarlo adelante, enriquecido, dentro de un proceso sinérgico y afinado con la gran sinfonía universal.

Es conveniente que nos aproximemos a la realidad y dialoguemos con ella desde nuestra espiritualidad. El tratamiento de estos temas nos va a ayudar a repensar nuestras decisiones personales y comunitarias que, dentro de la actual globalización con su compleja determinación, nos haga presentes en la realidad cultural a partir de nuestra opción específica como hermanos.

La ecología, como ninguna otra ciencia, nos devuelve la sensibilidad ante la realidad y nos sitúa en ella como una totalidad orgánica, diferenciada y única. Nos permite revisar la misión del ser humano y entender críticamente las palabras del Génesis, que se las interpretó en una línea filosófica como un llamado a la superioridad dominadora, sometiendo las fuerzas de la naturaleza al servicio individual y social.

Necesitamos rescatar el sentido original profundamente ecológico del texto bíblico. Rescatar el concepto teológico de creación, mediante el cual Dios y el mundo se diferencian y al mismo tiempo, se encuentran. Hablar de creación y criaturas significa afirmar que venimos de Dios y caminamos hacia Él. Todos venimos del mismo amor de Dios. El mundo no es fruto del deseo del hombre o de su creatividad, no vio su principio, el mundo no le pertenece. El hombre no está encima sino dentro de la creación. Está en el mundo cultivando y cuidando un proyecto que no hizo, en una relación de responsabilidad, en una relación ética. Y esta responsabilidad no es el resultado de una decisión humana que puede hacer la opción o no por la vida, es anterior a su libertad, se encuentra inscrita en su ser creador. La libertad se realiza en el interior del mundo que el ser humano no creó y en el cual convive.

3. Globalización. Escenarios que cambian. Tarea educativa

“Una de las mayores preocupaciones con respecto al modelo de globalización impuesto es que se ha convertido rápidamente en un fenómeno cultural. El mercado como mecanismo de intercambio se ha transformado en el instrumento de una nueva cultura. Muchos observadores han notado el carácter intrusivo, y hasta invasor, de la lógica de mercado, que reduce cada vez más el área disponible a la comunidad humana para la actividad voluntaria y pública en todos los niveles. El mercado impone su modo de pensar y actuar, e imprime su escala de valores en el comportamiento. Los que están sometidos a él, a menudo ven la globalización como un torrente destructor que amenaza las normas sociales que los han protegido y los puntos de referencia culturales que les han dado una orientación en la vida.

Lo que está sucediendo es que los cambios en la tecnología y en las relaciones familiares y laborales se están produciendo demasiado rápidamente para que las culturas puedan responder. Las garantías sociales, legales y culturales, que son el resultado de los esfuerzos por defender el bien común, son muy necesarias para que las personas y los grupos intermedios mantengan su centralidad".

Sin embargo, la globalización a menudo corre el riesgo de destruir las estructuras construidas con esmero, exigiendo la adopción de nuevos estilos de trabajo, de vida y de organización de las comunidades. Además, en otro nivel, el uso que se hace de los descubrimientos en el campo biomédico tiende a tomar desprevenidos a los legisladores. Con frecuencia, la investigación misma es financiada por grupos privados, y sus resultados se comercializan incluso antes de que se pueda poner en marcha el proceso de control social.

Nos encontramos aquí ante un aumento prometeico del poder sobre la naturaleza humana, hasta el punto de que el mismo código genético humano se mide en términos de costos y beneficios. Todas las sociedades reconocen la necesidad de controlar este desarrollo y asegurar que las nuevas prácticas respeten los valores humanos fundamentales y el bien común”.

Exclusión de la vida en el modelo de la globalización

El modelo de sociedad y sentido de la vida están en crisis. La sociedad se presenta con una propuesta de vida que invita e incorpora a las grandes mayorías a buscar el máximo beneficio en el espontáneo funcionamiento del mercado, a convivir compitiendo y a acelerar la velocidad del consumo. Al mismo tiempo, comienza a descubrir sus propios límites y contradicciones: el mito del crecimiento ilimitado no es posible.

La globalización implica fenómenos económicos de gran escala, como la interdependencia de los mercados, las empresas y las finanzas. Sin embargo, no es sólo una relación económica sino una concepción y transformación del espacio y el tiempo. Es un hecho social y cultural que podemos llamar “acción a distancia”. El espacio no sólo local sino mundial. Lo local se relaciona y depende del resto del mundo, y esta relación se da de forma instantánea, creando un nuevo sentir de la temporalidad. Las nuevas tecnologías y los medios de comunicación acortan distancias y tiempo. El fenómeno de globalización posee una interpretación ideológica que intenta imponerse en todas partes. Se impone como un único modo de comprender al que se llama “pensamiento único” (pensamiento totalizador).

El modelo de desarrollo propuesto supone destrucción y exclusión de vidas humanas, así como destrucción de la naturaleza. Se trata de un modelo que se concibe como progreso en forma lineal y acumulativa, donde se supone que el crecimiento en las capacidades tecnológicas camina en paralelo con el crecimiento moral de la humanidad y que los recursos de la naturaleza son ilimitados. La actual globalización, que promueve algunos beneficios en el campo de la tecnología de la comunicación, en la salud, en la educación, por otro lado implementa un mercado dirigido, altamente concentrado, transnacional y con un desarrollo en expansión de la actividad financiera-especulativa sobre la productiva.

Este orden económico internacional y globalizado afecta a los países menos desarrollados y los introduce en un círculo vicioso como rehenes dentro del modelo hegemónico, y al mismo tiempo se acelera la injusticia, ya que el acceso a los bienes de la Tierra no es para todos. Esta situación de crisis comprende dos realidades básicas a nivel social: el exceso de consumo de los ricos y la carencia de consumo de los pobres. Es la crisis globalizada de todo el sistema vital. En los países del Tercer Mundo las cifras son contundentes: se profundiza la exclusión y la pobreza juntamente con la desigualdad social, en los países ricos crece la sociedad del placer, consumo e indiferencia. Y si continuamos con ésta lógica de producción y convivencia social, podremos llegar a efectos irreversibles para la vida humana y la naturaleza.

La variable económica y política, junto a la científica, son indispensables para comprender tal situación y aportar soluciones, pero no son suficientes, ya que la cuestión ambiental es fundamentalmente un problema humano, ético y espiritual. La disciplina ecológica pone en relación a los múltiples actores del sistema vital y ofrece los elementos de base para la recuperación de nuevas relaciones con una nueva justicia en una reciprocidad continua. Este tipo de planteo ecológico convoca a la autenticidad y la responsabilidad ética para pensar en la reconstrucción de paradigmas que sostengan una nueva visión del hombre en la realidad. Necesitamos humanizarnos en una convivencia con una nueva sensibilidad, en la reciprocidad igualitaria y sin dominaciones.

Por tal motivo entendemos que la globalización, con la consecuente exclusión y agresión ecológica, está produciendo una nueva cultura en el modelo de convivencia social y ambiental como algo “natural e inmodificable”, donde sólo se permite la adaptación al mismo. Este modo ideológico de vivir y pensar la globalización se presenta como la única forma de globalización posible y se manifiesta culturalmente en una tendencia a la homogeneización y uniformización culturales, en el consumismo y mercantilismo eficientista, en la reducción de todo a la razón instrumental y al individualismo competitivo. La aceptación generalizada de la globalización está vinculada con el sentido común de normalidad, pues hay que aceptar el sistema en el que vivimos, ya que carecemos de capacidad para construir alternativas.

No se trata de adaptarse a la globalización, sino de encontrar y construir alternativas de alcance mundial. Este proceso de globalización nos enfrenta a una contradicción fundamental: un desarrollo posible para todos, custodiando la vida.

Una política sin corazón

Si todo se resuelve en relaciones de mercado, en su funcionamiento espontáneo y libre, y nadie lo puede detener, los excluidos y pobres, desde su pobreza deberán también incorporarse en esta maquinaria sin justicia. Los más pobres terminan sometidos al consumo y son los que mejor muestran su éxito, ya que ellos tampoco pueden dejar de consumir y separarse del sistema. La internalización del orden injusto lleva a los propios excluidos a la reproducción entre ellos de relaciones de sometimiento y marginación. Comienzan a participar de la misma lógica y ambición. Han fracasado todas las posibilidades de salir de la pobreza, es necesario habitar en nuevas geografías donde se garantice la sobrevivencia. (Esta puede ser una clave de lectura de las corrientes inmigratorias a los centros del primer mundo, de prófugos que buscan sobrevivir).

La característica fundamental de nuestro modelo de relación es el poder como dominación, tanto en nuestra organización socio-política como en el uso de la técnica. Entre nosotros, los demás y la naturaleza se interpone una relación de poder. El hombre sostiene el derecho de imponerse y mantiene su soberanía expresada en una ética que legitima su deseo de estar sobre las cosas. Este comportamiento supone el sacrificio de valores al servicio de la vida y de la vida natural. Se llega a tal punto que actuar éticamente es adherirse a los requisitos del nuevo orden mundial. Lo racional es compartir la racionalidad del modelo, lo irracional es resistirse a él. Estamos en presencia de una “razón utilitaria” que ocasiona una especie de ceguera en el espíritu humano que nos hace insensibles a la belleza y al misterio del universo. No se logra ver en profundidad el sentido de lo real y se sospecha del sentimiento, el afecto y la ternura, de la proximidad a los otros y la voluntad, pues impiden un conocimiento objetivo de la realidad. Se ha fragmentado la experiencia humana.

El resultado es una continua agresión a la naturaleza y al ser humano en la integridad de sus dimensiones. Tanto dolor y sufrimiento provoca cada día más indiferencia y un sentimiento de impotencia. Se trata de una inversión de valores y de una negación de los derechos de la vida, donde se exige que se cambie el corazón y se olvide al hermano y a las criaturas. Esta lógica está quebrando el frágil equilibrio del universo. Esta ceguera no nos permite descubrir la dimensión espiritual de la realidad y percibir dentro de este mundo la gran unidad que todo lo une y reúne. Estamos perdiendo la capacidad de sentir la interioridad de las cosas y la voz interior, Dios hablando a nuestra conciencia. Se vive en la sensación de estar perdidos y sin horizonte, sin saber al servicio de quién estamos. El hombre muchas veces se siente solo, en un mundo considerado como enemigo, al que hay que someter y dominar. La dignidad de la persona humana y de la vida se opone a la lógica del mercado y consumo y se sitúa frente a las categorías que rigen el nuevo orden internacional.

No sólo los pobres y marginados deben liberarse de la injusticia y la exclusión; en alguna gran medida todos somos prisioneros de un modelo de desarrollo y una cultura que actúa en contra del ecosistema de la vida. Por eso la cuestión primera es ¿qué futuro tendrá la vida y la humanidad?, ¿cuál será la esperanza de los que más sufren y de los excluidos? Por eso nos preguntamos ¿en qué medida los ciudadanos colaboramos creativamente con respuestas alternativas para promover un cambio en el sistema?

El cambio de escenario: la mundialización de los derechos humanos

La forma en que se está llevando a la práctica esta globalización es el resultado de una opción política y social que está influyendo en el modo de pensar y de vivir; es decir, es un proceso de construcción humana, de modo que podemos influir en él. La globalización puede y debe ser regulada por medio de una nueva participación en la democracia global, y una tarea educativa que coloque al educador en actitud de espera, anticipación y constructor del tiempo futuro que ya está presente.

Si el sumario de la globalización es una dimensión objetiva de la historia, podemos afirmar que el actual proceso de globalización no es un hecho natural ni obra de un destino fatal. Es históricamente determinado, y es por lo tanto superable desde una dimensión que ponga en el centro del proceso a las culturas en sus múltiples expresiones.

Somos conscientes de que sólo construyendo juntos una nueva prospectiva de educación alternativa será posible reducir los efectos dañinos de la globalización, sin quedar cautivos o prisioneros de una resignada cultura del fragmento, de la propia casa, o de las miles especializaciones que nos alejan de la totalidad. El hombre contemporáneo camina por la vía del individualismo y es por eso que nuestra sociedad carece de valores compartidos por todos, por una parte debido a la pluralidad de propuestas, y por otro lado, por el énfasis puesto en la libertad individual. Esa libertad se transforma muchas veces en indiferencia hacia la comunidad. Hoy más que nunca se hace necesaria una educación ecológica donde se pueda reconocer la necesidad de una ética del límite y una cultura de la sobriedad, redescubriendo el vínculo de sociabilidad y de reciprocidad, de interdependencia y comunión.

El pasaje de la época moderna a la postmoderna tiene que ver no sólo con la moral o los diversos modos de vida y comportamientos sociales, sino con el modo de pensar, o con las formas de conocimiento. Estamos dejando el modo lineal y causal de conocer (que ha caracterizado la época moderna) y comenzamos a pensar en términos de interdependencia y de circularidad. Del pensamiento secuencial al pensamiento en red o entretejido existencial. De un pensamiento preponderantemente analítico, lógico y demostrativo se está pasando a un pensamiento primariamente holístico, sistémico, narrativo, plural, analógico, a mosaico, en red, por interconexiones. De aquí la importancia de otros saberes que se encuentran en los márgenes, en el descarte, en los pliegues, en los silencios, en los trazos, en lo híbrido, en los pensamientos contaminados. Es este un nuevo modo de pensar y obrar que se está abriendo camino en la cultura contemporánea aunque en muchos ambientes no logra afirmarse con facilidad.

Está en crisis la confianza ilimitada, el optimismo perenne, la aprobación incondicionada de las nuevas conquistas de la ciencia y la tecnología. Vivimos en una nueva época que está sustituyendo esos comportamientos del pasado por conductas matizadas por la desconfianza, el miedo, el descrédito y el rechazo.

La gran narración de la modernidad iluminista cae ante el fracaso de un progreso para todos que nunca se dio; el idealismo del nacionalismo (nazismo) se deshace ante el dolor de Auschwitz; el marxismo ante el stalinismo; el capitalismo ante el capitalismo salvaje, el crecimiento financiero de unos pocos, cada vez más hegemónico, que produce exclusión y pobreza sin lograr el desarrollo comunitario para todos ni consolidar el respeto por la naturaleza.

Estamos en el tiempo de la globalización de la economía sin la mundialización de los derechos humanos, y parecería ser la única narración ideológica dominante. Y precisamente en el ocaso de las ideologías y de la crisis de la razón moderna se comienza a percibir que se ha detenido el proceso de secularización, con el avance de la New Age (como así también de los fundamentalismos religiosos) en una sociedad que se presenta cada vez más como post-secular. Muchos hablan de des-secularización, o de resacralización neopagana, de un ambiguo pero seguro retorno a lo sagrado.

En el campo del saber científico, se percibe que se ha desmoronado el optimismo cartesiano (justamente de la lógica o ideas claras y distintas, reeditada en los llamados neopositivistas del siglo XX), la capacidad operativa de Galileo (el experimento), la confianza en el saber de Bacon (saber es poder); el orden causal de Newton (leyes de la naturaleza) y el idealismo de Kant (la edad mayor de la razón). Fueron saltando uno detrás del otro los supuestos científicos: la objetividad (con la interferencia del observador); la neutralidad (a causa de los intereses del sujeto); la descomposición de lo real (a causa de la irreductibilidad de la complejidad); la indiscutible validez (a causa de la falsibilidad o posible falsedad, del cambio de paradigma). Son las lógicas que hoy día ven sus propios límites: este mundo moderno no ha sabido aportar felicidad ni saciar las aspiraciones más profundas de la humanidad. La sed insaciable de dominación y la codicia ha promovido la destrucción del hábitat y la opresión del propio hombre.

El escenario de las nuevas tecnologías de comunicación se organiza en un sistema global multimedial.

Estamos en los albores de la sociedad cognitiva-multimedial. Conocer y estar informado es la condición para ser un ciudadano global en este escenario de la vida cotidiana. Quien no posea la técnica de los nuevos códigos de comunicación quedará fuera de la historia. En este modelo social, no hay edad para aprender. Los diplomas ya no garantizan adultez científica o ciudadana. Las transformaciones son aceleradas y múltiples. Los conocimientos adquiridos rápidamente llegan a ser arcaicos.

Los jóvenes multimediales están dotados de un sentido global que necesita un lenguaje nuevo. Lo que equivale a decir que el modelo de conocimiento en red que nace en la multimedialidad, es un modelo de conocimiento más rico que el modelo secuencial del libro. El teléfono, los celulares, los diarios, la televisión, el ordenador, todos en red, se apoyan y sustentan recíprocamente, integran sus funciones y dialogan. Un juego en equipo. Por eso el saber, el conocimiento proviene de ellos, pues funcionan como sistema. Todo está atravesado y ensamblado con todo, superando las divisiones académicas y los archivos individuales. El pasaje de la monoculturalidad a la interculturalidad se apoya en el pasaje de la monomedialidad a la multimedialidad. Sin embargo, no significa olvidar la lapicera y el cuaderno, sino introducir el ordenador y el mouse. Expuestos a las representaciones mediáticas y a los efectos de una comunicación virtual, más que nunca se tendrá que insistir en el encuentro cara a cara, en el diálogo yo-tú, en la relación intersubjetiva, en la comunicación amical. En fin, más que nunca en el actual sistema mediático, educarnos a una relación ecológica vital.

La tarea educativa, una tarea impostergable

El proceso globalizador en su dimensión económica-financiera, política y comunicacional es el desenvolvimiento objetivo de la historia; aceptarlo o negarlo no se trata sólo de un asunto “moral”. La cuestión es encontrar estrategias, desde perspectivas regionales novedosas, que sean capaces de frenar el aumento de la exclusión social y que sigan garantizando la diversidad cultural. La tarea educativa está presente en todo lo que hacemos. Necesitamos estar conscientes de que no se trata solamente de introducir correcciones al sistema que creó la actual crisis ecológica, sino de educar para su transformación.

Educarnos para la corresponsabilidad y la interdependencia recíproca, ya que somos parte de la comunidad vital. Desde el paradigma ecológico comenzamos a vernos como ecodependientes. No podemos vivir sin los demás. Cada ecosistema, incluido el humano, son el medioambiente. El medioambiente no es una parte sino el tejido de relaciones. Nosotros somos un anillo de la comunidad vital. No estamos frente a la naturaleza, ni por encima de ella como sus dueños, sino dentro de ella, como parte integrante y esencial. A partir de ahora, la educación debe incluir urgentemente las cuatro grandes tendencias más significativas de la ecología actual: la ambiental, la social, la mental y la espiritual.

Fortalecimiento de las identidades culturales

La globalización de la economía va acompañada por una globalización de la tecnología, particularmente de la informática. Este proceso es el resultado del desarrollo tecnológico-económico de la modernidad europea. Pretender detener este proceso de transformación sería una empresa inútil. Una de las estrategias que se podría proponer, en ese sentido, es la que denominamos “vinculación selectiva con la globalización”.

La consolidación de una propuesta de bio-regiones-culturales, superadora del formalismo de los hoy subordinados estados nacionales, y las acciones consecuentes, son caminos posibles para comenzar a incidir desde los intereses populares y regionales en el proceso globalizador. Una verdadera cultura “mundo”, sin olvidar los trazos culturales y socio-económicos de la propia cultura, de la propia memoria histórica, no para reeditar intentos nacionalistas como en el pasado, o para vanagloriarse de esos trazos culturales, sino para alcanzar una identidad multicultural o intercultural sin perder la propia identidad. Una identidad en la compleja identidad intercultural. En la estrategia cultural, de fortalecimiento de las identidades locales y regionales, esta tarea será decisiva.

Hacia un hombre acogedor y en la lógica de la reciprocidad

Quizás sea ésta la tarea propia del ciudadano, no la de dejarse arrastrar por los diversos “post” de nuestra cultura actual (cultura posmoderna, post industrial, post ideológica, postmetafísica, posthistórica) sino de dar vida a una cultura del “pre”, con mucha humildad, y particularmente en la tarea educativa. El “pre” como preparación de un futuro que está ya está entre nosotros. El “pre” como adelanto o anticipo que se da en la tarea educativa.

Además, en lenguaje espiritual se podría hablar de una pedagogía del peregrino como metáfora de la tarea educativa, que mientras viaja por la historia se va liberando de su etnocentrismo y de los modelos cerrados, se anticipa y se arriesga desde las raíces profundas de su confianza en el Creador y aprende a aprender en lo que vive, aprende a convivir eco-inter-relacionado y sobre todo, aprende el sentido de la acogida y la escucha de los otros y del Otro.

Al mismo tiempo, nos encontramos ante una evidencia que debemos reconocer: en nuestro tiempo se está elaborando una conciencia terrenal y planetaria que podríamos llamar “mundialización” para distinguirla de la globalización, que nos une pero a partir de una ideología hecha sistema económico-cultural-tecnológico. La mundialización en curso la podemos comprender como un momento avanzado de un proceso anterior y mayor de convergencia de dinamismos e intencionalidades que están actuando a nivel de una nueva conciencia planetaria, ecológica y espiritual. Es transcultural.

Esta mundialización crea las condiciones para un salto cualitativo en el camino de la historia: la creación de una nueva armonía entre los hombres y la naturaleza, la producción y la espiritualidad, el corazón y el pensamiento, la técnica y la poesía. Una nueva solidaridad fundada en una nueva espiritualidad. Estamos cambiando de paradigma civilizacional a escala planetaria. Esta mundialización se hace por razones éticas, ya no por razones políticas y económicas o financieras. Vale decir que está naciendo otro tipo de percepción de la realidad, con nuevos valores; nuevos sueños; nueva forma de organizar los conocimientos; nuevo tipo de relación social; nueva forma de dialogar con la naturaleza; nuevo modo de experimentar la espiritualidad y nueva manera de entender la vida integrada a la totalidad. Un nuevo modelo de coexistencia interconectada con toda la realidad.

Un nuevo paradigma que, al decir de Boff, necesita de una metodología: “Este paradigma naciente nos obliga a realizar travesías progresivas: tenemos que pasar de la parte al todo, de lo simple a lo complejo, de lo local a lo global, de lo nacional a lo planetario, de lo planetario a lo cósmico, de lo cósmico al misterio y del misterio a Dios. La Tierra no es simplemente la adición de lo físico, lo vital, lo mental y lo espiritual. Ella contiene todas estas dimensiones articuladas entre sí, formando un sistema complejo. Esto nos permite entender que somos todos inter-dependientes. El destino común se ha globalizado. Ahora, o cuidamos de la Humanidad y del planeta Tierra, o no tendremos ningún futuro. Hasta ahora podíamos consumir sin preocuparnos por el agotamiento de los recursos naturales, podíamos usar el agua como queríamos sin conciencia de su extrema escasez, podíamos tener cuantos hijos deseábamos sin temer la superpoblación, podíamos hacer guerras sin miedo a una catástrofe total para la biósfera y para el futuro de la especie humana. Hoy ya no nos está permitido pensar y vivir como antes. Si queremos sobrevivir en la biósfera, tenemos que cambiar”.

La constatación de esta mundialización en marcha nos hace comprender que no se trata de un simple deseo de la subjetividad. No todo se conseguirá rápidamente y sin esfuerzo. No se trata de un “irenismo” (en griego eiréne) o una paz romántica, (el "irenismo" es la versión peyorativa del pacifismo, consistente en la búsqueda del entendimiento a cualquier precio y casi como un fin en sí mismo). Para consolidar este paradigma se necesita urgentemente una ética planetaria que garantice nuestro futuro común.

¿Cómo se hará eso?

Precisamos antes que nada un sentido, un propósito, un por qué y un para qué: mantener la humanidad re-unida en la misma Casa Común frente a las muchas políticas que promueven diferencias y desigualdades. Necesitamos potenciar el lugar de donde irrumpe la ética: la inteligencia emocional, el afecto profundo (pathos) de donde emergen los valores y, por último, un pensamiento inclusivo y un programa realista, ético y común.

La década de 1970 ha sido importante, pues se llega a la conclusión de que la racionalidad del progreso y el desarrollo había olvidado la complejidad biológica y el impacto social. Se toma conciencia de los límites del crecimiento y se llega a la conclusión de que no se puede trabajar sectorialmente. En esos años se enfatiza la ecología como ciencia que explica la “interrelación” hombre-ambiente. Y más recientemente se llega a afirmar que la crisis social y la crisis ecológica son un indicativo de la crisis de las relaciones entre los hombres y los pueblos y de estos con la naturaleza. La “ecología humana e integral” y la “ecología social” complementan el camino hacia una reflexión más actual y de la necesidad de pensar en una “ética ecológica”. Este “nuevo tiempo ecológico” nos invita a un retorno a la vida y a la Tierra como bien común.

Ecología es relación, intercambio y diálogo de todas las criaturas entre sí y con todo lo que existe. La ecología no tiene que ver sólo con la naturaleza sino principalmente con lo social y la cultura, con lo humano y lo espiritual. Desde esta mirada ecológica todo lo que existe, co-existe. Si todas las cosas están relacionadas, nada existe fuera de esta relación.

Cuando hablamos de interacción e interdependencia entre todos, reconocemos la reciprocidad de todos los seres superando el derecho de unos sobre otros, del más fuerte sobre el más débil. Se trata entonces de una nueva conciencia: la importancia de cada individualidad dentro del sistema vital .

La crisis ecológica revela la crisis de sentido fundamental de nuestro sistema vida, de nuestro modelo de sociedad y desarrollo. La Tierra está herida, de una manera particular en su ser más singular: el pobre, el marginado y excluido. Ellos son la gran mayoría de la Tierra. Desde los más pequeños y débiles queremos pensar en una nueva sensibilidad y su espiritualidad. El cambio de mentalidad se hace indispensable.

Sin sentir al otro en su dignidad, como hermano y como próximo, jamás surgirá una ética humanitaria a escala mundial. Además, importa vivir en el mundo interrelacionando tres principios comprensibles para todos: el cuidado que protege la vida y la Tierra, la cooperación que es mucho más que la suma o el cálculo de interés, es apertura y acogida de la diversidad, y la responsabilidad, que se preocupa de que las consecuencias de todas nuestras prácticas sean ordenadas al Bien. Y, por fin, alimentar un respiro espiritual que dará sentido al todo. El futuro será de la ética con una espiritualidad y una mística, o no será.

4. La contribución franciscana a la ecoespiritualidad

Francisco de Asís y su “relación menor” con las hermanas criaturas

Francisco vivió la bondad y la belleza que Dios ha impreso en la creación. Una experiencia radical que llega hasta nuestros días. Utiliza la expresión criaturas para aproximarse con amor a cada ser creado y encuentra en cada una de ellas a su Creador. La creación amada y admirada tiene incorporada las señales de la sabiduría creadora y junto con ellas se realiza el itinerario hacia Dios. . Toda la creación aparece como una sinfonía de amor que revela a Jesucristo, el hermano “primogénito de toda criatura” (Col 1,15) y que habla de la bondad del Creador.

La creación es el lugar del encuentro con Dios y con su Espíritu. El mundo recupera su lenguaje, está habitado por lo sagrado. Descubre la estupenda belleza y dignidad interpretando el mensaje y cantando la alegría de la comunión en la Creación. Y desde esta mirada religiosa, la creación transparenta lo divino, todo se transforma en “signo”, “imagen” y “presencia”. Por eso Tomás de Celano escribe: “Sería excesivamente prolijo, y hasta imposible, reunir y narrar todo cuanto el glorioso padre Francisco hizo y enseñó mientras vivía entre nosotros. ¿Quién podrá expresar aquel extraordinario afecto que le arrastraba en todo lo que es de Dios? ¿Quién será capaz de narrar de cuánta dulzura gozaba al contemplar en las criaturas la sabiduría del Creador, su poder, y su bondad? En verdad. Esta consideración le llenaba muchísimas veces de admirable e inefable gozo viendo el sol, mirando la luna, y contemplando las estrellas y el firmamento. ¡Oh piedad simple! ¡Oh simplicísima piedad!” (1 Cel. Cap. XXIX, 80).

Se comunica en profundidad con el misterio, contempla y canta el motivo original escondido en cada criatura, sufre con el dolor del hermano, se apasiona de la Cruz y no teme vivirla, pues descubre el sentido del sufrimiento.

Una vez más, las motivaciones de su opción de vida y la coherencia en su compromiso existencial, salen a nuestro encuentro para orientarnos en el camino de una espiritualidad y una ética que deben modelar nuestra identidad franciscana menor. La piedad de Francisco se ofrece como nueva relación con las criaturas en una nueva racionalidad, una sensibilidad que lo transforma en hermano de todas las criaturas.

Toda la mirada de Francisco está rodeada de infinita ternura y devoción por las criaturas. Se descubre aquí un modo distinto de estar en el mundo, ya no sobre las cosas sino junto con ellas. Las criaturas no son objeto de posesión, ni solamente están juntas, sino que conviven en el mismo lugar. Se inaugura una posibilidad nueva de vivir con un nuevo criterio de relacionalidad: la condición de una devoción siempre menor, servidora y amante de las criaturas. Y para vivir socialmente según este modelo de vida, debemos despojarnos de todo lo que lo impide, renunciando a cualquier sistema de vida que niegue al otro como hermano y como criatura, rechazando cualquier deseo de posesión. Apropiarse de un bien o de un servicio presupone la exclusión de los otros. Francisco exige que la desnudez espiritual de los frailes sea total y necesariamente absoluta así como la desnudez material.

Este valor espiritual de la “no propiedad” se expresa claramente en las dos Reglas, pues apropiarse es excluir al hermano. Esta pobreza menor es interpretada socio-económicamente como característica propia de los seguidores en la Familia Franciscana. (Rb.VI, 4-6)

Francisco reverencia a la creación a partir de la experiencia real y radical de la pobreza. La pobreza libera al amor de todo deseo de posesión. Crea la condición antropológica para que la bondad se exprese gratuitamente como justicia nueva. Se va más allá de la necesidad de un orden justo, pues estamos en la lógica de la gratuidad, y esta lógica promueve una justicia nueva donde los motivos permanecen escondidos en el corazón del Donante. El amor no es auténtico si no se lo vive como menor y la minoridad no es honesta sin amor.

Es el “primado de la bondad” construido en el camino de la pobreza, de la no posesión, aquella bondad que se hace presente en la libertad que se compromete con la justicia y la paz y la comunión con las criaturas. Vivir la opción franciscana implica custodiar un comportamiento de respeto y devoción por cada elemento de la creación y alcanza una inmensa libertad en una convivencia desinteresada, caminando bajo la misma y única mirada tierna del Padre que como don de sí mismo se ofrece en la Humildad del Hijo. Para Francisco, en el origen de los modelos nuevos de relación está la Encarnación y la Pobreza del Verbo. La opción por la pobreza menor se funda en el encuentro con la humanidad pobre del Cristo. En Él se revela el Amor Donante y la Bondad de Dios que se vacía totalmente de su gloria y se hace humilde y pobre en su apertura al hombre.

La espiritualidad de la minoridad se expresa en la calidad de nuevas relaciones. En esta opción de Francisco está naciendo un nuevo modo de ser y vivir socialmente y con las criaturas, modo realmente revolucionario. Una novedad que se vive en fraternidad y que ofrece a cuantos quieran optar por ella un secreto con capacidad de convertirse al Evangelio. La minoridad de Francisco rechaza el caballo para caminar a pie con los hermanos que no lo tienen, sirve a los leprosos compartiendo su exclusión, no ofrece limosna sino que vive de ella, no se preocupa por el vestido, no tiene necesidad de defenderse, trabaja sin depender del dinero, ofrece y comparte lo poco que tiene. Se construye una nueva relación con las cosas.

El hombre humilde y menor es aquel que reconoce sus propios límites y sus capacidades. Es un camino de reconocimiento y de valoración personal y en relación con los otros y con Dios. Esta experiencia nace en la pregunta que Francisco repetía en el monte Alvernia: “¿Quién eres tú, señor, y quién soy yo?” (Ll.III), recuperando el verdadero lugar y la conciencia de sí mismo al reconocer la verdadera bondad de Dios. Es la capacidad de abrirse a un horizonte nuevo, ofreciéndose a las criaturas desde una nueva espiritualidad, en una relación que encuentra a los otros en su verdadera alteridad, descubriendo su profunda dignidad y preocupándose de su necesidad.

Es la reconciliación con todas las criaturas por el camino del amor menor que al hacerse prójimo de las criaturas, llega a ver una nueva profundidad . Cuanto más auténtica es la pobreza, más nos acercamos a los otros y a las criaturas, lo que al mismo tiempo nos abre a una nueva comunión. Estamos conviviendo sin el deseo de posesión, del mercado o la acumulación. Es aquí donde se inicia el camino de la ecología para los franciscanos.

San Francisco nos muestra que la opción por la pobreza y los menores (leprosos de aquel tiempo, excluidos de hoy) se integra con la ternura y devoción hacia la creación. El mismo amor lo hace prójimo de unos y de otros. El siente el dolor de las desigualdades de este mundo, y abraza al pobre y canta el Cántico de las Criaturas. La minoridad más radical, la pobreza ofrecida, la poesía y la fraternidad, la contemplación y la inocencia tienen su origen en la Bondad del Amor de Dios revelada en Jesucristo . Es por eso que Francisco continúa siendo la referencia cultural de los que buscan una nueva alianza con la creación en una nueva sensibilidad.

El “amor menor” en el origen de la espiritualidad.

El motivo de la persistencia de Francisco en la Iglesia y en la sociedad está en que él inaugura un nuevo paradigma al comprometerse con el Evangelio: “hacerse pequeño para entender la grandeza de los otros”.

También la minoridad es mucho más que virtud, es una manera de ser y nos coloca en relación de servicio con los demás, siempre abiertos y en diálogo, disponibles a la comunión y a la convivencia con todas las realidades, aún las más conflictivas. Recapitula en su opción algo que se había perdido en el cristianismo de su tiempo: el encuentro con Dios en su “kénosis”, en su humildad-abajamiento, siguiendo pobremente al Cristo pobre, abrazando a Dama Pobreza y sostenido interiormente por la Perfecta Alegría, en el espíritu de una fraternidad menor con las hermanas criaturas a partir de una inocencia original.

Se relaciona y comunica por medio de la bondad, la ternura y el cuidado. La misma actitud que reveló el Padre en su “amor gratuito y menor” en la Encarnación y la vida pobre de Jesús y a la que hay que llegar haciéndose pequeño y ofreciendo el perdón.

La minoridad está muy bien expresada en el texto de la Carta a un Ministro: “Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo: si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiese pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviese a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales” (CtaM. 9-11). Francisco coloca el problema en la manera de amar y comunicarse con el hermano: el problema no está en el pecador, sino en la capacidad de hacerse menor para soportar y esperar, hacerse pequeño y ofrecer el perdón, de amar como nos reveló el Padre en la vida de su Hijo. El Padre es Padre no sólo por ser Creador. Antes de la Creación ya era Padre del Hijo, y en su Hijo él nos creó como hijos suyos. Desde siempre estábamos en el corazón del Padre y ahí están nuestras raíces. La minoridad expresa la intimidad de la raíz. El amor menor está en el origen.

Abrazado a la Dama Pobreza con un “amor menor”, libera las energías del corazón y se entusiasma por cada cosa y los hermanos; es el amor libre de posesiones desde el cual se relaciona con todas las criaturas. Es un hombre pequeño pero lleno de sanos y transparentes deseos que lo identifican con los crucificados y con todos los seres de la creación. Su estilo de vida es con-vivir, compartir y comulgar con la creación. Una práctica de vida con ternura inteligente que se construye en una “relacionalidad inclusiva” con las criaturas, especialmente con las más débiles. Es la pobreza y el abrazo de Dios en el Pesebre, en la Cruz y en la Eucaristía. Esa pobreza siempre menor es mucho más que no tener: es dejar que las cosas sean para convivir con ellas, aceptando la diversidad y sin colocar a las personas y a las criaturas bajo nuestro dominio.

La espiritualidad de los franciscanos nace y se recrea en esta herencia vivida por Francisco. Es la espiritualidad que mira y penetra el mundo desde el misterio de la Bondad Gratuita de Dios. El franciscano está llamado a la concreción existencial de este modo de ser heredado, en una fidelidad creativa, redescubriendo a las criaturas y a la misma historia humana en la fuente de su ser, o sea, Dios no nos ha pensado ni tampoco ha querido a las criaturas porque sean buenas o amables, sino que nosotros y las criaturas somos buenos y amables porque Dios nos amó primero. El principio de esa bondad es el amor gratuito de Dios. En el origen del “amor menor” está la Bondad Divina. Una continua celebración de la donación y el agradecimiento está en la base de nuestra espiritualidad.

“Ninguna otra cosa, pues, deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos agrade y deleite, sino nuestro Creador, y nuestro Redentor y Salvador, solo verdadero Dios, que es el Bien pleno, todo Bien, Bien total, verdadero y Sumo Dios, que es solo Bueno...”(Rnb. XXIII,9)

En efecto, no hay ninguna razón para que exista algo. Nada en el mundo es necesario, ni el propio mundo. Es pura gratuidad. La creación es un grito de libertad amante. Es la gratuita libertad del amor de Dios que así lo quiere. Y quiere porque quiere. Y quiere siempre el Bien. Nadie se auto-crea, las personas y las criaturas no nacen encerradas en sí. Fuimos queridos por la voluntad de Dios. Nacemos y crecemos en un clima de libertad, de reciprocidad gratuita, abriéndonos unos a otros, superando nuestros límites, con capacidad de andar más allá de nosotros mismos para trascendernos. La bondad es el itinerario que nos permite estar disponibles a la llamada de ese Amor Original. La vida franciscana es un largo camino en el que aprendemos a celebrar la Bondad, motivo de la creación. Por eso para Francisco y también para Clara la penitencia como amor menor y humilde, es el retorno a Dios por el camino de la pobreza voluntaria. Camino que se inicia en la lógica de la gratuidad con una libertad que sólo se puede vivir en un amor menor y desapropiado.

La minoridad se fecunda en la contemplación de la kénosis del Cristo pobre

“Ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos. Pues, como dice el Señor en el Evangelio, los príncipes de los pueblos se enseñorean de ellos y los que son mayores ejercen el poder en ellos; no será así entre los hermanos; y todo el que quiera hacerse mayor entre ellos, sea su ministro y siervo, y el que es mayor entre ellos, hágase como el menor” . La Fraternidad evangélica fundada en el anuncio de Cristo rechaza el dominio y el señorío. En la carta a todos los fieles confirma esta interpretación: “Aquel a quien ha sido encomendada la obediencia (la autoridad) que es tenido por mayor, sea como el menor y siervo de los otros hermanos. Y con cada uno de los hermanos practique y tenga la misericordia que quisiera que se tuviera con él si estuviese en caso semejante. Tampoco se deje llevar de la ira contra el hermano por algún delito suyo; sino con toda paciencia y humildad amonéstelo y sopórtelo benignamente”.

“Como dice el Señor en el Evangelio”.

Para Francisco, la minoridad es un modo de seguir las huellas de Cristo-Siervo. Se trata de una auténtica conversión de paradigma. Y en el ejercicio de esa minoridad se desvela una de las enseñanzas clave del Evangelio: el despojo o la kénosis de Jesús. El texto más importante del Nuevo Testamento para mostrar al Hijo a la manera de siervo es el himno de Flp 2, 6-11 donde se describe el cambio de condición divina a la condición de esclavo. En este himno el sujeto es Jesús y no el logos intratrinitario, es por eso que ese abajamiento revela que el mesianismo de Jesús se despoja de su posible condición extraordinaria y se abaja. Jesús no hace uso de lo que le pertenece: “ser igual a Dios”. Más aún, se hace esclavo, asume la condición del pobre, acepta la realidad de la “víctima”, vale decir, sometimiento a otros. En esto consiste la kénosis: no en la encarnación, sino en el desprenderse de su dimensión divina adoptando la condición de lo que el ser humano tiene de débil. Este abajamiento lo convierte en esclavo (en griego doulos). La kénosis como siervo, que asume libremente su nueva condición, expresa la condición de víctima. En la kénosis Jesús se abaja, mientras que como siervo es abajado, despojado, por eso “víctima”, ya que es anonadado por otros. Jesús asume la condición humana y no sólo, sino más radicalmente, acepta la similitud con las víctimas. Abajarse es estar en la misma condición que los de más abajo, quedando sometido a la voluntad de los otros .

La minoridad nace en la contemplación de la kenósis del amor originario revelado en el servicio y pobreza de Cristo. Ese Dios que se hace servidor y menor de todas sus criaturas. Ese amor gratuito y desinteresado, humilde y crucificado, es la gran novedad del Evangelio. Esta opción de Dios en el servicio de su Hijo, invierte y contradice para siempre toda lógica humana de dominación y de poder autoritario.

El hermano menor se funda en el corazón de la minoridad querida por Dios y revelada en el Hijo “que no vino a ser servido sino a servir”. Contemplando la kenósis de Cristo Francisco descubre que la minoridad es la dignidad del hombre. El hombre es grande cuando se hace pequeño, cuando ni siquiera hace uso de lo suyo sino que se abaja, haciéndose menor con los “menores”, ahí vive la semejanza con su Creador . El hermano menor debe mostrar los signos de la salvación así como lo ha querido Dios, en la minoridad, y esta elección por Dios no es sólo como Divinidad, sino como camino, como forma de vida, porque Él es la verdad y autor de una vida diversa. No es la reproducción estática de un modelo, es la intimidad con la vida kenótica de Jesús, es el seguimiento o camino hecho a partir de esa comunión.

El anuncio de la novedad evangélica necesita liberarse de tanta retórica que anuncia que el mundo ha estado salvado por Cristo y comenzar a vivir esa presencia en una práctica liberadora, pues el Señor continúa salvando el mundo con nosotros. La salvación se hace narrativa en esa fidelidad a la lógica de Dios. Esa narración menor para los franciscanos trasciende todo discurso.

El término kenósis dentro del movimiento trinitario no indica en ningún modo una disminución del ser divino, sino que muestra la omnipotencia divina, que es tal sólo en la eterna donación. Esto está indicando la paternidad de Dios como originaria auto-donación. Si la misión histórica del Hijo, que da la vida por todos, se cumple en la muerte de la cruz, es porque allí se contiene el idéntico proceso de la auto-donación total de la vida trinitaria. “El hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino aquello que ve hacer al Padre: lo que Él hace, eso también lo hace igualmente el Hijo”.

Y el Padre no puede ser pensado como existente antes de esta auto-donación, y este movimiento de auto-donación total y gratuita sin retener nada para sí. La donación originaria se da en el ritmo del amor en la interioridad trinitaria. Este modo de darse es la esencia entera de Dios. Por eso el término kénosis no indica reducción o disminución, sino dignidad y perfección.

5. De la experiencia espiritual a la teología

El estilo peculiar de ver el mundo, de estar en él y relacionarse con las criaturas del Pobre de Asís, se articuló después en pensamiento y sistema en los grandes maestros franciscanos. Este interés por las motivaciones de la espiritualidad franciscana nos lleva a encontrarnos con quienes vivieron y pensaron dentro de la lógica de esa misma espiritualidad, a profundizar en la teología creada por los franciscanos, a descubrir una vez más la novedad que supieron aportar en su tiempo y que permanece en nuestro días, y a formular algunas razones para encontrar la unidad profunda que hace presente la espiritualidad en un pensamiento teológico y que nos permite hoy dialogar con nuestra realidad y sus desafíos actuales. Fieles a su fundador y a la vida, los teólogos franciscanos se caracterizaron por considerar el amor, la comunión y la libertad como reflexiones coherentes con la herencia del carisma recibido. Pensaron aquello que Francisco había sentido y vivido.

No pretendemos recapitular todas las tesis de la escuela franciscana, sino abordar aquellas intuiciones más específicas en San Buenaventura y Duns Escoto, que caracterizan el espíritu franciscano en relación con la búsqueda de la armonía y de la convivencia con las hermanas criaturas y que legitiman la presencia de los franciscanos en la problemática socio-ambiental. Anticipadamente, podemos hablar de la unidad en la multiplicidad de caminos y en consecuencia, de una orientación profunda que relaciona a la escuela franciscana que se ha definido como metafísica del amor, primado de la bondad, primacía de la voluntad, filosofía de la libertad.

La comunión trinitaria en San Buenaventura

EI Doctor seráfico ha integrado la experiencia de San Francisco en su sistema teológico. EI pensamiento de Buenaventura es el que mejor interpreta la persona y la obra de Francisco y podemos ver representada en su obra la centralidad del Amor de Dios que se comunica y se dona gratuitamente, la cosmovisión y la sensibilidad con la criatura que hemos considerado en los párrafos anteriores.

Para San Buenaventura, Dios es el sumo bien, el amor supremo y en cuanto tal, es efusivo, difusivo y auto-comunicativo. Partiendo del principio ontológico del bien en cuanto difusión y comunicación, Dios que ama con amor gratuito se expande haciéndose un ser totalmente comunicativo. Este es el fundamento que explica el proceso trinitario. Quien no penetre el misterio trinitario como causa creadora, no puede entender la creación, que sólo puede descifrarse en clave trinitaria.

Si Dios es la suma fecundidad, también es el ser primero que se expande en trinidad de personas. El ser de Dios, en cuanto unidad, consiste en estar en comunidad. Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en comunión recíproca. En el principio está la comunión de la Trinidad y no la soledad del uno. La comunión es la realidad más profunda y fundadora que existe. Esa comunión se abre hacia afuera. Toda la creación es un desbordamiento de vida y de comunión de las tres divinas personas, que invitan a todas las criaturas a participar de esa misma comunión. Sale fuera de sí para encontrarse con el diferente y de ese modo integrarse en un proyecto común.

Esta interpretación comunitaria de la Trinidad permanece coherente al análisis existencial y vital tan propio de la escuela franciscana. Buenaventura, fiel al fundador de su espiritualidad, es un observador de la vida cotidiana, y viviendo como fraile descubre que la caridad es la razón fundante de la felicidad, de la fecundidad y la alegría en las relaciones interpersonales. No es posible la paz sin una caridad sincera y gratuita. La caridad es la que nos abre en una tensión permanente hacia los otros, siendo el fundamento de la comunión divina y también de la humana.

Escribe J. A. Merino: “Cuando al amor le falta la dimensión de la alteridad y de la comunicabilidad gratuita se corrompe y se convierte en amor egoísta, que Buenaventura denomina curiosamente ‘amor libidinoso’. El amor es la fuerza real que transforma la persona en apertura heterocéntrica o en cerrazón egocéntrica. EI amor en Dios, que se manifiesta como ‘infinito ardor’, exige la comunidad tripersonal como horizonte necesario de su expansión creadora y vinculante, y en cuanto dimensión vinculante con el otro y desde la liberalidad o gratuidad”.

La teología de Buenaventura ofrece una incomparable reflexión de la comunión trinitaria, que es paradigma de las relaciones interpersonales de la comunidad social y el fundamento teológico y metafísico de una sociología de la igualdad, de la alteridad y del encuentro. Nos abre nuevos horizontes hacia una vida comunitaria basada en la apertura, la relación, el encuentro con los otros en una alteridad gratuita.

Como franciscanos, esta comprensión de la comunión trinitaria se puede convertir en principio promotor de las aspiraciones de mayor participación y respeto ecológico. Deseamos una sociedad y una cultura que promueva y refuerce un proyecto social a partir de ésta teología trinitaria. Trinidad de personas en eterna interrelación, sin dependencias, sin dominación, en una infinita comunicación de amor (perijóresis). Así como la Trinidad vive en un misterio de inclusión, de relación e interpenetración, por el cual no podemos entender una persona sin la otra, la creación se concibe como una trama de acontecimientos siempre relacionados, de manera que ninguno puede explicarse por sí mismo sin los otros. Buenaventura enseña que toda la Trinidad participa del acto creador aportando en esta comunicación su identidad.

Citando nuevamente a J.A. Merino: “EI mismo acto creador es una acción trinitaria, ya que no existe un Deus creator sino una Trinitas creatrix o creans. ‘EI Padre crea por el Hijo en el Espíritu Santo’. EI mundo se dirige al Padre en comunidad con el Hijo y el Espíritu Santo. Por eso la misma felicidad del hombre consiste en la participación en el misterio de las comunicaciones y manifestaciones intratrinitarias y no en la contemplación del Uno”.

Las criaturas son expresión de la sabiduría y del amor de Dios y nos remiten a su autor. El misterio de la creación tiene su origen en el amor y en la Palabra amorosa pronunciada en el tiempo, es por eso que la creación también es palabra, es mensaje, es logos, es teofanía. Dios se ha comunicado fuera de sí comunicando su amor. En la comprensión bonaventuriana todo es referencia y participación. Las cosas expresan ideas y estas nos llevan a Dios. Las criaturas esconden en sí el misterio divino como vestigios, imágenes o semejanzas. EI hombre se encuentra con las cosas exteriores como un “vestigio”, para penetrar a las interiores, es ahí donde se descubre la imagen que le orienta sobre sí mismo hasta comprender el misterio trinitario.

EI hombre tiene una misión particular, porque él es el beneficiario de los dones de Dios y que por su inteligencia, él puede “leer” la creación como una palabra de Dios, un verbo creado que refleja el Verbo eterno. San Buenaventura se siente encontrado por el ser absoluto, habitado por Dios. Se necesita hacer un esfuerzo para comprender la causa ejemplar, para saber lo que acontece en el interior de la vida trinitaria. La causa ejemplar es Dios. Uno y trino al mismo tiempo, que vive en comunión, en mutuas relaciones interpersonales.

EI hombre portador de la imagen trinitaria se construye en la soledad y la convivencia, es “para sí” y es “para otro”, es autonomía y es entrega, es singularidad y relacionalidad, desde su individualidad y dignidad se abre y entra en comunión con la pluralidad de personas.

Francisco de Asís, despojado de todas las cosas, se abrió a este amor de Dios y desde este amor supo descubrir y comunicarse con todas las criaturas. Vestido de la presencia del Amor absoluto se encuentra y dialoga como hermano menor con la creación. Desde su pobreza radical de bienes, de ambiciones y deseos se transformó en el hermano al servicio de una nueva comunión. Su estilo de llamar hermano y hermana a las criaturas se fundamentaba en su propia experiencia vivida de la paternidad de un Dios que es amor, gratuidad y comunión trinitaria. San Buenaventura ha sistematizado en el ejemplarismo esa presencia difundida en la creación.

El mundo lleno de presencias se ha transformado en un sacramento. Las criaturas nos evocan el Creador. El mundo nos refleja el misterio trinitario y nos conduce a un tú que es comunidad, pues la estructura de la trinidad creadora configura la intimidad de cada ser y de cada persona.

Con esta capacidad de lectura profunda el pensamiento franciscano renace continuamente en su propia espiritualidad, brota de la vida y de la experiencia siempre inacabada, asume la estructura de su Carisma fundacional en diálogo permanente con las características propias de cada época.

La opción por la libertad como superación de la naturaleza posesiva en Juan Duns Escoto.

La pobreza, la humildad y la minoridad de San Francisco orientaron a Escoto hacia un pensamiento honesto, ejercitando su reflexión con respeto y profundidad, sabiendo lo que puede y debe conocer por sí mismo, sin caer en la soberbia de una razón atrapada en su propio horizonte. La exaltación y el reconocimiento de la infinitud de Dios no es humillación del hombre, sino reconocimiento propio de un ser indigente, con límites y posibilidades.

Es un pensar radical, en el que presenta a Dios no como realidad-objeto de su razón o conocimiento, sino como realidad fundamento de su existencia.

Pues Dios es en cada uno lo que le permitimos que sea, y esta posibilidad según las exigencias de nuestra búsqueda y capacidad de encuentro, pues no es Dios quien se ausenta, sino el hombre el que se retira ante las exigencias del Absoluto. Aquí está la pobreza de Escoto: reconocer el límite del conocimiento humano y otorgarle el reconocimiento absoluto e infinito a Dios. La propuesta de Escoto es una invitación a un pensar maduro y radical, es el reconocimiento de las posibilidades y de las limitaciones de la propia razón.

En ese horizonte, el concepto de infinitud en Dios es desde el cual comprende e interpreta toda la realidad. Porque Dios es infinito, es un ser único, singularísimo y libre. Por eso la voluntad divina quiere porque quiere, no como voluntad caprichosa, ya que es autónoma y libre, sino porque la esencia divina es infinita coherencia. Escoto, para demostrar la existencia de Dios, no recurre a ningún sistema de racionalización o iluminismo, sino que pone en evidencia que la no contradicción de Dios es la razón suprema de su existencia.

El mundo es expresión del amor libre y liberador de Dios que alcanza nuestra voluntad. Un Dios necesitado no puede crear en la libertad. La libertad en Dios es un principio originario, es el despliegue de sí misma: “quiere porque quiere”.

El hombre se detiene delante de la libertad de Dios, por eso cuando pregunta ¿por qué Dios ha creado el mundo? se responde: Deus vult quia vult (“Dios quiere porque quiere”). La realidad más que un “effectum” es un “volitum”. Es la lógica de la donación gratuita la que lleva la primacía y no la lógica de la necesidad. Desde Dios, el don es gratuito y sólo puede ser así como expresión de su infinita voluntad amante.

Desde el hombre, el don o bien es recibido o bien es rechazado, y por lo tanto es lugar de la libertad. Después de haber recibido la realidad como un regalo, como un don, ésta deviene objeto de la inteligencia y del análisis. Así como la libertad es expresión del absoluto señorío de Dios y de su total autosuficiencia, la libertad es la máxima dignidad del hombre, su real capacidad de trascendencia de la realidad.

La voluntad es el lugar de la libertad, es ella la que nos posibilita hacernos pequeños y menores para exaltar la gratuidad o encerrarnos en el más oscuro de los egoísmos o en la soberbia soledad de la razón.

Por eso la persona es “última soledad”, que puede comunicarse e interrelacionarse, pero no puede perder su esencialidad, ya que es el titular último de sus opciones, es responsabilidad individual e intransferible. La soledad de Escoto, no es pobreza de personalidad, aburrimiento o abandono, sino soledad querida para ser uno mismo. Es una opción responsable de la libertad que se nos ha donado.

En este sentido podemos afirmar que esa soledad es solidaridad, comunión con el nosotros. Por eso pensar y reflexionar sobre la realidad no es un gesto de dominación, al contrario, es ahí donde se afirma nuestro agradecimiento por el don recibido. Una permanente actitud de agradecimiento. Este estilo de pensamiento franciscano tiene sentido en el primado de la libertad de Dios y del hombre. Un hombre abierto y en relación, como ser indigente y vinculante, que se reconoce “homo viator”.

En la opción por la libertad el franciscano reafirma su responsabilidad y se incorpora en la dinámica de la lógica de la donación.

La lógica de la posesión humilla a las criaturas exaltando su propio poder, en cambio la lógica de la libertad exalta la recíproca gratuidad y nos acerca al fundamento original que está en Dios. La realidad no es objeto de posesión de la razón, se trata más bien de convertirse a la verdad que ella esconde.

EI “amor franciscano” no se lo mide con el parámetro de la utilidad. El amor se funda y nace en Dios, no es necesario ni depende de ninguna otra cosa. En la lógica de ese amor Dios nos enseña que las cosas no fueron creadas y redimidas porque son buenas, sino que comienzan a ser buenas y valen desde cuando fueron amadas y realizadas. Esto significa que el principio de nuestro ser es el amor gratuito de Dios. En el origen está la bondad divina. Es este el punto de partida de un “amor menor” inteligente y comunitario, que no se apoya en la soberbia de la razón solitaria, sino en el amor originante, que orienta su realización en el “primado de la bondad”.

Es amando sin poseer lo que se ama que se exalta al que ama y a la criatura amada, no subordinándola al propio interés o proyecto, sino respetando su alteridad.

La pobreza franciscana, con su modo de relacionarse “menor y humilde” nos orienta hacia este modo de existencia.

El secreto de este comportamiento no deriva de la razón ni se deriva del conocimiento, sino que se llega por la superación de la naturaleza posesiva, por el camino de la bondad que se encuentra en las criaturas con la misteriosa elección de Dios que las ha querido. La libertad amante nos abre al encuentro de una nueva profundidad y nos comunica con la interioridad de las cosas. El alma secreta de la realidad está en Dios que la ha querido porque la ha amado. Es este el verdadero rostro de Dios. Y es bueno sólo aquello que Dios quiere y como él lo ha querido y lo ha hecho.

Citando a Merino: “Partiendo del principio de que el amor es el modo constitutivo del ser de Dios y de la racionalidad, y que el orden y la sabiduría son las reglas del querer divino, el “Doctor Sutil” ofrece una visión unitaria y arquitectónica de la realidad. Lo que Dios pretende con la creación no es otra cosa que amar y ser amado, la manifestación de su poder y la felicidad del hombre, a través de la predestinación a la gloria. Es decir, la predestinación humana es querida y realizada por Dios para su propia glorificación. Lo que significa que la gloria de Dios y la felicidad del hombre no entran en conflicto, sino que son previstas en una misma meta intencional e interrelacional”.

El sentido pleno de la realidad se ve iluminado por la revelación y emerge con claridad a la luz de Cristo.

El Cristocentrismo es la suprema razón teológica y metafísica para comprender la profundidad de la realidad.

Es una visión unitaria y armónica, ya que todos los seres participan de una razón de ser que es Cristo. Todo aspira a la perfección en Él, que une a la criatura con el Creador. Cristo es el camino de Dios hacia el hombre y el reencuentro de éste con Dios. La existencia de Cristo y los beneficios de la redención derivan totalmente del amor libre de Dios. De esta manera pone las bases para el primado o la centralidad de Cristo, elaborando su doctrina en torno al misterio de la Encarnación, partiendo directamente de Dios y no del hombre.

Cristo no es ocasionado sino el primer querido. La misma creación es considerada a la luz de Cristo: único y efectivo término de la acción de Dios ad extra, y por lo tanto única posibilidad de explicar la presencia de la materia, del mundo y del hombre. Cristo es según la definición de Escoto: Summum Opus Dei, Summum Bonum gratiae. Summum Bonum in entibus... manifestando de ésta manera su método de investigación: partir siempre de un dato de fe cierta para arribar a su conocimiento racional por el camino de la argumentación y meditación según el principio credo ut intelligan o fides quaerens intellectum.

Volvemos a los primeros enunciados: sólo desde el amor-libertad divino, podemos entender exactamente la relación entre Dios y las criaturas. La contingencia esencial de las criaturas encuentra en el amor libre de Dios la razón de su existencia. En esta celebración de la libertad y el amor que brevemente he presentado, Duns Escoto nos introduce plenamente en los orígenes de la escuela franciscana, profundizando al extremo las intuiciones de San Francisco y San Buenaventura.

6.- Contribución franciscana al debate y a la problemática ecológico-ambiental

Después de haber enumerado algunas de las características del pensamiento franciscano y su espiritualidad, se hace necesario intentar algún tipo de proyección de dicho pensamiento a la problemática enunciada en la primera parte de este texto. A partir de los temas de la libertad y la donación, de las criaturas y la comunión, de la no posesión y la irrepetibilidad de la persona, podemos como franciscanos, en primer lugar, contribuir aportando una mirada diversa desde la que podemos leer la realidad. Y algo muy importante: en la búsqueda de una hermenéutica, el franciscano está en condiciones de colaborar en la construcción de un nuevo paradigma con su correspondiente ética para una nueva interpretación del fenómeno religioso y su presencia en el mundo.

La sacramentalidad de la vida: la visión de una mirada nueva: optar por la interdependencia vital.

Buenaventura nos habla de las criaturas como huellas y vestigios, y considera el mundo como un gran sacramento de Dios; Escoto nos invita a estar atentos a los signos de los tiempos a través de los cuales descubrimos la voluntad de Dios.

El franciscano, de acuerdo a esta, mirada coloca su discurso ético y promueve una toma de conciencia pues “lo natural”, “lo creado” no es un espacio de apropiación, y mucho menos una extensión o ampliación del poder.

Quien reduce la naturaleza como posibilidad para manipularla cae meramente en lo cuantitativo y en una relación de propiedad, posesión y consumo, destruyendo su calidad, ya que ella es un signo inteligible. Será necesario conducir la razón científica y técnica para que se encuentre con esa mística de la creación que se llama “vida”, “acto”, “donación” y que constituye la unidad de toda la realidad desde la cual la razón científica descubre el sentido de su límite.

El mundo no es sólo la suma de los entes singulares: hay un sentido original y profundo que lo sostiene, sobre el cual no se puede tomar posesión, es por eso que al hablar de aquello que conocemos lo hacemos diciendo que es “alteridad”. El conocimiento científico y la producción tecnológica actual no están fundados en esos motivos, sino en su propia razón. Lo que cuestionamos no es la técnica y la ciencia, sino su estilo manipulador y ausencia de ética, una ciencia que actúa por interés y sin autocrítica.

EI tema de la ecología nos ofrece la posibilidad de hablar de Dios a partir de la Trinidad. Todo el discurso ecológico se fundamenta en las categorías de relaciones, interdependencias e inclusiones que se comparten en los sistemas vitales. Está la unidad y también la diversidad. Esta comprensión nos permite hablar de la coexistencia de la unidad y la diversidad en la comunión trinitaria.

La visión trinitaria nos sitúa en el tema de las relaciones y de la reciprocidad. Dios-Trinidad es la relacionalidad por excelencia. Si Dios es comunión y relación, toda la creación lleva las marcas del Creador. La reflexión y visión franciscana de la Trinidad se presenta como una de las representaciones más adecuadas para comprender la realidad desde una preocupación ecológica.

Para que la naturaleza no se convierta en “utilidad” o “recurso de producción” se hace necesario integrarla en un horizonte más amplio de comprensión que nos permita interpretarnos, desde una nueva “sabiduría”, con igual pertenencia ontológica y una específica referencia socio-ambiental.

Constituimos un sistema vital de integración que no nos autoriza la instrumentalización de la creación. La relación hombre-naturaleza en la ciencia está determinada por la interpretación o representación que se tenga de esa relación. Está condicionada por una filosofía previa. Las cosas ya no dialogan con el hombre y el hombre no dialoga con Dios en el misterio de la creación. El franciscanismo más que una doctrina es un modo de ser y de ver que se expresa en una dimensión relacional con Dios, con los demás hombres y con todos los seres de la creación. Hay que aprender a ver y pensar de otra manera para poder descubrir la realidad oculta en las presencias inmediatas. Percibir el mensaje de la creación supone una reforma radical de la inteligencia para dialogar en profundidad con las cosas.

La relación que tuvo Francisco de Asís con las cosas, la profundización de esa experiencia por parte de los padres de la escuela franciscana tiene otra orientación muy diversa a la propuesta en la ciencia y la técnica contemporánea. En la visión franciscana se supera la comprensión desde la centralidad del pecado, de la ruptura y la agresividad como fundamento de la historia y de la evolución, mediante la visión cristocéntrica y el regreso a lo que hay de originario en la creación, aquello que nos une desde el origen, y que el hombre con su razón dentro de la fe llega a entender. Todas las criaturas están inter-ligadas, de tal manera que una necesita de la otra para existir y cada una posee una autonomía relativa y tiene sentido y valor por sí misma. Nadie está fuera de la trama de relaciones en la ley suprema de la solidaridad.

Todos habitamos el universo en la misma comunión. Estamos todos ligados y religados formando el universo. Existe una gran solidaridad vital que está amenazada. En nuestra cultura actual se viene dando una continua “pérdida de religación” (religatio: ligadura, atar), ya que hay objetos que se pueden conquistar hasta la posesión y manipulación incondicional. Un simple objeto fuera de cualquier vínculo con mi conocimiento. Una voluntad de poder y dominio ante toda la creación que nos permite consumir y depredar.

En cambio, como franciscanos nos relacionamos con actitudes inspiradas en la unidad profunda de comunión y solidaridad entre todas las criaturas, basadas en el sentimiento, la admiración y el cuidado; esa actitud orante de agradecimiento, de comunión y de gratuidad en las cuales no hay espacio para la manipulación y por eso nos resistimos a todo deseo de apropiación. La ruptura permanente de religación es superada a partir de la religación original. Una mirada sin egoísmo y sin codicia, que elimina toda soberbia, que nos permite estar en el mundo en medio de las criaturas, con ellas y no sobre ellas.

Mirada con una interioridad nueva.

El mundo interior de Francisco sintoniza con su exterioridad. Vive en una profunda intimidad con los seres creados. Por eso se habla de la necesidad de construir una “arquitectura interior y una ecología exterior”.

Francisco logró esa síntesis, y por eso es que podemos hablar en su experiencia de una “unidad y comunión esencial cualitativamente diversa”. Se puede comprender la síntesis que él elaboró en la siguiente afirmación: ‘puedo decir quién soy cuando digo que es el mundo, pues penetro mi misma interioridad al intentar comprender el mundo”. Canta a las criaturas, pues ellas son expresión del mismo Amor que vino a su encuentro. El canta con las criaturas al autor de la creación. Las criaturas conservan su dignidad, no pierden su identidad en el encuentro. Siempre se remite con ellas al origen, de donde proviene toda densidad y consistencia. Convive en fraternidad con lo creado, porque descubrió la bondad del Creador en ellas. Su vida se abre a los leprosos y a las hermanas criaturas. Todo nos habla de Dios y nos remite a Él.

El universo en su diversidad contiene una radical unidad y es un sacramento de Dios. La mirada previa de Dios permite que el hombre recupere una mirada nueva, una nueva racionalidad para comprender las razones de su “ver la realidad” desde una nueva profundidad. Esta mirada franciscana es la que está ausente en la ciencia y la técnica de nuestro tiempo. Por eso hablamos de una primera contribución franciscana en este campo.

La mirada franciscana en una relación menor con el mundo: optar por la pobreza menor en el cuidado y la alteridad.

La mirada de bondad y ternura hacia las criaturas se funda y se apoya en la Bondad Creadora de toda la vida. Vivir para el franciscano es convivir y compartir en paz con todas las criaturas, apoyados en una ontología de comunión y participación. Se trata de actualizar una nueva calidad de relación. Por eso, desde ésta perspectiva la justicia social y la ética se fundan en un nuevo paradigma: el cuidado esencial, la justicia ecológica y la paz en la diversidad.

Es bastante común en nuestros días el análisis político de los problemas ecológicos. A primera vista la crisis ambiental denuncia una explotación indebida de los recursos naturales. Sin embargo, en los hechos los mismos grupos que se consideran dueños de la tierra lo son también de los más pobres. Quien somete la creación a sus intereses financieros, no deja de someter igualmente a las personas. Hay una racionalidad más profunda. La raíz de la explotación es la misma. Es por eso que San Francisco se consideraba hermano de los hombres y de todas las criaturas: una fraternidad no es posible sin la otra. Nacen en una única interioridad, la misma espiritualidad, un único centro inspirador.

Esta búsqueda de sintonía y de calidad de relación con las cosas y una actitud de apertura y de sensibilidad a la calidad de relación, son las que fundamentan una ética ecológica en un nuevo paradigma. Estamos hablando de una ética en la actualidad, con una nueva racionalidad, para la defensa y la promoción de la vida, y la concepción de responsabilidad y compasión como dos principios fundamentales a esta ética. El franciscano expresa y vive este compromiso ético en su modo de relacionarse en el mundo, con los hermanos y las criaturas: aquí estamos hablando de la minoridad. El carisma franciscano siempre se ha caracterizado por la pobreza y la humildad. Hoy para hablar de nuestra identidad en relación con el mundo utilizamos la categoría que le es propia de minoridad en la misión:

“La misión franciscana consiste en ser menores,

con una forma de vida que nos hace socialmente menores,

en el mismo lugar de los menores,

opción por ellos y desde ellos,

llamados a promover la justicia y la paz conviviendo en la creación,

liberados de toda posesión, una libertad para vivir el Evangelio,

seguidores de la vida y del amor menor de Jesucristo”.

Recordemos las palabras de la Regia bulada: “cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan de palabra, ni juzguen a otros; sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando a todos decorosamente como conviene”.(RegB 3,10-1 1).

Este modo de ser menor se expresa en la minoridad, en un estilo de vida que asume la condición de los pequeños de la sociedad, se integra a los deseos de ellos por una nueva justicia y camina en la misma esperanza. Y como la ecología representa el enlace y la interacción con todo lo que existe, abarcando la cultura y la sociedad, nuestra misión franciscana enfatiza el modo y la calidad de relación. La misión franciscana no está limitada a un tipo de trabajo o de acción, no se trata de ninguna función excluyente, sino más bien la de hacerse presentes en el mundo como menores, desapropiados en la opción de ser pobres entre los pobres, junto a las hermanas criaturas.

La relación siempre menor será la de promover la “inclusión” de los más débiles a la participación real de los bienes y la de proteger a la vida de aquellas amenazas generadas en la cultura de muerte. Es la actualización continua del primado de la bondad, para vincularnos con el mundo desde un “amor menor” que nos relaciona con la vida, sin propiedades ni posesiones. El franciscano siempre está en presencia de alguien cuando está en el mundo, que nace en su mirada contemplativa, por eso puede interrogarse por su modo de relación con las criaturas. Y en ese vínculo poder ser totalmente libre y desnudo.

Francisco no se preguntaba cuánto podía poseer, sino de cuanto podía prescindir. Evitaba el quantum acumulativo para llegar por la desapropiación a la libertad y la coexistencia. La lógica de la bondad y la libertad poseen una política de relación y una estrategia social capaces de llevar adelante una transformación de la realidad. Las instituciones que nos contienen y aquellas que podemos crear no deben contradecir con sus estructuras, organización y objetivo esta intuición que nace en el Carisma. Al contrario, deben ayudarnos a caminar hacia su realización histórica.

El sentido de la vida lo descubrimos en la sencillez y la autenticidad de una vida compartida en esa nueva lógica de libertad. Es necesario llegar a la más amplia y profunda relación con toda la realidad construida en la lógica de la gratuidad, vinculados a todos los seres vivientes desde nuestro ser indigente, destacando la categoría de presencias que caminan y comparten la vida en una misma comunión. Romper con todas la dependencias para poder llegar a ser libres.

Estamos en camino con los otros y con toda la creación, porque descubrimos que la vida es participación y no posesión. Cuando reforzamos nuestro ser solidario y en comunión con las criaturas, entonces se realiza la dimensión ética de la misión franciscana. Este es un segundo aporte a partir de la reflexión de la teología y la espiritualidad de los franciscanos.

La misión franciscana ante el destino de la Tierra y la esperanza de los pobres.

Dos son las cuestiones que preocupan a la humanidad actualmente: ¿Cuál será el destino del planeta Tierra si continuamos con la cultura de la apropiación ilimitada a la cual nos hemos habituado en el actual modelo de desarrollo y de mercado? Y ¿cuál es la esperanza de los pobres de la humanidad? En torno a la justicia, paz y cuidado de la creación se juega la fidelidad a la herencia recibida después de Francisco y la posibilidad de recrear y construir en la actualidad la lógica del carisma que él vivió como pobreza y “sine propio”, dando origen a condiciones de vida que hacen posible un vivir en libertad para alcanzar el objetivo que trasciende la pobreza misma: la identificación con la pobreza de Cristo.

Hablar de “pobreza franciscana” es lo mismo que anunciar la paz y practicar la justicia, ser menores en la comunión con todas las criaturas. La pobreza de la cual hablamos restaura nuestra situación original, rehace la génesis del carisma y reorienta las relaciones sociales y políticas del hermano menor. Es la estrecha relación entre la vida pobre y humilde en minoridad elegida por Francisco para seguir a Cristo humilde y pobre, como anuncio evangélico presente en la sociedad. Pobreza vivida en la “minoridad” en el mundo.

En la pobreza y la minoridad se expresa una ética al servicio de la liberación. Francisco combatió con su yo narcisista a lo largo de su vida para romper dependencias y llegar a ser libre. Rompió con todo aquello que le impedía la libertad, la creatividad y su vocación personal a la pobreza. Los padres de la escuela franciscana se esforzaron para que su reflexión teológica no traicionara esta identidad carismática vivida por el Pobre de Asís.

Esa libertad al servicio de una ética nueva exige un largo camino de liberación y desprendimiento.

Volvemos a decir que la espiritualidad y teología franciscana es la que lee el mundo en el misterio de la gratuidad de Dios, liberándose de la adhesión al orden injusto a partir de su mística y su pensamiento, coherente con una ética de libertad amante e inteligente. La misión franciscana al servicio de los hermanos y la creación en estos tiempos de renovación y búsqueda, creo que se sitúa en esta auto comprensión de nuestra identidad: la pobreza menor/entre los menores y la comunión fraterna/criatural como estilo de vida específico de nuestra identidad, en el seguimiento de Cristo pobre.

Esa pobreza que amplía el horizonte de nuestra mirada y nos hace libres para una nueva reciprocidad con las cosas. Quizás sea esta la misión más importante de los franciscanos hoy: comprender la vida con una nueva mirada, con un nuevo modo de pensar para convivir con una renovada relacionalidad o justicia en la realidad globalizada de nuestro tiempo, animando y promoviendo espacios de cambio, denunciando la situación de injusticia, marginación y la cultura de muerte, con una vida “pobre” asociada a la esperanza de los últimos y pequeños de la historia.

Elementos claves para un nuevo paradigma desde el ser menor- minoridad

▪ La causa de la minoridad franciscana es radicalmente cristológica. Se podría decir que Cristo tiene el lugar privilegiado en la antropología y en toda la creación.Cristo es la encarnación de la humildad y la minoridad, kenosis del amor.

▪ El modo de ser de la minoridad está guiado por una progresiva identificación con Cristo pobre. Hacerse menor es una maduración del amor humilde de Dios presente en el corazón del hombre, es identificarse con el ser de Dios, donándose a los otros gratuitamente. La minoridad es la respuesta a ese amor.

▪ La finalidad de la minoridad es lograr una libertad que sabe querer y realizar el bien según el amor humilde de Dios revelado en Jesucristo, porque no es posible amar humildemente fuera de este amor revelado.

▪ Las criaturas son asumidas como don inesperado e inmerecido, en cuanto son porque fueron queridas (pero podrían haber sido no queridas). En tal contexto, la minoridad piensa la vida a partir del don, o sea, unida a la capacidad de reconocer la gratuidad como prioridad en tanto se es porque se recibe la vida de Dios como don. La lógica de la donación está en el origen de la vida y madura en la lógica de la libertad. El don de la propia persona es un servicio dentro de esa misma lógica, no busca recompensa, es un darse sin exigencias; así la minoridad viene a la luz cuando se produce en nosotros un despojo radical, de un desnudarse previo para tener la fuerza después de ofrecer todo sin pedir nada a cambio.

▪ La vida surge en la gratuidad del amor de Dios. La minoridad es el camino original y fecundo que nos convierte en coprotagonistas de la Bondad gratuita y libre del Padre, revelada en el Crucificado y en su resurrección, don de Dios en su Verbo.

▪ La minoridad no es pérdida sino redescubrimiento de las criaturas. Todos procedemos del mismo amor de Dios. El mundo no es fruto del deseo del hombre o de su creatividad. El hombre no vio su principio, el mundo no es su propiedad. El hombre no está sobre las cosas, sino dentro de la creación. Él está en el mundo para cultivarlo y para cuidarlo. De todo esto el hombre no es arquitecto, sino guardián o custodio.

▪ La minoridad es la vía privilegiada para conjugar gratuidad y apertura dialogal. La ética de la minoridad testimonia su pertenencia a la lógica divina acogiendo el don de la vida en un comportamiento de agradecimiento continuo. La minoridad es auténtica si es capaz de abrirse a la alteridad. La minoridad no destruye, sino que crea nuevas condiciones sociales y políticas, ordena a partir de una nueva lógica: la humildad amante y crucificada de Cristo.

▪ Minoridad es una buena noticia en grado de modificar la lógica del poder que desarrolla las necesidades humanas a partir de la dominación sobre los otros y la manipulación arbitraria de las criaturas. Es una crítica a la cultura narcisista que ofrece la idea de la absoluta centralidad de la persona en un camino competitivo hacia una subjetividad individualista, solitaria, antropocéntrica, que busca la felicidad sin trascendencia y sin los otros.

▪ La minoridad es un modo de vivir la fraternidad en diálogo siempre disponible a los otros, en una relación oblativa, es decir, no posesiva, capaz de encontrar al otro en su propia alteridad. No es un concepto estático vivido como una obligación de renuncia, sino una actitud relacional y dinámica que opta por el Evangelio desde los pobres. No es una opción de clase, sino una condición o modo de vivir, como aquella de Cristo.

▪ La minoridad se origina en la llamada a la vida, es una vocación a ser persona, en la más profunda verdad con uno mismo y en la aceptación de los propios límites. Es en el ámbito de la humildad que se reconoce la verdad sobre uno mismo. El hombre realiza su existencia en relación con Dios y en el reconocimiento de sí mismo como criatura. Esto puede ser definido como la summa intentio de la antropología franciscana, pues, como decía Francisco, “cuanto es el hombre ante Dios, eso es, y nada más” (Quia quantum est homo Deo, tantum est et non plus. Adm, 20,2).

▪ La minoridad abraza todas aquellas formas en la que se experimenta el abajamiento: debilidad, impotencia, no violencia, fracasos aparentes. Este proceso lleva a descentrarse del yo falso hacia el verdadero yo, reconquistado en su auténtica dignidad, purificado y disponible a la acción del Espíritu. No se trata de rendirse o resignarse, la minoridad no es pasividad. Es un compromiso que no busca seguridades, estima personal o poder, sino que anhela ser honesto y verdadero en el Espíritu. Busca el Espíritu de la Verdad por el camino de la Bondad.

▪ La minoridad se funda en la ética del corazón y el pathos, la capacidad de sentir en profundidad al otro. Por eso la minoridad se renueva cuando emerge el otro con el cual convivo. La norma de vida, el ethos, de la minoridad es cuidar del otro en la dinámica de la corresponsabilidad existencial y recíproca. El otro está presente en mi camino y mi compromiso es que él sea, que se realice según el designio de Dios, que precisamente nos ha querido, a los otros y a mí, sin someternos a sí.

▪ El ethos de la minoridad es terapéutico y liberador. La falta de minoridad es ausencia de amor liberado. Tendremos que regresar lentamente a ser menores. Solo un fraile menor puede ver el dolor de los otros, y abrirse a la esperanza que se esconde en secreto en el corazón de cada uno.

▪ Ser radicalmente menores para ser hermanos. La verdadera fraternidad y pobreza se prueba en la minoridad, porque se ofrece el don más precioso que Dios nos ha ofrecido a cada uno: la libertad. Mediante la minoridad no se trata de hacer la voluntad del otro, sino de hacer de uno mismo un ofrecimiento al otro motivado por amor.

▪ Francisco mide su pobreza relacionándose siempre con estas dos realidades: la pobreza concreta y el Cristo pobre. El pobre concreto y la pobreza de Cristo constituyen los criterios de la verdadera minoridad. Es por eso que San Francisco no usa nunca el abstracto “minoridad”, sino el adjetivo menor-menores de un sujeto que normalmente es el fraile, los frailes o la Orden de los frailes.

▪ Recuperar la raíz de la minoridad quiere decir acoger el indescriptible misterio de la vida y declarar la propia incapacidad de alcanzar el fondo del abismo, cuya voz sólo se puede escuchar en el misterio que nos envuelve, y que da sentido y orientación a nuestra aventura en el tiempo. La conciencia de que lo más grande permanece escondido y por eso celosamente custodiado. Y esto no es motivo de fracaso o de crisis. Es el camino que nos lleva a las puertas del misterio, la misma Revelación nos habla de un Dios que se retira en su insondable profundidad, y también silencioso de frente a la realidad que asume justamente con su “fiat”, la cual con su “valde bonum”, pronunciado en el caos original, fue impregnada de sentido.

El “amor de donación y por eso menor” es el más libre de todos los actos y el que más perfectamente expresa la libertad de la voluntad para determinarse a sí misma, es la que nos identifica con la Voluntad del Padre revelada en Jesucristo. Con la esperanza que nos caracteriza, necesitamos volver a encontrarnos con la vida a partir de una mirada menor y amorosa a la vez que inteligente, y en una incontenible empatía con todas las criaturas. Una práctica y una reflexión teológica empeñadas en ser liberadoras. EI camino a recorrer necesita mucha creatividad pues vivimos un momento histórico de cambios y rupturas importantes.

La conciencia ecológica actual y la presencia del “amor gratuito y menor” de los franciscanos son la gran fuerza de integración y convergencia hacia un nuevo paradigma que nos reconcilie con la creación y con su Creador. Es preciso apoyar la esperanza. Hoy es el primer día de la larga vida que tiene que renacer porque la fraternidad universal no murió.

“Vivimos en una casa común que no es de nuestra propiedad.

Creada por la Bondad Gratuita del Amor del Padre,

Misterio develado en la donación humilde del Hijo.

Esta toma de conciencia nos hace agradecidos.

Francisco no es un simple recuerdo ni una teoría ecológica.

Es una provocación que pone en crisis toda conciencia que vive

según el imperativo del consumo y la autosuficiencia,

e inaugura un movimiento espiritual,

Transformador y con incidencia cultural,

La vida no ha sido arrojada en el mundo

sino colocada con cuidado amoroso en la creación.

Sólo una sensibilidad y racionalidad siempre menor

puede acoger la vida como don”.

ESEF- Madrid

Fr. Jorge Oscar Peixoto

Seraphicum. Roma 2008