Introducción a la gestión sostenible

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En el pasado, tanto el sector privado como el sector social y el sector público, respondían a un modelo de misión y visión unívoca de cada una de las institucionalidades, por lo tanto tenían que concentrarse solamente en su foco de creación de valor respectivo.

En el caso de una empresa, ésta debía orientar todos sus esfuerzos para obtener lucro para sus accionistas, en el caso de una organización del sector social, dedicarse a la beneficencia y ocuparse de los problemas de los más necesitados, y en el caso del sector público, representado por el gobierno, ocuparse de la administración del poder y la promoción del bien común y la cohesión social como principales objetivos.

El cambio de paradigma que estamos atravesando o iniciando en la actualidad, lleva a que cada uno de estos sectores mantenga su foco original de creación de valor, pero que además deban comenzar a considerar el de los otros dos actores para complementarse y actuar en forma conjunta ya que, a partir del principio de corresponsabilidad e interdependencia, ninguno de estos tres sectores debe actuar en el contexto social por sí solo.

Es por eso que cuando hoy una empresa –sector privado– tiene que dar respuesta a la sociedad para que ésta le renueve la licencia social que necesita para operar, deja de pensar exclusivamente en términos de lucro para incorporar los contenidos de la “nueva agenda” y comenzar a operar en términos de creación de valor económico (CVE).

En cuanto al sector social, por la demanda de tener que atender a la misma agenda deja de ocuparse solamente de la beneficencia, la caridad y la filantropía, para enfocar su accionar en lograr impacto positivo y, en consecuencia, crear valor social (CVS).

Y con el sector público pasa exactamente lo mismo: cuando desde la sociedad se le exige al gobierno que aplique y ponga en práctica la agenda de la sostenibilidad y la regeneración, éste deja de enfocarse exclusivamente en la acumulación y administración del poder; y se convierte en un agente de creación de valor público (CVP).

El principio de corresponsabilidad e interdependencia nos exige que, sin perder su foco original de creación de valor respectivo, cada uno de los tres sectores aprenda a complementarse y actuar de forma conjunta con los otros dos en la búsqueda de creación de valor sostenible o integral.

¿En qué se diferencia el concepto de “creación de valor” respecto del paradigma anterior?

Que por este paso del modelo tradicional unidimensional al inter-retro-dependiente en el que se basa el desarrollo humano sostenible, las instituciones de cada sector deben ocuparse al mismo tiempo de su misión específica, aquello para lo que fueron creadas, y considerar también su articulación con las instituciones de los otros dos sectores, con el fin de acompañar y sumar en el proceso de creación de valor de las mismas. No estamos hablando de otra cosa que del concepto de valor compartido, como bien señala Michael Porter.

Es en esta instancia donde se encuentran estas tres formas de institucionalidad, en las que se reúnen y alinean la creación de valor económico con la creación de valor social y la creación de valor público, que da como resultado la creación de valor sostenible, enfoque que a su vez da nacimiento a las organizaciones de nueva generación o de nuevo paradigma. Estas organizaciones se asumen a sí mismas como proyectos superavitarios, dinámicos, flexibles y en permanente cambio, movimiento y adaptación frente a las organizaciones tradicionales que tienden a ser rígidas, estáticas y, en muchos casos, deficitarias. Organizaciones que, desde un abordaje sistémico y sin descuidar su foco de creación de valor respectivo, también promueven y acompañan las otras dos dimensiones de creación de valor en pos de la creación de valor sostenible (Creación de Valor ∞).

Por lo tanto, en la era del conocimiento y de la conciencia, la organización de la sociedad se consolida en torno a este nuevo paradigma, en el que las tres formas de institucionalidad –el sector público, el privado y el social–, más allá de su misión original, adquieren un nuevo “propósito” –que es aquello que define para qué hago lo que hago–, en pos de la creación de valor sostenible. Esta nueva característica, la de la sostenibilidad, se traslada por carácter transitivo a cada una de las dimensiones de creación de valor, lo que da como resultado que la creación de valor público se vuelva sostenible, al igual que la creación de valor económico y la creación de valor social.

En cualquier caso, es necesario incorporar una cuarta dimensión que es común a todos: la ambiental. Porque la creación de valor ambiental (CVA) es algo que les compete a absolutamente todas las personas y organizaciones del planeta.

Hacia una gestión sostenible

El paradigma organizacional tradicional se centra exclusivamente en medir el impacto, la eficacia y la eficiencia a través de lo que se conoce como  gestión por objetivos con el fin de maximizar los resultados y el impacto en los mercados y las sociedades en los que opera la organización. Este modelo privilegia obtener lo que se quiere, o sea: el cumplimiento de los objetivos, y generalmente esto se logra desatendiendo el modo en que estos objetivos se alcanzan. El resultado de este tipo de gestión está a la vista: cada vez prima más la mirada de corto plazo por sobre la de largo plazo, y de esta forma los mercados y las sociedades se vuelven cada vez más volátiles e inestables, con las consecuencias que ya todos conocemos.

La gestión por subjetivos se concentra en cambio, en la forma en la que se alcanzan los objetivos y de qué modo se establecen los vínculos entre las personas y se conforma el pacto cultural dentro de la organización y de la sociedad para alcanzar aquello que nos hemos propuesto.

Para aspirar a la creación de valor integral -que es el resultado de sumar diferentes dimensiones de creación de valor vinculadas tanto con lo político, como con lo económico, social y ambiental - , es imprescindible entonces que las organizaciones presten mucha atención a este “cómo”. Y por ello, en su proceso de toma de decisiones, deben sumar a la ya tradicional y conocida gestión por objetivos, la gestión por subjetivos. Esto implica que una organización pueda alcanzar las metas y objetivos que se ha propuesto a través de sumarle a su proceso de toma de decisiones valores éticos, morales y ciudadanos que contribuyen no solo a que aumenten los  niveles de sostenibilidad de la organización, sino también de la sociedad en su conjunto.

Para poder avanzar en esta dirección, la organización tiene que haber redefinido previamente su estrategia organizacional. Esto implica que sus objetivos no solo deben apuntar a alcanzar el superavit tan deseado, sino que además deben dar respuesta a los desafíos que implica crear valor en las cuatro dimensiones citadas anteriormente. En consecuencia, los objetivos, además de ser específicos, realistas, logrables, alcanzables, medibles, monitoreables y acotados en el tiempo, también deben reorientarse con el fin de poder alcanzar los niveles de sustentabilidad y regeneración que la organización necesita alcanzar en pos de la creación de valor sostenible o integral.

Mientras que la gestión por objetivos está relacionada con el qué (los aspectos tangibles de la gestión), la gestión por subjetivos está vinculada con el cómo (los aspectos vinculares e intangibles que siempre nos remiten a una dimensión espiritual).

Estos preceptos o valores, que actúan como verdaderos ejes o vectores transversales a tener en cuenta en el momento de tomar decisiones, se ven reflejados, por ejemplo, en la adopción de criterios tales como un abordaje sistémico de la realidad, una mirada de largo plazo acronológica, que incorpore la responsabilidad por las generaciones futuras; el respeto por la singularidad en el entendimiento de que todos tenemos algo valioso para aportar por el solo hecho de estar vivos; la valoración de la  diversidad, sabiendo que es justamente en  la diversidad, en la divergencia de opiniones, donde reside la riqueza de la sociedad. Aceptando la complejidad, que suele producir incertidumbre, pero que al mismo tiempo abre nuevas oportunidades a la creatividad humana; comprendiendo el altísimo grado de interdependencia y corresponsabilidad que existe entre todos los actores y sectores de la sociedad para alcanzar un alto nivel de integración que colabore con los procesos de inclusión; y promoviendo la igualdad de acceso a las  oportunidades, porque ya no alcanza el concepto de igualdad frente a la ley, sino que además se debe incentivar el acceso de cualquier persona a las diferentes oportunidades como formas reales de acceso al progreso tanto en el plano político como el económico y social. Incentivando además la equidad intergénero e intergeneracional, y la solidaridad con los grupos en riesgo social, ya que la aceptación y la no discriminación son valores sustanciales. Y fomentando también el establecimiento de asociaciones y  alianzas estratégicas entre los diferentes actores de la sociedad, y la creación de redes para poder construir capital social entre todos. 

Todo ello lleva a su vez a la necesidad de tener un medio ambiente sano, por lo cual hay que proteger la biodiversidad, fomentar la ecoeficiencia, y respetar la capacidad de carga del planeta y de los ecosistemas; tener procesos políticos que garanticen la gobernabilidad, que implica legitimidad en los sistemas de consulta, que deben ser participativos y vinculantes, y apuntar además al diálogo multicultural y multisectorial en la búsqueda de la validación externa necesaria para poder construir ciudadanía. Una democracia participativa que garantice la transparencia en los procesos, la rendición de cuentas y el acceso libre a la información y a los actos de gobierno, entendiendo siempre que el poder implica responsabilidad y servicio, y que debe ejercerse con horizontalidad, dentro de  un marco de libertad y protección de los derechos humanos y de los principios del consumo responsable y el  comercio justo, y considerando siempre los postulados de la ética del cuidado que nos permite vivir en una cultura de paz para alcanzar los Objetivos del Milenio.

Una organización moderna, no importa si pertenece al ámbito privado, público o social, debe integrar a su modelo de gestión éstos y otros valores universales tales como la prudencia, la templanza, la fortaleza y la justicia, y asegurarse que los procesos de toma de decisiones de sus responsables máximos sucedan en un contexto de confianza, honestidad intelectual y no corrupción con el fin de acotar fuertemente el riesgo a la discrecionalidad y la arbitrariedad del decisor, y de esa forma asegurar la sostenibilidad tanto de la persona como de la organización, el sistema, los mercados y la sociedad en su conjunto.

En el caso de una empresa o una organización del sector social, incorporar la gestión por subjetivos supone entre muchas otras cosas extender el concepto de la cadena de valor a una verdadera red de valor que atienda los requerimientos tanto de los accionistas como de los diferentes stakeholders –las personas u organizaciones que pueden afectar o ser afectados por la actividad de la organización–; tener en cuenta tanto la calidad del producto que se ofrece y del servicio que se brinda, como la calidad de las relaciones y los vínculos con el público interno, los proveedores, los “clientes”, la comunidad, el medioambiente, los gobiernos y la sociedad. 

La suma de ambas dimensiones -la gestión por objetivos y la gestión por subjetivos - da como resultado un modelo de gestión sostenible, que incide y se manifiesta tanto en lo económico como en lo político, social y ambiental.

Solo atendiendo a estos valores y operando bajo este nuevo paradigma, las organizaciones podrán cumplir con el que es su más alto y primordial propósito: mejorar la calidad de vida de la sociedad en su conjunto y promover la dignidad humana.

Principios de la gestión sostenible

  1. Consolidar el compromiso de los líderes para una gestión transparente y responsable ante las partes interesadas, que asegure el desarrollo de políticas orientadas a resultados económicos, sociales y ambientales sostenibles.
  • La organización deberá asegurar que sus líderes practiquen formas de gestión orientadas al desarrollo sostenible y la regeneración, procurando obtener, de forma reiterada, resultados positivos tanto en lo económico, como en lo político, social y medio ambiental.
  • La organización deberá garantizar que sus líderes demuestren su compromiso con los principios de la gestión sostenible en la definición de las políticas y estrategias, así como en sus actuaciones internas y externas, propiciando la creación de una cultura de desarrollo sostenible y regeneración en el entorno de la misma.
  • La organización deberá velar para que sus líderes implanten prácticas de buen gobierno, basadas en la transparencia y la responsabilidad ante las partes interesadas, aplicables a su actividad.
  • La organización deberá poner en el centro de su actividad conseguir la satisfacción de las necesidades y expectativas de sus clientes, ciudadanos o beneficiarios (de acuerdo con la naturaleza de la organización), como finalidad principal, y su referencia fundamental para asegurar su permanencia en el futuro.
  • La organización deberá disponer de sistemas que permitan conocer las necesidades del cliente, usuarios o beneficiarios, como base para el diseño y desarrollo de sus productos y servicios, así como para atender sus sugerencias y reclamos.

2. Impulsar un pacto cultural que desarrolle en la Estructura capacidad de adaptación a los requerimientos de los stakeholders, y al mismo tiempo que facilite la integración para el uso ecoeficiente de los recursos.

  • La Estructura está conformada por las personas que trabajan dentro de la organización, más sus conocimientos y habilidades profesionales y técnicas. Es lo que antes de denominaba Recursos Humanos, y hoy, por su relevancia como factor de competitividad, se denomina Talento humano. En este sentido, las organizaciones de nueva generación se encuentran en una transición entre el viejo modelo de administración de recursos humanos, y un nuevo modelo basado en la gestión sostenible de talento.
  • Es importante que la Gestión de talento esté orientada a desarrollar dentro de la Estructura altos niveles de flexibilidad y plasticidad, que le permitan a los diferentes equipos de trabajo integrarse al máximo para alcanzar criterios de unanimidad que les permitan maximizar el aprovechamiento ecoeficiente de los recursos, y, que, al mismo tiempo, se puedan adaptar y anticipar a las necesidades y requerimientos de las partes interesadas.

3. Implementar sistemas de gestión que, basados en las buenas prácticas, aseguren una mayor competitividad y un mejor desarrollo de las organizaciones.

  • La organización dispondrá, en la medida de sus necesidades, de sistemas de gestión de calidad, medioambiente, prevención, seguridad, etc., como base para la ejecución ordenada de sus actividades, la medición de sus resultados, el establecimiento de objetivos, la toma de decisiones basadas en datos y la realización de planes de mejora.
  • La organización velará para que dichos sistemas permitan, mediante la gestión de los procesos y el conocimiento de las necesidades del cliente y sus niveles de satisfacción, alcanzar mejores niveles de competitividad.
  • La organización facilitará la identificación de las actividades, procesos, y tareas, así como la trazabilidad de las actuaciones y la implicación de las personas responsables de los mismos, para un desarrollo más armónico de las operaciones y del clima organizacional.

4. Avanzar a través de la mejora continua y la innovación en el camino de la calidad y la excelencia.

  •  La organización deberá implicarse a todos los niveles en alcanzar una gestión excelente, a través de la mejora continua y el fomento de la innovación de sus productos, servicios y procesos, como medio sólido para obtener resultados positivos de forma sostenida.

5. Asegurar el respeto a las personas en su ámbito de influencia y promover el desarrollo de la comunidad y de la sociedad en general.

  •  La organización deberá promover actuaciones que contribuyan al desarrollo de las comunidades en que actúa y procurar que los resultados obtenidos por sus actividades puedan beneficiar al conjunto de la sociedad.
  • La organización deberá asegurar que sus empleados obtengan una compensación adecuada por su trabajo, regulada por los acuerdos aplicables, sin que se produzcan discriminaciones por razones de sexo, raza, etc.
  • La organización deberá garantizar la eliminación de la explotación del trabajo infantil en la propia organización y en aquellas sobre las que pueda ejercer influencia como parte interesada.

6. Respetar la dignidad de las personas, promoviendo el acceso a la salud y a la seguridad ocupacional.

  • La organización deberá asegurar el respeto a la dignidad de las personas, a todos los niveles, en su ámbito de trabajo.
  • La organización deberá disponer de sistemas de prevención que permitan preservar la salud de las personas que integran la organización y garantizar su seguridad en sus instalaciones y puestos de trabajo.
  • La organización deberá promover acciones y programas encaminados a la conciliación de la vida personal y laboral de sus miembros.

7. Impulsar la capacitación y el desarrollo de las personas, favoreciendo la comunicación y el reconocimiento de méritos.

  •  La organización deberá promover la comunicación interna, ascendente, descendente y transversal, como medio para fortalecer la cohesión y la confianza de sus miembros.
  •  La organización deberá proporcionar a las personas que la integran la capacitación necesaria para desempeñar sus tareas de forma eficaz y segura, estableciendo asimismo planes de formación como base para impulsar su desarrollo futuro.
  •  La organización favorecerá el reconocimiento de los méritos de sus miembros mediante el desarrollo de sistemas o programas adecuados.

8. Apoyar la prevención de la contaminación, promoviendo la responsabilidad ambiental, el uso eficiente de los recursos y el desarrollo y difusión de las tecnologías limpias.

  •  La organización dispondrá sistemas y/o programas para la prevención de la contaminación y otros impactos que pueda provocar con sus actuaciones y productos derivados en los ecosistemas potencialmente afectados.
  •  La organización promoverá la responsabilidad ambiental entre todos sus miembros, proveedores, clientes y otras partes interesadas sobre las que tenga influencia.
  • La organización promocionará e impulsará el uso eficiente de los recursos necesarios para su actividad. Invertirá en la utilización y desarrollo de tecnologías limpias en el conjunto de sus actividades y procurará su difusión en su entorno de influencia.

9. Promover junto con proveedores y clientes, la conducta ética y la responsabilidad social.

  •  La organización definirá e implantará una conducta ética en sus relaciones con proveedores y clientes, promoviendo la aplicación de los principios de responsabilidad social en toda la cadena de suministro.

Ejes para el proceso de toma de decisiones de la gestión sostenible

El orden en que son mencionados no responde a una jerarquía ya que son todos igualmente importantes, sino a una voluntad de ir de lo general a lo particular.

Por lo tanto, podríamos considerar el abordaje de largo plazo como uno de los primeros ejes a analizar. Claramente, la gente le está pidiendo a las instituciones y a los gobiernos que dejen de pensar sólo en soluciones para mañana, para el corto plazo, y que comiencen a elevarnos propuestas y planes que nos brinden soluciones para el largo plazo. El imperativo ecológico, la dimensión ambiental, son problemáticas que nos obligan a hacer un abordaje de largo plazo, no medido en los términos de lo que dura la vida humana, sino que sea acronológico y que brinde las respuestas para los próximos 300 o 500 años. Un buen ejemplo de esto es el Protocolo de protección ambiental del Antártico firmado en 1991, que intenta proteger esa región del planeta y sus ecosistemas asociados, y cuya revisión se planea recién para el año 2048.

El siguiente eje es la valoración de la diversidad, es decir, reconocer la riqueza que hay en el otro y en la suma de lo diferente. “Celebrar la diferencia, como dice Sergio Bergman en su libro. Un buen ejemplo es valorar la biodiversidad de los ecosistemas, como la selva, que sobrevive gracias a la cantidad infinita e interminable de actores del reino animal y vegetal que se relacionan entre sí para alcanzar la supervivencia desde el conjunto.

A medida que desaparecen actores (especies), el ecosistema se va debilitando hasta que muere. Ejemplos vinculados con esta problemática los encontramos a lo largo y ancho de todo el planeta y muy especialmente en regiones como el Amazonas. En el plano de lo social también hay que reconocer y valorar la diversidad. El hecho de que existan otras personas, con miradas y opiniones diferentes a las de uno, significa una enorme oportunidad para intentar construir una verdad entre todos (Jung nos ilustra muy bien sobre este tema cuando nos habla acerca de las diferencias entre los tipos psicológicos).

“Las cosas nos las vemos como son, las vemos como somos”, reza el Talmud. Sólo de esta forma, aprendiendo a incorporar las diferencias en la búsqueda de alcanzar la unidad en diversidad para no convertirnos en un colectivo anárquico, es que lograremos la cohesión y los consensos necesarios para encontrar la solución a los problemas y desafíos que nos plantea este nuevo milenio.

En pos de ello, es muy probable que aquellos que han tenido la oportunidad de acceder al privilegio de una “buena educación”, tengan que resignarse a abandonar algunos preconceptos que asocian con las “buenas costumbres” para aprender a convivir con otras formas de expresión que hoy les resultan ajenas. Para ello, resulta vital entender que la globalización de la cultura ya no implica la réplica de un modelo de comportamiento basado en la obediencia y el deber ser, sino que estamos evolucionando hacia nuevas formas de expresión de la cultura popular que rompen con el statu quo anterior y generan nuevas reglas de comportamiento social que hasta hace algunas pocas décadas podían ser consideradas bárbaras, incivilizadas, decadentes, o simplemente catalogadas de mal gusto. Por eso es imprescindible que todos aprendamos a convivir con aquellos que son diferentes y se expresan desde miradas, costumbres y expresiones culturales que por ser distintas no son menos válidas que las nuestras.

Sin embargo, esto implica también el respeto por la singularidad como un valor fundamental. De la misma forma que se debe valorar la diversidad, también se debe respetar la singularidad de cada persona, de cada individuo, ya que cada uno de nosotros es un ser único e irrepetible que, desde su propia subjetividad, tiene algo valioso para aportar a la fiesta de estar vivos.

Abrazar la propia singularidad como la enorme oportunidad que representa para descubrir nuestra originalidad y alinear nuestros múltiples intereses con nuestra vocación, nuestro propósito y nuestro llamado, comprendiendo al mismo tiempo la importancia de la complementariedad, que está íntimamente relacionada con el vector cooperación, y alude al hecho de que los diversos roles deben ser complementarios entre sí para que los miembros de una comunidad puedan cooperar en la realización de una misma tarea –complementariedades convergentes–. En este sentido, no debemos olvidar que todo sistema tiende al equilibrio, por lo tanto, siempre se necesita de la oposición, ya que la oposición es un principio inherente a la naturaleza humana, la física y otras disciplinas. Esto se ve claramente reflejado en dos movimientos contrariamente dirigidos que son diástole y sístole, o la inspiración y la exhalación, dos complexiones naturales opuestas entre sí pero totalmente complementarias y, al mismo tiempo, una dualidad puesta al servicio de la vitalidad que en armónica sucesión produce el ritmo de la vida.

Conjuntamente con estas dos dimensiones, la valoración de la diversidad y el respeto por la singularidad, son necesarios tomar en cuenta el respeto por la capacidad de carga de los sistemas y muy especialmente de los ecosistemas.

No debemos conformarnos solamente con el cuidado de “medioambiente”, ¡al ambiente lo queremos entero! Esta idea está muy bien representada por el concepto de Gaia (o Pachamama, como la denominaban los indígenas americanos), que considera al planeta como un superorganismo vivo que une a todos los seres vivos.

La Tierra como la casa común de todos aquellos que respiramos, y también como un planeta superpoblado, pequeño y con recursos escasos, que hoy ya se reconoce finito. La tarea de tomar decisiones para administrar la finitud requiere, por sobre todo, conocer una ciencia clave: la aritmética. Se impone por lo tanto el reinicio de un camino hacia la integralidad entre el mundo y la Tierra, dos realidades convergentes que determinan la evolución de la historia de la Humanidad.

Es imperioso, en consecuencia, empezar a tener muy en cuenta cuál es la capacidad de carga real de los sistemas y de los ecosistemas en los que viven nuestras sociedades, y respetar sus límites.

Otro de los ejes que conforman este nuevo paradigma es la ecoeficiencia, que tiene que ver con lo ecológica y económicamente eficiente. Ya no se puede hablar más de eficiencia sólo en términos económicos, sino que hay que hablar también de eficiencia en términos ecológicos, lo que implica abordar la conservación y la gestión de los bienes sociales, que son aquellos recursos naturales que en otros tiempos creíamos infinitos y que por su alto nivel de escasez hoy son considerados bienes sociales, y a los que todos los seres humanos tenemos el derecho de acceder de forma equitativa.

Gobernanza y gobernabilidad

Frente a la insuficiencia del concepto clásico de “gobierno” para describir las transformaciones que se han ido produciendo en el contexto de la globalización, desde 1990 surge el nuevo concepto “gobernanza”, que hace referencia al sistema de instituciones y normas que encuadran el desarrollo de la política y parece traducir la conciencia de un cambio de paradigma en las relaciones de poder.

La gobernanza es el arte de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía. Es una noción que busca –antes que imponer un modelo– describir una transformación sistémica compleja, que se produce a distintos niveles –de lo local a lo mundial– y en distintos sectores –público, privado y civil–. Y cuando hablamos de gobernanza no debemos olvidar todos los avances que se vienen logrando en los últimos años en materia de gobernanza ambiental.

Esto nos lleva a un nuevo concepto de gobernabilidad, vista no ya como el ejercicio legítimo del poder por parte de los gobiernos elegidos democráticamente, sino como la capacidad política y social de un “colectivo” para habilitar instancias de verdadera participación democrática, que considere al conjunto de los actores sociales y sus instituciones, entendiendo a la autoridad y al poder como una forma de responsabilidad –que no es otra cosa que la capacidad de dar respuesta– y de acto de servicio y generosidad.

En esa dirección, gobierno abierto y estado abierto configuran tendencias y promesas atractivas, que lentamente van siendo comprendidas y aprovechadas por los sectores innovadores y dinámicos de ambas esferas de lo político: las que se originan en el Estado y las que se construyen desde la sociedad civil.

La formación de partidos-red que tratan de impactar en el formato representativo y el uso de plataformas y aplicativos para dar salida a protestas pacíficas, por señalar algunas tendencias recientes, muestran el interés de colectivos cada vez más vastos por renovar todo el ciclo de la política. El objetivo pasa por identificar herramientas, estrategias y tácticas utilizadas por actores de la sociedad civil y del Estado para reducir las brechas entre el poder público y una sociedad demandante de mayor democracia y derechos respetados.

En este nuevo contexto de gobernabilidad aparece lo que se conoce como gobernabilidad democrática y estado de derecho, dos conceptos íntimamente vinculados con la participación activa de la ciudadanía organizada en la búsqueda de acuerdos desde la diversidad de actores que incluyen a la alternancia como una posibilidad de encontrar en el largo plazo una síntesis entre visiones y concepciones opuestas de la realidad. El objetivo es la mejora de los sistemas políticos y públicos: los procesos de toma de decisiones, su implementación, y el control de las mismas, entendiendo cómo esto lleva a su vez a lo que se puede llamar la democracia participativa.

Sin lugar a duda, el concepto tradicional de gobernabilidad ya no alcanza. Claramente, la sociedad está pasando de un sistema basado en la democracia representativa a un nuevo modelo en el que se suma la democracia participativa, que se debe abordar desde la cogestión y el codiseño, que no es otra cosa que todos los actores sociales participando del diseño de las políticas públicas y gestionando los procesos deliberativos al mismo tiempo. Todos queremos formar parte de esa gestión y todos queremos participar de ese diseño, porque todos tenemos algo para decir y algo para opinar, y además, porque nadie es tan fuerte como para hacerlo solo, ni nadie tan débil como para no poder ayudar.

Esto de alguna forma asegura el éxito y la implementación de las conclusiones a las que se arribe, porque difícilmente alguien se preocupe por cuidar aquello que no contribuyó a construir. Se trata también de procesos de construcción colectiva realizada a distancia, en tiempo real, en forma virtual y descentralizada, lo que nos lleva a pensar en una nueva dimensión del poder desde una nueva óptica, que se puede llamar la horizontalidad del poder.

Poder vertical, poder horizontal, poder difuso

La organización de la sociedad actual responde a un modelo de poder vertical y lo que hoy necesitamos es simetría en los vínculos; entender el “siendo” –una idea de todos juntos conformando un colectivo– en red, –interactuando, conectados y comunicados–, partiendo de la idea de que eliminar lo que no me conviene ni me gusta no es una opción democrática ni legítima (como sostenía  André Maurois: “es más fácil excomulgar que refutar los argumentos”). Más allá de un choque de lógicas, esto implica el ejercicio legítimo del poder como responsabilidad y servicio, superando de esta forma el viejo paradigma del ejercicio del poder desde la verticalidad y el temor reverencial –que siempre nos remite a la dominación y el control fundados en la amenaza, el miedo y el terror–, dos expresiones de la máxima asimetría porque, como decía Jung, “el poder es el arquetipo más peligroso que existe”.

La necesidad de tener que articular estos dos diferentes abordajes de la realidad, el del poder vertical y el poder horizontal, y lograr equilibrarlos, nos obliga a tener que estar atentos a la identificación y búsqueda de referentes sociales que actúen como verdaderos traductores que garanticen y legitimen este proceso. Sólo a través de aprender a manejar instancias de mediación y negociación, y diferentes formas de horizontalidad en el ejercicio del poder y de simetría en los vínculos, siendo en red, es que la sociedad va a poder achicar el riesgo de la discrecionalidad y de procesos de toma de decisiones basados en la arbitrariedad, y de esa forma evolucionar en la dirección deseada.

Cuando pensamos en las organizaciones del sector social también es importante abordar este nuevo enfoque del paradigma del poder teniendo en cuenta la potencia del poder difuso, ya que la sociedad civil, como bien lo señala Carlos March en su libro “Dignidad para todos, no genera potencia desde su poder real ni desde lo propio, sino desde su capacidad de construir poder difuso, del hecho de darle contundencia a lo imperceptible y sentido propio a lo ajeno.

Desde este abordaje también se pone en práctica una revisión permanente de los derechos humanos, ya que a medida que pasa el tiempo y surgen nuevas expectativas y exigencias por parte de la sociedad, estos derechos evolucionan y amplían sus alcances. Los derechos humanos de primera generación son aquellos considerados democráticos, civiles y políticos. Luego vinieron los de segunda generación: los económicos, sociales y culturales, que se ocupaban de garantizar el derecho al agua potable, al aire limpio, a la seguridad alimenticia, a la tierra no contaminada y a una vivienda digna. Hoy ya se habla de derechos humanos de tercera generación, que son aquellos colectivos y difusos, como el derecho a la solidaridad y a los bienes sociales y públicos.

Todo este conjunto de nuevas miradas sienta las bases para una fuerte democracia participativa: cada ser humano tiene derecho a participar en el mundo social que él mismo ayuda a crear y construir con su presencia y trabajo. Implica el desarrollo de estructuras y herramientas para un proceso de toma de decisiones participativo, y también vinculante, dentro de un marco de seguridad jurídica, estado de derecho y cumplimiento de la ley. Es muy interesante que el concepto de democracia participativa se exprese en el valor de estar juntos por encima del valor de estar de acuerdo (mientras que el valor principal en las democracias directas tiene que ver con que el estar de acuerdo por parte de las mayorías para imponerse sobre las minorías).

Sobre la organización social

Lo que hoy se conoce como sociedad civil organizada, es la construcción de ciudadanía, de lo público, en el ámbito estatal. Esto quiere decir que lo público ya no pertenece solo al gobierno, por lo tanto, no es éste el único actor social que puede tomar decisiones en ese ámbito, sino que hay uno nuevo: la ciudadanía activa.

La organización social gesta la comunidad, entendida como la “común-unidad de los diferentes actores sociales de un colectivo en la búsqueda de un propósito”. Lo opuesto sería una ciudadanía no activa, concepto directamente relacionado con el clientelismo. En este nuevo modelo de ciudadanía activa, la participación se da a partir de promover procesos de incidencias en políticas públicas, que instalen mecanismos y principios de democracia participativa y faciliten la injerencia y el involucramiento de los ciudadanos en cuestiones de interés común.

Todo ello se vincula con la iniciativa popular, la figura del ombudsman, la banca del vecino, las audiencias públicas obligatorias, el presupuesto participativo, el régimen de libre acceso a la información pública, la revocatoria del mandato, las elecciones por preferencia, el tribunal del vecino y el boletín oficial gratuito a través de Internet. Es decir, a través de la ciudadanía activa se construye toda una nueva forma de vinculación entre el gobierno y la sociedad. Se produce también un proceso muy interesante desde la construcción social, que implica la identificación del espacio público como un espacio clave de intervención ciudadana.

Cuando todos estos conceptos impulsados por los ciudadanos comienzan a transformarse en acciones concretas buscando materializarse en la realidad, obviamente las instituciones tradicionales se ven obligadas a reformularse y asumir un compromiso muy fuerte con su propio proceso de democratización interna, que se conoce con el nombre de democratización de las organizaciones.

Porque este nuevo pacto, este nuevo ADN social, las personas lo van llevando y diseminando por todas partes, especialmente en aquellas instituciones y organizaciones en las que participan, exigiendo que el liderazgo de las mismas se base en la horizontalidad del poder, el codiseño y la cogestión.

Por eso, aquella persona que esté al frente de una organización y no lidere teniendo en cuenta estos principios tiene los días contados. Por otra parte, aquellos líderes y organizaciones que no abracen esta agenda y no la incorporen en su pacto cultural no serán elegidos por los nuevos talentos, que sin lugar a duda son “el” factor clave de éxito en las organizaciones para lograr el impacto esperado.

Esta visión del liderazgo se vincula directamente con la legitimidad como una instancia superadora de la legalidad. En términos jurídicos, la legitimidad es la capacidad de ser obedecido sin tener que recurrir a la coacción, en contraposición al concepto tradicional de autoridad. En términos políticos, la legitimidad es la capacidad que permite ejercer el poder sin necesidad de recurrir a la violencia (cuando hablamos de legitimidad siempre debemos tener en cuenta que existen dos dimensiones: la legitimidad de origen, qué está directamente vinculada con la manera en la que se accede al poder, y la legitimidad en el ejercicio de las funciones, que hace referencia a la forma en la que se desarrolla la gestión en el ejercicio del poder).

Hoy ya no alcanza con que la ley nos permita actuar de determinada manera sino que es necesario poder contar con la validación externa que habilite y brinde a las personas, instituciones y organizaciones una licencia social para operar. Esta validación externa solo se obtendrá y mantendrá en el tiempo si está unida a la autoridad moral, a la honestidad intelectual, y también, como bien señala Alan Watts, a la honestidad afectiva.

Un ejemplo de ello es lo que pasó en Esquel, en la provincia de Chubut. Meridian Gold, una empresa minera canadiense, anunció en 2002 un proyecto para la extracción de oro a cielo abierto en esa región. Se realizaron diferentes estudios de impacto ambiental, que demostraron que la contaminación producida por el cianuro que era necesario utilizar para procesar el mineral podría llegar a afectar al Parque Nacional los Alerces.

El Movimiento de Vecinos Autoconvocados por el “No a la Mina”, una ONG integrada por diversos sectores de la comunidad de Esquel, logró difundir el tema en medios nacionales e internacionales y organizó un plebiscito mediante el cual un 80% de la población local expresó su rechazo al proyecto. A pesar de que el gobierno provincial ya había autorizado la explotación de la mina y otorgado los permisos, el proyecto no pudo avanzar por falta de legitimidad y validación externa por parte de la sociedad. En consecuencia, el gobierno tuvo que dar marcha atrás y se vio obligado a prohibir la explotación minera a cielo abierto y la utilización de cianuro en esa provincia.

Al respecto, también es importante lograr la validación interna, que es la aprobación por parte de cada uno de los integrantes de una organización de todo lo actuado y de los proyectos futuros que se lleven adelante. Una organización que no se preocupa por la validación interna, muy difícilmente pueda alcanzar la validación externa que tanto necesita para poder operar y conservarla en el tiempo.

Esto nos lleva a su vez a otro tema muy interesante que es la transparencia.  Legitimidad, validación externa e interna y, por último, transparencia, tienen que ver con presentar una actitud pública que deje ver claramente la realidad de los hechos, informando de las actividades que se realizan –llámese empresa, organización social, u oficina de gobierno– y los impactos de las mismas. Esto se da interactuando con el entorno, escuchando las demandas y expectativas de los interlocutores y brindando respuestas responsables. Hoy ya existen algunos instrumentos para la evaluación de estas variables, como el barómetro oval mundial de la organización Transparency International.

Transparencia tiene que ver también con el libre acceso a la información y a los actos de gobierno de las organizaciones y de las instituciones, no solo de las públicas, sino también de las privadas y de las sociales. Esto es de lo que hablaba Alberto Borrini cuando se refería a la “sociedad de cristal”.

Democratizar la información

La democratización de la información de interés público a partir de la práctica de apertura de datos, está consolidando una forma innovadora de participación ciudadana dado que permite conocer mejor los problemas sociales, económicos, políticos y ambientales y, al mismo tiempo, recrea una institucionalidad virtual que instala en las democracias modernas el estado de derecho digital.

Desde esta mirada puede entenderse la reforma política como la democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral, que implican imparcialidad, representación genuina y participación ciudadana. Hoy los ciudadanos les estamos pidiendo a gritos a las organizaciones que nos abran el acceso a la información que manejan para que haya transparencia y de esa forma podamos ver en qué medida queremos seguir o no renovándoles la licencia social que necesitan para operar o participando de las mismas (no les exigimos que sean perfectas, pero sí que sean transparentes).

En este sentido la gran pregunta es: ¿qué tan preparados estamos para la transparencia total?

A partir de la irrupción de los medios masivos de interacción y de las redes sociales en la vida cotidiana de las personas, ha surgido un nuevo concepto de privacidad que se denomina “privacidad pública”. Los conceptos tradicionales de intimidad y privacidad han quedado obsoletos para dar lugar a una nueva forma de exposición pública de los actos privados, que consiste en estar permanentemente expuesto a la mirada del público, incluso a costa de no seguir eligiéndolo o de cambiar de opinión en algún momento, ya que los contenidos que se publican a través de Internet y se suben a las redes sociales, una vez que ya fueron publicados dejan de pertenecer a las personas para formar parte de los contenidos de la “nube”, cuyos dueños son empresas como Facebook y otras que brindan acceso a las plataformas de interacción social.

Desde 2014 en Europa esto ha cambiado, debido a una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea por la cual los ciudadanos pueden exigir a los buscadores como Google que eliminen de sus listas de resultados aquellos enlaces que violen sus derechos. El derecho al olvido es un concepto relacionado con el habeas data y la protección de datos personales, el derecho al honor, intimidad e imagen. En Francia ya existe también una ley que incluye el derecho a la desconexión, o sea, el derecho a no estar obligado a permanecer conectado a Internet fuera del horario de trabajo.

Aún se desconoce las secuelas que dejarán en el futuro estas nuevas formas de exposición pública y sus efectos sobre el derecho de los ciudadanos a preservar su intimidad y llevar una vida privada. El dilema se plantea en términos de la legítima defensa de la intimidad, el derecho a la privacidad y la confidencialidad como formas de resistencia al avance sobre las libertades individuales, y ya se están viendo las primeras reacciones por parte de los individuos que en algún momento se han sentido perjudicados por esta nueva realidad.

El libre acceso a la información se relaciona directamente con la rendición de cuentas, que no es otra cosa que ser responsables de nuestros actos y colocar la información en la vitrina publica para que la sociedad pueda estar enterada de nuestro accionar, revisarla, analizarla y, en su caso, usarla como mecanismo para sancionar si se detectan anomalías. Una de las cláusulas del GRI (Global Reporting Initiative) es la pauta de la verdad, establecida para dar cuenta de aquello que salió mal en la gestión, los objetivos que no se alcanzaron, y qué se va a hacer para mejorar.

Un caso interesante es el de la empresa automotriz alemana Volkswagen, que tuvo que llegar a un acuerdo con abogados privados y el gobierno de los Estados Unidos para comprar casi 600.000 vehículos diésel que estuvieron involucrados en un engaño en las pruebas de emisiones. Este acuerdo es parte de las multas exigidas por la ley norteamericana que Volkswagen está obligada a pagar por el fraude, mientras que los gastos para compensar a los propietarios ascienden a más de mil millones de dólares.

A su vez, la rendición de cuentas está directamente vinculada con otro concepto que es la medición del impacto, que significa asegurar que la toma de decisiones contemple las consecuencias directas e indirectas de la acción que se va llevar a cabo, que normalmente se conocen con el nombre de “externalidades”. Son aquellas secuelas de las actividades humanas que muchas veces se van acumulando en el tiempo, que pueden afectar en el mediano o largo plazo, y tener un alcance local o global.

Como bien señala Steve Howard, “solo se puede manejar o administrar aquello que se mide, por lo tanto es una obligación medir aquello que nos importa” (a pesar de que medir muchas veces ponga en juego nuestra autoestima, sobre todo cuando no se alcanzaron los resultados esperados). De modo que ya es hora de internalizar esas “supuestas externalidades” e incorporarlas a los costos de los productos y servicios, dado que son los actores del mercado –tanto productores como consumidores– quienes obtienen un beneficio económico con la subvención que les viene brindando el planeta Tierra a un costo que, sin lugar a duda, no es gratis.

Considerando que ya hemos agotado la capacidad de carga y de resiliencia del planeta, en el futuro cercano no nos quedará otra alternativa que tomar la decisión de incorporar los costos de las externalidades a los precios, ya que de una u otra forma siempre hay alguien que paga las consecuencias, y generalmente las más afectadas son las poblaciones más pobres y rezagadas–por ejemplo, por los indeseables efectos del cambio climático–.

Además, en la medida en que no logremos incorporar los costos de las externalidades a los precios de los productos y servicios, y de esa forma asignarlos a las empresas y sectores de la economía que correspondan, dichos costos van a caer injustamente en las espaldas de los contribuyentes y de la sociedad en su conjunto, que son quienes tendrán que financiar finalmente a los gobiernos para que éstos puedan hacer frente a los costos derivados del control de daños, consecuencia de la sobreexplotación y pérdida de los ecosistemas naturales.

De modo que toda organización o institución, no importa si pertenece al sector público, privado o social, debe conocer, reconocer, gestionar y comunicar el impacto total de su gestión u operación con herramientas verdaderas y confiables, como por ejemplo, los balances de sostenibilidad, entre otras. Un caso interesante para tener en cuenta cuando hablamos de medición de impacto es el de la empresa brasilera Natura, que a partir de 2014 ha incorporado a sus prácticas el concepto de “impacto positivo”, definición que debe dar respuesta a la pregunta: ¿si esta empresa, organización o institución no existiera, la sociedad estaría mejor o peor?”.

La igualdad de acceso a las oportunidades

Los conceptos hasta ahora mencionados no pueden abordarse sin asegurar la igualdad de acceso a las oportunidades, porque ya no es suficiente con la igualdad ante la ley. Esto significa, entre otras cosas, el acceso a formas dignas de trabajo garantizadas por el mérito y el esfuerzo propio –y no por el nepotismo tan presente en nuestros días–, así como a bienes y servicios públicos de calidad en un marco de promoción y respeto de los derechos humanos. Para ello es necesario garantizar la equidad, que es promover la igualdad de oportunidades para el pleno desarrollo de las personas y las comunidades. Y también la equidad intergénero y la equidad intergeneracional.

La primera tiene que ver con la inclusión de la mujer y de aquellas personas que por su identidad de género pueden estar en situación de riesgo o vulnerabilidad, y la segunda incorpora a las generaciones presentes y futuras (en este sentido sería importante tener en cuenta que los niños no forman parte de las generaciones futuras, sino que son presente permeable).

También es importante pensar de qué hablamos y a qué hacemos referencia cuando decimos “nosotros”, para así entender el concepto de inclusión, que debe comenzar por considerar a los excluidos como los principales protagonistas, ya que en la actualidad éstos representan a la mitad de la población del planeta. Y cuando hablamos de exclusión, no hacemos solo referencia a la alimentación, la vivienda y la vestimenta, sino también al trabajo, la cultura, la dignidad, la paz y el amor.

Inclusión social

Inclusión social significa una integración que respete las diferencias y construya convergencias en diversidad, y muy especialmente solidaridad con los grupos de riesgo y reconstrucción de las identidades fragmentadas. Los grupos de riesgo pueden ser tanto los niños como ancianos, madres solteras, mujeres y personas con capacidades especiales, las víctimas de la trata de blancas o los integrantes de los pueblos originarios que son perseguidos por su condición. Una de las características que une a estas personas es la indiferencia de la sociedad ante sus problemas y la invisibilidad que esto supone. Incluirlos significa aprender a sostener una mirada abierta y generosa con el otro, con lo distinto y diferente, decir no a la discriminación y sí al pluralismo, la aceptación y la tolerancia.

El conflicto se produce cuando hay visiones del mundo muy diversas e incompatibles que, al mismo tiempo, se ven forzadas a coexistir y velar por la mutua supervivencia.

El pluralismo como abordaje para la resolución de conflictos comienza con el reconocimiento del otro, lo que implica la propia identidad. Es decir, considerar al otro como fuente de comprensión y no solamente como término de inteligibilidad.

Porque el pluralismo no significa que reconocemos muchos modos diferentes de hacer, pensar y sentir (pluralidad) sino que detectamos muchas formas que no podemos reconocer como los únicos modos de alcanzar un objetivo o de hacer las cosas. El antagonismo solo se genera por ignorancia de una de las partes o de ambas. Cuando se busca la verdad aparecen la convergencia y la voluntad para encontrar soluciones. En este sentido, inclusión también significa promover la reinserción de todas aquellas personas que eligieron autoexcluirse de la vida social para aislarse y vivir en countries, barrios cerrados y edificios autosuficientes.

La inclusión digital

Al hablar de inclusión no podemos dejar de hablar también de la inclusión digital. Aquel que hoy no está incluido digitalmente en el mundo se está quedando afuera del sistema, es un nuevo analfabeto. El lema es, por lo tanto, “un ciudadano, una cuenta de email”.

Esto implica asegurar el acceso a las herramientas y dispositivos tecnológicos que se necesiten para poder trabajar –teléfono celular, computadoras, etc.– y tener también acceso libre a Internet para poder comunicarse y estar incluido en el pacto social que nos imponen la tecnosfera y el ciberespacio.

Al respecto, la empresa Google está desarrollando un proyecto experimental, Loon, para proporcionar acceso a Internet a personas que viven en zonas rurales y remotas utilizando globos de helio de gran altitud para crear una red inalámbrica aérea de velocidad 5G. También ya son muchos los países que han incorporado el uso de computadores personales en la enseñanza pública después de que en 2006 Nicholas Negroponte presentara el programa “Una computadora portátil por niño” o OLPC (del inglés "One Laptop Per Child"), un proyecto centrado en la entrega de una PC a cada niño con el propósito de proporcionarles acceso al mundo, al conocimiento y a la tecnología de la información como formas modernas de la educación.

Otra iniciativa interesante vinculada a la inclusión es “Diseño para todos”, que promueve el diseño de productos y entornos que pueden ser utilizados por todas las personas, en la mayor medida posible sin necesidad de adaptaciones o diseños especializados.

Inclusión digital implica también igualdad de acceso a las TyCs (tecnologías de la información y de la comunicación), un tema que se está discutiendo muchísimo y para el que hay infinitos modelos en el mundo que ya están funcionando con el fin de reducir las asimetrías en el acceso a la información.

La inclusión financiera y la inclusión cívica

Otra de las dimensiones que debemos tener en cuenta cuando hablamos de inclusión es la inclusión financiera, que se puede definir como el acceso de los sectores más populares de la población a productos y servicios financieros de calidad, y forma parte de un proceso más amplio de universalización de derechos que incide positivamente en el desarrollo y reducción de la pobreza. Se ha determinado que la inclusión financiera es una parte importante en el proceso de la inclusión social, y en años recientes, se han incluido estos temas en las agendas políticas de prioridad en distintos gobiernos a nivel global.

Por último, como bien señala Carlos March, no puede haber inclusión social si no hay inclusión cívica. Esto significa poder zanjar la brecha que existe entre el sistema democrático y la democratización del sistema, concepto que promueve que todos los ciudadanos puedan acceder a la agenda de la institucionalidad, porque únicamente desde allí se resuelven los problemas vinculados con la calidad de vida a nivel masivo.

Todos estos problemas, desafíos y cuestiones que nos plantea este nuevo paradigma solo pueden resolverse a través de promover instancias de diálogo multi: multiparte, multicultural y multisectorial.

De allí surge la idea de “verdad” como la posibilidad o la oportunidad de una construcción de a dos como producto del diálogo. Es de estos temas de los que se habla cuando se menciona el famoso stakeholders dialogue: el concepto de los públicos de interés dialogando con la organización, con las instituciones; y el diálogo como un escenario para el encuentro con los otros, con los demás, promoviendo de esta forma la evolución de estos espacios hacia futuras comunidades de práctica.

Diálogo y construcción de capital social

Estas instancias de diálogo sostenidas en el tiempo promueven la construcción de capital social, que depende en gran medida de la construcción de confianza y postula la honestidad intelectual como un valor inclaudicable.

Más allá de los encuentros y acuerdos a los que se pueda llegar a través de estas instancias de diálogo multi, lo más importe es la capacidad del “colectivo” de compartir fracasos y lograr que la sinceridad se haga presente y tenga un peso importante en el momento de tener que rendir cuentas de los resultados alcanzados.

Nunca podremos evolucionar hacia un nuevo paradigma si no hay espacio para la verdad y la autenticidad. También es necesario tener presente que en el diálogo debe siempre existir el beneficio de la duda, con el fin de dejar abierto el espacio para que alguna de las partes cambie sus preferencias, porque de otra forma estaríamos en presencia de una simple contraposición de argumentos. Como bien decía Isaac Newton: “estamos más acostumbrados a construir muros que puentes”.

En este sentido, la pregunta que se impone es: “¿qué es aquello que estás viendo que yo no?”

Al respecto, fue muy interesante cuando Jack Welch, el número uno de General Electric, un día empezó a sopesar cómo influía la cuestión de la sinceridad en la cuenta de resultados de la compañía, y descubrió que la empresa estaba perdiendo una enorme cantidad de dinero porque la gente nunca tenía la oportunidad para opinar y poder decir su verdad (en teoría, la empresa como sistema productivo busca siempre el error cero, la productividad y la eficiencia).

La imposibilidad de los empleados para expresarse en un marco de libertad, confianza y honestidad intelectual repercutía en forma directa en los resultados de la empresa en términos de creación de riqueza económica. Alineado con este concepto, en 2012 nació en México “Fuckup Nights”, un evento que actualmente se desarrolla en más de 50 países y 150 ciudades, en el que los participantes cuentan sus historias de fracasos en los negocios.

Todos estos conceptos confluyen en la construcción de comunidad, que nos habilita a suscribir a la idea de la necesidad de construir una identidad colectiva en la que todos formamos parte de un todo que es el proyecto humano, y siendo conscientes, como dice Pedro Tarak, que “siempre es más importante estar juntos que estar de acuerdo”.

Autogestión

Construcción de comunidad y capital social implican autogestión: dejar capacidad instalada en la sociedad y en los ciudadanos para resolver sus propios conflictos a partir de diseñar y organizar sus propios procesos de gestión y toma de decisiones, que es lo opuesto a que tenga que aparecer la figura de un padre o un jefe, alguien de afuera, para decir cómo se tienen que hacer las cosas. Autogestión implica también la correcta autoadministración de los límites y la aplicación de los criterios de prevención y prudencia. Y en el caso de que fuera necesario implementar alguna instancia de control, la misma se debe dar dentro de un marco de “gestión de control entre pares” desde el acompañamiento y como una instancia superadora, y no desde el control que ejerce una autoridad que reprime y sanciona.

Este concepto de autogestión promueve y alienta la asociatividad bajo todas sus formas, los acuerdos como el comienzo de una solución: iniciativas comunes, integración, convergencia, alianzas estratégicas, construcción de puentes, redes, articulaciones, plataformas, espacios, clusters temáticos y geográficos, enredamientos, networking, y “órbitas”, que son espacios constituidos por todas aquellas personas que formaron parte de una organización y que al seguir en contacto con la misma pueden dar testimonio de los errores cometidos en el pasado y aprovechar el capital social que fueron construyendo entre todos, a lo largo de la historia. Implica órganos de gobierno independientes, balances propios y cierta autonomía en las decisiones, con propensión a cooperar y estar dispuestos a invertir tiempo y esfuerzo en la relación, a comunicarnos abiertamente, y abstenernos de conductas oportunistas o de corto plazo, que apuntan siempre a sacar provecho o alguna ventaja a costa de los otros.

Los portafolios, carteras de alianzas y el efecto autobús –que es cuando las organizaciones entran y salen permanentemente de alguna forma de alianza–, confluyen en la idea de una nueva filantropía, enfocada en promover redes y espacios desde la lógica de la oportunidad compartida, y en la construcción de comunidad más allá de los intereses particulares, sectoriales o comerciales.

Un ejemplo interesante es la experiencia de Articulación Patagónica, una iniciativa impulsada por la Fundación Avina que reunió líderes sociales de la Patagonia argentina y chilena en un cluster geográfico enfocado en el desarrollo sostenible, asumiendo a la Patagonia como un solo territorio binacional más allá de las fronteras de ambos países. Desde esta mirada, se trabajó en la construcción de agendas comunes a través de redes colaborativas integradas por líderes y organizaciones sociales de ambos países. Avina practicó este tipo de abordaje a lo largo y ancho de toda Latinoamérica. A punto tal que, en algunas oportunidades, se organizaron encuentros en los que participaron líderes sociales de clusters que a simple vista podrían parecer completamente antagónicos, como, por ejemplo, el encuentro entre líderes y organizaciones de la Patagonia y la Amazonia.

Lo interesante de esta experiencia fue comprobar que después de varias horas de trabajo, ambos grupos descubrieron que sus agendas tenían mucho más en común de lo que ellos mismos pensaban, entre otros asuntos, el problema del aislamiento y las relaciones complejas y difíciles con las oficinas del gobierno central de sus respectivos países.

Un solo planeta

Cuando se habla de medición de impacto a nivel global, se habla del efecto que produce una determinada acción humana sobre el ambiente y la sociedad. Este tema nos introduce en todos aquellos vinculados con las Convenciones de las Naciones Unidas sobre medio ambiente, cambio climático, biodiversidad, capa de ozono, degradación de suelos, aguas internacionales, poluentes orgánicos persistentes, entre muchos otros. Se trata de cuestiones que abarcan los acuerdos base para los marcos regulatorios y que dieron nacimiento a discusiones sobre desertificación y sequía, uso de químicos y agroquímicos no degradables, la huella ecológica y el carbono neutro en eventos como la Cumbre de Copenhague, y a organizaciones como 350. Esto nos introduce también en temas relacionados con los servicios financieros como el comercio de emisiones, el pago por servicios ambientales y los fondos de carbono. Es decir, asuntos que ya se están trabajando a nivel global, en muchas instancias y en muchas organizaciones, intentando medir y evaluar el impacto de la acción humana sobre el planeta.

Se trata de fijar objetivos específicos, medibles, alcanzables y realistas, trabajando en la identificación de diferentes variables para, por ejemplo, cerrar el ciclo del proceso productivo, reducir las emisiones, alcanzar el impacto ambiental y la basura “cero”, propiciar el uso de las energías renovables, lograr un transporte eficiente, y promover el diálogo entre los diferentes sectores que aliente y promueva el rediseño y la innovación.

Según la diseñadora uruguaya Giselle Della Mea, es importante entender que absolutamente todo lo que hacemos los humanos ha sido diseñado por nosotros mismos. Por lo tanto, considerando que el diseño es anterior a la sustentabilidad, nuestro mundo no es sostenible por errores de diseño. Errores en el diseño de productos que están pensados “de la cuna a la tumba” en lugar de haber sido pensados “de la cuna a la cuna”; diseño de servicios que generan ineficiencias que impactan negativamente en nuestras vidas; errores de diseño en modelos de negocios que causan severos problemas sociales y ambientales; y diseño de conceptos equivocados en torno al éxito, que han generado un consumo altamente tóxico y que nos obliga a tener que redefinir el significado de esa palabra. Diseñar no es otra cosa que identificar un problema a resolver, transformar una solución sustentable en un prototipo testeado y validado. En este sentido, el diseño es un comportamiento, no un departamento.

Por lo tanto, la gran pregunta es: “¿qué problema resuelve mi negocio?” Tener que enfrentar esa búsqueda y encontrar ese propósito nos obliga a tomar contacto con la dimensión real de los problemas, para poder conectar un producto o servicio con la solución y con el mercado, y convertirnos en verdaderos agentes de cambio.

Distintos abordajes, distintos escenarios

Actualmente, muchas organizaciones están trabajando desde este nuevo abordaje, que reúne necesidades con responsabilidades, para resolver problemas sociales a nivel global y poder de esa forma construir mapas de impacto que les permitan aprender de este tipo de experiencias a gran escala.

Todo esto hoy se tiene que poder, de alguna forma, delinear, diseñar, trazar. También debería ser posible ir viendo poco a poco su evolución, y si se van alcanzando los objetivos fijados. Esto es lo que se conoce como trazabilidad. 

Para poder actuar bajo estos parámetros es necesario animarse a dar un salto cualitativo en el pensamiento y enfrentar la necesidad de hacer un abordaje de lo disruptivo, que refiere a los grandes momentos de transición en los que estamos inmersos en estos tiempos, ya sea por la acción de la naturaleza o del hombre, que llevan a cambios bruscos en los escenarios reales.

De acuerdo con Moty Benyakar, estos escenarios disruptivos pueden llegar a constituirse en importantes fuentes de displacer, al punto que pueden llegar a alterar tanto el comportamiento como el pensamiento y la psique de una persona o de la sociedad en su conjunto.

Son ejemplos de estos fenómenos disruptivos las catástrofes naturales como los tsunamis, el cambio climático y las crisis financieras internacionales. Otro ejemplo interesante podría ser la caída de un meteorito en Rusia, en el año 2014, que llevó al gobierno de ese país a dialogar con el gobierno de Estados Unidos para utilizar frente a eventos de estas características el poder nuclear como arma defensiva en forma conjunta (algo absolutamente imposible de imaginar hace solo algunos años).

En la actualidad, para prevenir o paliar sus efectos, existen programas de mitigación, evaluación y reconstrucción llevados adelante por instituciones como el Consejo de Seguridad Humana autónomo, adscripto a las Naciones Unidas, que aplica entre otros el principio precautorio y el principio de prevención. El primero es la adopción de medidas protectoras antes de contar con una prueba científica de un potencial riesgo. Ordena tomar medidas que reduzcan la posibilidad de sufrir una catástrofe a pesar de que se ignore la probabilidad precisa de que esto ocurra (es importante tener en cuenta que en los sistemas complejos la previsibilidad se torna casi imposible). Mientras que el principio de prevención es la obligación de tomar las medidas necesarias que el caso requiera, dado que se conoce la frecuencia relativa de un evento catastrófico o de alguna manera puede calcularse su riesgo.

Prevención, protección y cuidado, de eso se trata. Según lo manifiesta Leonardo Boff en su libro “Saber cuidar”, la esencia del ser humano es el cuidado, porque la condición humana es ser en el mundo con los otros, cuidándonos mutuamente de cara al futuro. El cuidado es una actitud que implica una acción, y siendo éste esencial al hombre, la inclusión fundamental del otro no puede más que traer como consecuencia el convertirse en el elemento fundante de una nueva ética. Es lo que siguiendo a Heidegger se define como “modo-de-ser-en-el-mundo”, es decir, como aquello que estructura el modo en que el hombre se relaciona y convive con el mundo que lo rodea.

Cuando de establecer y definir límites se trata, los límites ecosistémicos planetarios –que están directamente vinculados con el imperativo ecológico que advierte que son los ecosistemas los que sostienen la vida del planeta–, se encuentran en la primera línea. Entender por sobre todo que la vulnerabilidad de los ecosistemas y sus riesgos tienen consecuencias políticas, económicas, sociales y no solamente ambientales. Tal como plantea Alejandro Litovsky, fundador de Earth Security Group, “nuestra especie ha rebasado los límites del equilibrio de la naturaleza en distintos puntos de su historia, a veces, con civilizaciones enteras colapsando durante el proceso. Pero esta es la primera vez en nuestro proceso evolutivo que algunos de los límites que tenemos que abordar son de escala planetaria, por lo tanto, las soluciones también tendrán que desarrollarse e implementarse en esta escala”.

Al respecto, esta iniciativa explica que la seguridad nacional ya no reside solamente en cuidar las fronteras y en el poder militar, sino en la seguridad de los ecosistemas en los que habitan las personas y los seres vivos, donde hay una coexistencia de factores atmosféricos que van más allá de los límites políticos y de los continentes.

Hace poco, este equipo de investigadores construyó un mapa de las lluvias del planeta que muestra de dónde proviene el agua de las precipitaciones de las que gozamos todos los humanos, en el que está muy claro, por ejemplo, que si se destruye el Amazonas, la Pampa argentina se vuelve un desierto. El caso del Amazonas es particularmente interesante porque presenta un escenario por demás complejo –y los problemas complejos nunca se resuelven con soluciones simples–. En esa región hay nueve países que comparten límites fronterizos y que, debido a la tala indiscriminada de la selva amazónica para la explotación de la madera y la búsqueda de petróleo, el desarrollo de la minería industrial, la construcción de represas hidroeléctricas, las rutas interoceánicas que la atraviesan y la sobreexplotación del suelo, están padeciendo consecuencias catastróficas.

Actualmente, por la falta de políticas que hagan un abordaje sistémico de este problema y que no se enfoquen solamente en los intereses económicos de corto plazo de cada uno de los países que forman parte de esta región, todos ellos están sufriendo tanto sequías severas como incendios y otros muchos problemas ambientales cuyas soluciones no residen en tomar decisiones en forma independiente sino en alinear los intereses nacionales con las soluciones internacionales. Por lo tanto, es necesario encontrar el modo de resolver estos problemas vinculados con el cambio climático en forma conjunta, desde un nuevo concepto de lo que hasta hoy ha sido la visión tradicional de la seguridad nacional e internacional. 

Gestión de riesgos y gerenciamiento de crisis

Esto se conecta con otro dos conceptos muy interesantes que son la gestión de riesgos y el gerenciamiento de crisis, dos áreas que desde hace algunos años vienen desarrollándose y lo harán cada vez más a partir de los problemas que han ido surgiendo debido al cambio climático y sus consecuencias. Estos nuevos escenarios han magnificado la importancia de procesos, como por ejemplo la mediación, un instrumento para gestionar y resolver conflictos ya sean tanto  ambientales como sociales o de otra índole, y que deben solucionarse a través de sistemas de negociación que tengan en cuenta variables como la construcción de confianza, el diálogo, la gobernabilidad, la legitimidad, la validación externa, la transparencia, la redición de cuentas, la cogestión y el codiseño, y siempre dentro de una cultura de paz.

Todos estos procesos responden a los desafíos que nos presenta esta nueva etapa de la vida humana y del planeta, en la que no podemos seguir hablando de desarrollo sostenible si no pensamos también en el control de daños. Esto nos enfrenta con la necesidad de contar con herramientas como los planes de contingencia y los mapas de vulnerabilidad para identificar alertas tempranas y dar respuestas rápidas que incorporen la cultura del seguro y la seguridad a la vida cotidiana, considerando que hoy se vive en una realidad mucho peor que lo que auguraba el más pesimista de los escenarios que se previeron durante la primera Cumbre de la Tierra en el año 1992.

Ya no alcanza con hablar acerca de cómo nos desarrollarnos sosteniblemente sino que, por haber perdido la oportunidad de tomar las medidas necesarias en el pasado, debemos ahora ocuparnos de cómo enfrentar el control de daños, y en algunas regiones del mundo, comenzar a incorporar la idea del decrecimiento sostenible, dado que habitamos en un planeta finito, en el que conviven dos curvas de crecimiento insostenible: el aumento de la población y el consumo (esto nos obliga a tener que revisar una vez más el costo económico y social de los conflictos socioambientales).

Causas y consecuencias

Lo preventivo y lo precautorio han sido dos principios desestimados por los actores del poder durante décadas. Como resultado, el cambio climático es un hecho que genera daños sustanciales con consecuencias desconocidas y cuyo impacto en las actuales formas de vida es inevitable. Como decía Winston Churchill: “Ya pasamos el período de tratar de controlar las causas. Ahora entramos en el período de tener que manejar las consecuencias”.

Prevención, intervención y reconstrucción: éste es un momento histórico en el cual hay que animarse a abordar los temas centrales y llevarlos adelante implementando proyectos y acciones más allá de los resultados inmediatos que se obtengan. Una etapa en la que los políticos ya no cuentan con la legitimidad y el poder necesarios para tomar las decisiones que recomiendan los científicos, porque en la búsqueda de soluciones fáciles o por prometer lo que saben que no van a poder cumplir para lograr ganar las elecciones, han perdido la autoridad moral como para poder actuar en consecuencia. Una etapa también en la que lamentablemente y pese a todo, mucha gente sigue eligiendo votar promesas en vez de planes de gobierno, y sumarse a la fiesta del desarrollo insostenible y el consumo desenfrenado.

En este contexto, es claro que la manera en que actualmente hacemos uso de los recursos naturales no es sostenible y que si seguimos avanzando en esta dirección, tarde o temprano nos llevará a un colapso. Hoy se consume un 30% más por sobre la capacidad de carga del planeta y se estima que si continúa la actual tendencia, en 2050 esa proporción se elevaría hasta el 50%. Según la oceanógrafa Silvia Earle, “en los últimos 50 años nos hemos devorado el 90% de los peces grandes. El 97% del agua de la Tierra es océano. El océano dirige el clima, estabiliza la temperatura, le da forma a la química de la Tierra. El agua del mar forma las nubes que regresan a la tierra y al mar como lluvia, granizo y nieve, y provee de hogar a cerca del 97% de la vida en el mundo. El poeta Auden dijo: "Muchos han vivido sin amor. Ninguno sin agua". Ni uno solo de los esfuerzos que hagamos para prevenir los efectos del cambio climático tendrá sentido si no aprendemos a cuidar los océanos. “Si no hay azul, no hay verde”.

Estimaciones realizadas en 1997 indican que el conjunto de los servicios ambientales que proporcionan los ecosistemas para todo el planeta tienen un valor promedio anual aproximado de 33 trillones de dólares. Si comparamos esta cifra con la del Producto Bruto Interno del planeta estimado para ese año –18 trillones de dólares–, podemos hacernos una idea de lo que los sistemas ecológicos suponen para la economía y el enorme desafío que va a representar tener que incorporar en algún momento estos costos a los precios de los productos y servicios.

Un estudio reciente llevado a cabo por un equipo internacional de científicos y economistas, coordinados por la Universidad de Cambridge y la Royal Society for Protection of Birds (RSPB), estima que cada año la humanidad tiene que aportar unos 250 billones de dólares adicionales debido a la pérdida de los servicios que la naturaleza nos aporta gratuitamente. El estudio concluye también que con menos de 50 billones de dólares al año podríamos proteger los servicios de los ecosistemas, que nos están generando 5 trillones de dólares al año. Esto significa que con menos de un 1/16 del presupuesto mundial en gastos militares podríamos proteger de manera efectiva la naturaleza del planeta.

Ya se conoce también el “día de la deuda ecológica”, momento exacto en que la humanidad pasó a estar en falta con la capacidad de regeneración del medioambiente. Ese día fue el 19 de diciembre de 1987. Ser conscientes de esta fecha nos obliga a tener que volver una vez más sobre el concepto de control de daños e incorporar el de la resiliencia, que es el proceso necesario para volver al estado inicial y poder superar la adversidad, adaptarse y recuperarse (es importante que tengamos en cuenta que a pesar de todos los esfuerzos que podamos hacer en pos de la restauración del planeta hay una enorme cantidad de especies que se han extinguido durante el último siglo por la acción del hombre y que nunca podrán volver a ser recuperadas).

Un planeta en peligro

En el siglo pasado Heidegger ya afirmaba que “esto en donde el hombre vive ya no es la Tierra”. El informe del PNUMA, “Planeta muerto, planeta vivo: Diversidad biológica y restauración de ecosistemas para el desarrollo sostenible”, presenta los argumentos económicos a favor de la reparación del mundo natural que ha sido dañado o perdido –desde bosques y sistemas de agua dulce hasta manglares y humedales– , y sostiene que avanzar en esta dirección va a permitirnos generar nuevos empleos, combatir la pobreza y producir rendimientos multimillonarios. Por su parte la WWF cada dos años publica su informe Living Planet Report, basado en evidencia científica que da cuenta del impacto de la actividad humana sobre la salud del planeta.

Actualmente también se está extendiendo esta discusión a las reservas naturales respecto de si deben quedar en estado salvaje –wild nature– o si deben ser domesticadas o administradas por el hombre –domesticated or managed nature.

Por eso es tan importante que en algunas regiones del mundo que todavía tienen sus ecosistemas sanos, como es el caso de Latinoamérica, los gobiernos cambien su actual abordaje del concepto de progreso y avancen en la dirección del paradigma de la sostenibilidad, evitando caer en modelos de desarrollo que ya está probado que han quedado obsoletos y cuyas consecuencias conocemos. Es importante al respecto tener en cuenta que a la naturaleza le llevó millones de años construir los ecosistemas que los seres humanos somos capaces de destruir en un instante. En este sentido, como sostiene el rabino Abraham Skorka ya es hora que el hombre comience a redimir la Tierra y aprenda del diálogo que mantienen los pueblos originarios con la naturaleza”.

El decrecimiento sostenible

Esto nos lleva a pensar una vez más en la idea del decrecimiento sostenible, que es una transición socio-ecológica de desaceleración del consumo de materias primas y energía. Porque, como ya se ha dicho en párrafos anteriores, para poder seguir manteniendo el sistema de producción y acumulación que tenemos en la actualidad son necesarios por lo menos cinco planetas como la Tierra. Según sostiene el economista francés Serge Latouche, quien viene alzando su voz a favor del decrecimiento desde 1992, a la velocidad con la que avanza el imaginario tren del progreso –economías cada vez más grandes, dadas a consumir y descartar a la velocidad de la luz– no puede más que terminar en choque con incendio. “Para pensar que se puede crecer infinitamente en un mundo con recursos finitos, una de dos: hay que ser un loco o un economista”, suele escuchársele bromear acerca de su profesión.

Es necesario aclarar que cuando se analizan estos temas no se está cuestionando la necesidad de incluir en forma urgente en el pacto del progreso a esa mitad de la población del mundo que vive debajo de la línea de pobreza. Lo que sí se discute es la forma en que lo vamos a lograr, porque si no lo hacemos teniendo en cuenta los preceptos del desarrollo sostenible, son los pobres quienes más van a sufrir las consecuencias, ya que son los más afectados por la degradación de los ecosistemas, porque una vez que su hábitat ha sido contaminado no tienen ninguna posibilidad de poder mudarse, trasladarse, o irse a vivir a otro lugar no degradado con ecosistemas sanos.

Se impone entonces comenzar a trabajar en patrones de producción y consumo sustentables con el fin de dar respuesta a dos grandes flagelos de la actualidad que son el sentido de emergencia y la mirada de corto plazo.

Esto, a su vez, se relaciona directamente con la corresponsabilidad y la interdependencia. Claramente, la sociedad enfrenta el efecto mariposa: interdependencias mutuas de unos con otros y de todos entre sí. En este nuevo paradigma todas las relaciones son inter-retro-dependientes e implican convivencia, cooperación, colaboración, sinergia, solidaridad y solicitud para con el otro. Todos temas íntimamente relacionados con uno de los tres grandes postulados de la Revolución Francesa que hasta el día de hoy ha sido olvidado y dejado de lado: “la fraternidad”. Este concepto nos obliga a tener que revisar una vez más el de la igualdad en términos de equidad, y el de libertad como la posibilidad de poder elegir entre alternativas que sean realmente genuinas.

Es importante tener en cuenta que muchas veces las responsabilidades son comunes pero diferenciadas, como en el caso de la deuda climática que mantienen los países desarrollados con aquellos que aún no han alcanzado esa categoría.

Por lo tanto, las soluciones deberán provenir de instancias de diálogo, negociación y toma de conciencia por parte los principales contaminadores que son las empresas que operan a nivel global y sus respectivas cadenas de valor –incluidos nosotros, los consumidores–, y las organizaciones como el Consejo Mundial Empresarial para el desarrollo sostenible (WCSD) que los nuclean y trabajan en temas de responsabilidad social empresaria desde el paradigma de la sustentabilidad.

Otro buen ejemplo de esa problemática podría ser el abordaje que se hace desde el concepto del “ecocidio”, que establece que la destrucción o pérdida del medio ambiente es un crimen que debe ser punible de acuerdo con el principio de responsabilidad superior, es decir, que la pena debe caer sobre aquellos que son responsables del hecho: CEOs de grandes empresas, jefes de gobierno, altos mandatarios, banqueros, etcétera, y no sobre los ciudadanos o los trabajadores.

La corresponsabilidad implica asumir un rol activo en la búsqueda de una respuesta verdadera entre las partes y, consecuentemente, abandonar los roles de culpable o víctima. Esta última reflexión nos obliga a pensar en la autorregulación, que es la adhesión voluntaria a pactos de diferente índole en la que los actores deciden por motu propio poner límites a su accionar y no esperar a que los mismos provengan de los gobiernos o de la sociedad. Por citar un ejemplo, podríamos tomar el de las empresas que deciden firmar pactos de no corrupción junto con sus competidores con el fin de evitar este flagelo. A su vez, es importante tener en cuenta que las leyes ambientales van a ser cada vez más estrictas, y las consecuencias de no haber tomado la decisión de cambiar a tiempo pueden llegar a convertirse en un factor determinante para la supervivencia de la organización. Esperemos que en el futuro cercano ya no sea necesario que se regule desde afuera y que hayamos aprendido a regularnos por nosotros mismos. Al respecto, Joan Antoni Melé sostiene que la evolución hacia la sustentabilidad solo se va a lograr a través del esfuerzo, la renuncia y el sacrificio tanto individual como colectivo, ya que si no cambiamos muy pronto nuestro accionar nos encontraremos muy cerca de los límites de los grandes problemas sociales y ambientales que nos depara el futuro.

Una perspectiva planetaria

Estos 50 ejes, aproximadamente, que involucran el proceso de toma de decisiones y que hemos revisado desde una dimensión micro, vinculándolos con la nueva agenda de la sociedad y las organizaciones, también se pueden analizar desde una perspectiva macro, más universal o planetaria. En particular, aquellos que son omniabarcantes. Y en ambos abordajes es muy importante tener en cuenta que frente a cualquier decisión, debe primar el discernimiento, que es el criterio o la capacidad de distinguir los diferentes elementos que están implicados en una cuestión, cómo se relacionan entre sí, cómo se afectan los unos con los otros y cómo cada uno de ellos incide en el conjunto.

El principio de realidad, por ejemplo, es el primero de la lista, ya que no hay mayor peligro que perderlo. Veamos un ejemplo: posiblemente, desde una pared de un metro se pueda saltar sin correr demasiados riesgos de sufrir una fractura, y desde una de dos metros, aunque sea ya más peligroso, también. Pero si saltamos desde un primer piso seguramente terminaremos con una o las dos piernas quebradas, y desde un segundo piso, con la columna rota o, directamente, perdamos la vida. Sin embargo, pese a los riesgos que conlleva negar evidencias o no sopesar las consecuencias, pareciera ser que el hombre está permanentemente perdiendo el principio de realidad.

El segundo principio-guía es la integralidad, que se sustenta tanto en la biología humana como en la sociobiología. Los seres humanos somos mamíferos gregarios que nos movemos en manadas y todos provenimos de nuestros ancestros africanos que poblaron el planeta hace 300.000 años. Aceptar esta realidad nos permite reconocernos como parte de la Tierra y recorrer juntos el camino de la integralidad. El mundo, como creación humana, también deberá reconocerse parte de la Tierra y sus normas necesariamente tendrán que reflejar las normas de los ecosistemas.

Por todo esto es que quizás ya es hora de que comencemos a pensar en “Declaraciones de Interdependencia”, más que en “Declaraciones de Independencia”, reconociendo que las fragmentaciones artificiales de los Estados Nacionales precisan redefinirse desde la integración que nos brindan los ecosistemas, que no reconocen fronteras ni banderas. Quizá ya es tiempo de instalar la visión del “Interés común global” por encima del “Interés Nacional”, tan utilizado para justificar acciones unilaterales que solo contentan coyunturalmente a electorados de gobiernos y los intereses privados que los sostienen, y de esta forma volver a ser lo que históricamente siempre fuimos: nosotros –los seres humanos y el mundo– y la Tierra –biósfera– parte de una misma realidad.

El tercer principio-guía es hacer un abordaje sistémico de la realidad y, tal como estos tiempos lo demandan, también de la virtualidad, en la certeza de que la parte tiene que ver con el todo y el todo tiene que ver con la parte, como bien se puede comprobar cuando se estudia de la teoría de los fractales. Ya no se concibe seguir compartimentando el conocimiento como en la era del enciclopedismo o no considerar las vinculaciones manifiestas u ocultas entre individuos, objetos, procesos y naturaleza. Hoy en día es tan importante la organización –que tiene que ver con la capacidad de poner orden–, como la organicidad –que es aquello que le da sentido al conjunto–.

Esto conduce a aceptar la idea del principio de complejidad e incertidumbre, que exige siempre tener presente la ambigüedad, la imprevisibilidad y la disrupción, para poder contar con planes contingentes construidos en base a potenciales escenarios futuros con el fin de reducir la aleatoriedad a un rango manejable. Abordar la complejidad implica decirle que no a la síntesis, no a la linealidad, no a la simplificación.

Dentro del pensamiento sistémico encontramos también el principio de lo emergente, a partir del cual la interacción de las partes de un sistema conforman un “todo complejo” que no puede ser encontrado en ninguna de las partes individuales del mismo. Por ejemplo, el fenómeno de la vida estudiado en biología es una propiedad emergente de la química, y los fenómenos psicológicos surgen de los fenómenos neurobiológicos de los seres vivos.

Los seres humanos estamos tratando todo el tiempo de querer saber todo lo que va a pasar, intentando infructuosamente eliminar la dimensión del misterio y el enigma que es la vida. Al respecto, Edgard Morin sostiene que la conciencia de la complejidad nos hace comprender que no podremos escapar a la incertidumbre y que jamás podremos tener un saber total, ya que la totalidad es la “no verdad”. En un mundo en el que los científicos han perdido la percepción de la totalidad y quedan ciegos frente a la complejidad de los fenómenos, ya es hora de que los especialistas vuelvan a darle espacio a los generalistas, y también a los sistémicos, una nueva categoría de pensadores e intelectuales que abordan la lectura y la interpretación de la realidad desde un abordaje holístico.

Por su parte, el principio de complementariedad de los opuestos señala que en la vida coexisten los contrarios. No se trata en modo alguno de algo adversativo u opuesto, ni mucho menos contradictorio, antitético o dialéctico, sino que los contrarios se complementan en sus propiedades de tal modo que conviven siempre como parejas, nunca aislados.

El filósofo británico Alan Watts nos advierte que nos resulta mucho más fácil ver a los opuestos como mutuamente excluyentes que como mutuamente interdependientes. Esto sucede porque miramos las cosas separadas y no simultáneamente. En consecuencia, es tarea última de la inteligencia apreciar las inseparables relaciones entre las cosas así divididas y redescubrir de ese modo el Universo como distinto de un mero multi-verso. Es ver al mundo como un “continuum” inseparablemente interrelacionado, cuyas partes no pueden en realidad separarse del resto, o ser valoradas por encima o por debajo de las otras (una visión de la vida en la que el bien y el mal, lo creativo y lo destructivo, Eros y Tánatos, son las polaridades inseparables de la existencia). Sin embargo, cuando se trata de imaginar este cambio de paradigma en términos cronológicos, también es importante tener en cuenta la no linealidad del proceso evolutivo. El proceso de la evolución no se produce de manera lineal, sino a base a rupturas.

A partir de un determinado momento, la complejidad aumenta, se acumula la energía, –que proviene, misteriosamente, del vacío cuántico–, hasta que atraviesa todas las barreras, produciendo una ruptura y haciendo que lo antiguo se desestructure y lo nuevo irrumpa con fuerza seminal. Surge entonces una nueva virtualidad en el Universo, en la sociedad, o en la biografía de una persona, y se abre un nuevo horizonte de esperanza.

Estos cambios representan una encrucijada que destruye un orden e induce la aparición de otro nuevo. Un nuevo estado de conciencia está emergiendo, rumbo a lo que Theilhard de Chardin denominaba “noosfera”, es decir, la humanidad reuniéndose en un único lugar, el planeta Tierra, con los corazones y las mentes (noos) buscando un equilibrio y una armonía más altos.

El principio de autodeterminación es un derecho tanto individual como colectivo. En el plano individual se basa en la libre decisión del individuo y sostiene que los comportamientos humanos son voluntarios, por lo tanto, están sujetos al libre albedrío. La existencia del libre albedrío ha sido un tema central a lo largo de la historia. Existen de hecho varios puntos de vista sobre si la libertad existe, eso es: si las personas tienen o no realmente el poder de elegir entre alternativas genuinas.

La sociedad generalmente hace a las personas responsables por sus acciones y dirá que merecen premios y castigos por lo que hagan (o no hagan, ya que uno es tanto aquello que acepta como también lo que rechaza). En el plano colectivo, el derecho de autodeterminación garantiza el derecho de cada pueblo a mantener sus formas de gobierno y la búsqueda de un camino propio hacia el desarrollo en su sentido más amplio.

El principio de contemporaneidad nos obliga a tomar conciencia de que todos aquellos que estamos vivos solo compartimos esta casa común que es el planeta Tierra con otras personas y otros seres vivos durante nuestro tiempo de vida, que en el caso de los humanos nunca excede los cien años como máximo. Por lo tanto, es nuestra responsabilidad cuidar bien del planeta durante ese instante fugaz que dura nuestra existencia. Es fundamental, en consecuencia, tomar conciencia y cuidar la calidad de nuestro propio proceso de toma de decisiones tanto a nivel personal como colectivo, e incorporar la agenda de la sostenibilidad y la gestión por subjetivos para que nuestras acciones nos lleven a tener una vida cada vez más digna y sostenible en el tiempo, sin perjudicar a nuestros contemporáneos ni a las generaciones futuras.

Otro de los principios omniabarcantes a aplicar es la transversalidad y la transdisciplina como instancias superadoras. Estos conceptos están vinculados con el principio precautorio y el principio de corresponsabilidad e interdependencia, que ya hemos mencionado (al igual que el principio de responsabilidad superior y diferenciada, que establece que la responsabilidad y las consecuencias de los actos y de los hechos debe caer sobre aquellos que detentan mayores niveles de autoridad e influencia en el proceso de toma de decisiones, y sobre quienes también recae el principio de responsabilidad por omisión).

Para comprender el principio precautorio desde una mirada macro basta con tener presente el dicho de Aristóteles, que afirma que “la prudencia es la madre de todas las virtudes”, y en cuanto a la corresponsabilidad e interdependencia, es tener siempre presente vínculos, encadenamientos y consecuencias, ya que somos muchos y vivimos todos en el mismo planeta.

El principio de alteridad, que establece la necesidad de considerar al otro como aquel con el que entro en igualdad de dignidad, lo que implica simetría y horizontalidad en los vínculos, está directamente vinculado con la solicitud, la solidaridad y la reciprocidad.

Cuando uno es todos, hay que elegir por todos. Por ejemplo, en el momento de garantizar el acceso universal a la atención médica que rompe con el dilema actual de la medicina intensiva versus la medicina extensiva.

El principio del mínimo consenso, que establece la necesidad de acordar en un mínimo de cuestiones básicas para poder trabajar juntos y que no nos desviemos del objetivo que nos hemos propuesto, ya que si queremos hacer un aporte sustancial en la dirección de un futuro sostenible, necesitamos primero reconocer cuál es el grado mínimo de consenso que precisamos para poder dialogar. En la búsqueda del mínimo consenso es muy importante tener en cuenta que durante todo el tiempo que dure este proceso, la verdad se constituye en un valor imprescindible para poder avanzar, y que para poder despejar una duda o constatar una hipótesis, el camino a seguir es siempre recurrir primero a la lógica, la experiencia y el sentido común.

En vez del diálogo dialéctico, que se rige por la ley de las dicotomías, la racionalidad instrumental y la necesidad de que al final del mismo haya vencedores y vencidos, el filósofo español Raimon Panikkar invita al diálogo dialogal, que no se propone convencer al otro sino aprender de la lengua ajena –mitos, símbolos, idiomas, costumbres– para después intentar un aventurarse juntos en lo desconocido. Todo ello, además, sobre la base de que al otro no se lo puede conocer sin antes quererlo, sin sentir que no es un extranjero sino una parte de uno, y sin entender que la vida no se rige por la lógica ni es totalmente inteligible. En vez del multiculturalismo, Panikkar anima al interculturalismo, una suerte de “inter-independencia” de civilizaciones y culturas fundamentada en el cultivo de la confianza, la fecundación mutua y la recuperación de las palabras primordiales como vehículo de comunicación, que son las de la mística, el amor y la poesía.

En cuanto al principio de trascendencia y ejemplaridad, se refieren a hacer y trabajar por el legado: aquello que uno no se va a llevar de este mundo.

El principio de solidaridad, la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, incluye la solicitud con el otro (la capacidad de ponerse a disposición) y la reciprocidad (estar dispuesto a entregar a cambio, como mínimo, lo mismo que se recibe). Este principio basa en que todos los seres humanos gozamos de una cantidad de beneficios enormes, que son el resultado de las acciones de quienes nos antecedieron. De modo que este increíble nivel de acceso a las oportunidades y a los privilegios que tenemos todos los que estamos leyendo estas páginas, nos obliga a ser solidarios, recíprocos y solícitos con aquellos que no están incluidos ni gozan de los privilegios que nosotros sí.

El principio de legalidad, por el cual todo ejercicio del poder público debe estar sometido al imperio de la ley y no a la voluntad de las personas –por ejemplo el Estado sometido a la Constitución y no a los caprichos de los gobiernos-, iguala, civiliza y permite que las personas se organicen a través de las instituciones que los gobiernan.

El principio de belleza proviene de la admiración por la naturaleza y la condición humana. La belleza no es un afecto humano idiosincrásico, meramente sentimental, sino que es nuestra manera de describir nuestros encuentros con la vitalidad, con pautas que afirman la vida y los vínculos. Denominamos como bellas aquellas cosas que sostienen y dan realce a la vida. Bebés, masas de agua y plantas florecientes que prometen alimento, están entre algunas de las cosas que naturalmente describimos como buenas, verdaderas y hermosas.

A fin de que la palabra sostenibilidad signifique algo más que supervivencia y persistencia, debemos referirnos a la belleza, porque la belleza es el valor intrínseco del paradigma ecológico, que se manifiesta en esa categoría de sensibilidad que es la observación profunda de la naturaleza. Esta mirada sobre la belleza está directamente ligada a la elegancia que se observa, por ejemplo, en la estabilidad y el orden que existen en el cosmos, que se expresa a través de las espirales logarítmicas doradas, en la búsqueda de la proporción perfecta a través del número áureo y la divina proporción, en la sucesión de Fibonacci; y también, cuando se hacen presentes la congruencia y la coherencia, como bien observan Carmen Olaechea y Georg Engeli. Es la ausencia de belleza lo que ha confundido nuestros esfuerzos en nombre de la sostenibilidad.

Al considerar cómo se relacionan la belleza y la economía debemos comprender que la indiferencia por lo estético en el largo plazo va a disminuir el producto económico. Un buen ejemplo de esto se ve reflejado en el trabajo que realiza la Fundación Naturaleza para el Futuro en la protección y restauración de los paisajes naturales. Finalmente, pensar en términos de ecobioética y la ética del cuidado posibilita constituir un marco conceptual relacionado con el cuidado de la vida en todas sus formas, incluyendo la salud humana y a todos los seres vivos.

Si se atienden a estos postulados, resulta fácil comprender que se trata de ejes trasversales que cada uno de nosotros deberíamos tener en cuenta cada vez que tomamos una decisión. Son estos los pilares que la sociedad les está exigiendo a las instituciones y a las organizaciones como sostén de su gestión, y también los valores y principios que los hijos están esperando de sus padres, o que las parejas o los amigos se están exigiendo entre sí. Simplemente para elegirse y para ver si quieren seguir vinculándose y relacionándose o no.

Los valores tradicionales   

De alguna forma, todos estos conceptos que hemos ido mencionando están intrínsecamente ligados con una reformulación de las virtudes y los valores tradicionales, que no son otra cosa que los valores sobre los que nos paramos y nos mantienen de pie para poder caminar erguidos y sentirnos humanos.

Con otro lenguaje y postulados de otro modo, se pueden encontrar en Aristóteles y en la Ética Nicomaquea –virtudes morales e intelectuales–, en las virtudes cardinales –prudencia, justicia, templanza y fortaleza–, en las teologales de Santo Tomás –fe, esperanza, caridad–, y también en la Cábala –amor, justicia, compasión, humildad, persistencia, nobleza–. También están presentes en el budismo, que con el nombre de “paramita” enumera las virtudes o cualidades nobles que todos deberíamos esforzarnos por alcanzar: generosidad, disciplina moral, paciencia y tolerancia, sabiduría o conciencia plena, sinceridad y ecuanimidad, la no-violencia y la compasión, entre otros; en el islamismo, que sostiene la importancia de promover la paz, la tolerancia, la equidad y la misericordia; y en el hinduismo, que destaca como valores supremos la bondad, la verdad, la honestidad, la no violencia y la satisfacción a través del equilibrio.

Todos estos principios, valores y preceptos son los que con tanta razón nos inculcaban nuestros padres y abuelos cuando hablaban acerca de la importancia de portarse bien, llevar una vida recta y virtuosa, no apartarse del camino, cumplir con la palabra empeñada, ser humilde, moderado, respetuoso, decente, honesto, sincero, honrado, generoso, decir siempre la verdad, ser franco, no mentir, ni engañar, no ser falso o envidioso, y por sobre todas las cosas, ser una buena persona, con buenos sentimientos, buenas intenciones, y hacer honor al apellido.

En su Carta Encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco hace una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo en cómo estamos construyendo el futuro del planeta y un llamado a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral para proteger nuestra casa común que es la Tierra.

Debemos afrontar el desafío de convertirnos en “hombres nuevos”, transformados en un nuevo modo de existencia. El mundo siempre está a la búsqueda de la novedad, porque con razón está siempre descontento de la realidad concreta. San Pablo nos dice: “el mundo no puede ser renovado sin hombres nuevos”, y nos invita a ser “ciudadanos” del cielo. Solo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado y mejor.

La Revolución Francesa, por su parte, lo expresó en términos de libertad, equidad y fraternidad, valores que después dieron nacimiento al Estado Nación, la República, la democracia, y la proclamación de los derechos universales del hombre, la mujer y el niño. No hace mucho, el profesor Jostein Gaarder, autor del libro “El mundo de Sofía, que introduce a los jóvenes en los problemas de la filosofía, se refería a la enseñanza de esa disciplina y afirmaba: "En Noruega todos los universitarios se dedican en forma exclusiva a estudiar filosofía por lo menos durante seis meses. Todos. Cuando me encuentro con mi médico, yo sé que él conoce a Kant y Descartes. Que puede opinar sobre problemas éticos con un espíritu esclarecido...".

Una buena educación resulta imprescindible para convivir en una comunidad porque garantiza a sus integrantes el establecimiento de esos lazos de unión, el aprendizaje de un lenguaje común y, sobre todo, la adquisición de una mirada compartida sobre el mundo. Que los demás nos respeten, que puedan entender qué nos sucede, que sean capaces de interpretar lo que valoramos y queremos, son componentes esenciales de nuestro bienestar personal.

Según la definición de la Organización Mundial de la Salud, una persona es sana solo si es libre, feliz y solidaria. De modo que si hoy aspiramos a que las personas sean sanas, debemos incorporar los valores tradicionales y también los de este nuevo pacto social o nuevo paradigma de la sostenibilidad, conscientes de que la casa común, nuestro planeta, se ha vuelto finito y también que somos cada día más.

Todo esto nos lleva, finalmente, hasta el cambio de era que estamos transitando en este momento, en el que la Revolución Industrial comienza a dar paso a la era del conocimiento, surgida como consecuencia del choque entre un viejo paradigma y las ideas de otro nuevo. Un viejo paradigma que estaba basado en dividir para reinar, y uno nuevo que ya nos hizo comprender que para que los seres humanos podamos seguir “reinando” lo que hay que hacer es volver a unirnos, a re-ligar.

La gestión sostenible y los ODS

La Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó en 2015 la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, un plan de acción a favor de las personas, el planeta y la prosperidad, que también tiene la intención de fortalecer la paz universal y el acceso a la justicia.

Dicho plan quedó establecido en los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, cuyas 169 metas de carácter integrado e indivisible, se interrelacionan entre sí e incorporan los desafíos globales a los que nos enfrentamos día a día. Esta construcción desde la diversidad –tanto territorial como conceptual– ha significado un enfoque mucho más amplio y a la vez integral de las metas de desarrollo propuestas.

Esta nueva agenda, que para el sector privado implica que las empresas incorporen los ODS en su modelo de gestión sostenible, y en cuya construcción ha jugado un rol fundamental la International Chamber of Commerce, ha sido abrazada por las empresas y las organizaciones empresariales más importantes del mundo, como por ejemplo el Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible y la organización Business Roundtable, que reúne a los presidentes ejecutivos de 181 de las mayores corporaciones de Estados Unidos, desde Amazon hasta Xerox, pasando por las mayores empresas de comercio minorista (Walmart), tecnología (Apple), energía (Exxon Mobil), telecomunicaciones (AT&T), automóviles (Ford), finanzas (JP Morgan Chase), entre muchas otras. Se trata de compañías que cuentan con más de 15 millones de empleados y unos ingresos anuales superiores a los US$7 billones.

“Hacia una gestión sostenible”, "Un solo planeta”, “Una perspectiva planetaria” y “Los valores tradicionales” son capítulos extraídos de la conferencia sobre “Cambio de Paradigma y creación de valor integral”. Para acceder al texto completo de la conferencia, visitar la página rumbosostenible.com e ingresar en solapa “El paradigma de la sustentabilidad”.

Listado de ejes para el proceso de toma de decisiones de la gestión sostenible

El siguiente listado presenta los ejes transversales que deben ser tenidos en cuenta a la hora de diseñar nuestro modelo de toma de decisiones. Cuanto más tengamos en cuenta cada una de estas dimensiones en el momento de tomar una decisión, más sostenible se volverá nuestro modelo de gestión, y viceversa.

Este conjunto de ejes conforma la nueva agenda de la sociedad, muestran una forma de ser y de estar en el mundo, definen reglas, y funcionan como guías rectoras de un modelo de convivencia que promueve un pacto cultural basado en el paradigma de la sustentabilidad. De su correcta aplicación depende que las organizaciones reciban por parte de sus diferentes públicos de interés la validación interna y externa que necesitan para poder renovar la licencia social para operar.

A continuación, se describe una pre-selección de 30 ejes centrales:

1.      Principio de realidad.

2.      Principio de integralidad y contemporaneidad

3.      Principio de belleza: admiración por la naturaleza y la creación.

4.      Abordaje sistémico.

5.      Abordaje de la complejidad y la incertidumbre.

6.      Principio de complementariedad de los opuestos.

7.      Transversalidadtransdisciplina – interdisciplina.

8.      Abordaje de largo plazo a-cronológico.

9.      Valoración de la diversidad y respeto por la singularidad.

10. El imperativo ecológico: respeto por la capacidad de carga de los sistemas y los límites eco-sistémicos planetarios: regeneración y resiliencia.

11. Gobernabilidad y legitimidad: democratización de las organizaciones.

12. Transparencia y libre acceso a la información de los actos de gobierno.

13. Principio de alteridad, solidaridad, solicitud y reciprocidad.

14. Corresponsabilidad e Interdependencia: principio de responsabilidad superior y diferenciada.

15. Horizontalidad del poder.

16. Construcción de comunidad y de capital social: asociatividad - autogestión – autorregulación – redes – comunidades de práctica - coopetencia.

17. Inclusión social, cívica, financiera, digital, de los grupos de riesgo y respeto por las minorías.

18. Equidad e Igualdad de acceso a las oportunidades y a las tecnologías de la información y la comunicación.

19. Pluralidad, pluralismo, aceptación, tolerancia y convivencia.

20. Diálogo multiparte, multicultural y multisectorial: principio de mínimo consenso.

21. Proceso de toma de decisiones participativo y vinculante:  cocreación, codiseño y cogestión

22. Mediación, arbitraje y conciliación para la resolución de conflictos.

23. Principio precautorio y Principio de prevención.

24. Medición de impacto y Rendición de cuentas: Trazabilidad y huella social y ambiental.

25. Gestión de riesgos, gerenciamiento de crisis y control de daños.

26. Principio de trascendencia y ejemplaridad: Autoridad moral y Honestidad intelectual.

27. Promoción de formas sostenibles de desarrollo humano para sociedades sostenibles y responsabilidad social de las organizaciones.

28. Protección del bien común: Ética del cuidado y Eco-bioética.

29. Derechos humanos, cultura de paz y dignidad humana.

30. Liderazgo en valores para la sustentabilidad.

Listado de Ejes para el proceso de toma de decisiones de la gestión sostenible

Índice alfabético

1. Abordaje de largo plazo

2. Abordaje de lo disruptivo

3. Abordaje sistémico y emergente sistémico

4. Administración de la finitud

5.  Alargascencia

6. Alianzas estratégicas

7. Asociación

8. Autogestión

9. Autoridad moral

10. Autorregulación

11. Balance de sostenibilidad

12. Cambio Climático

13.  Ciudadanía activa

14. Ciudadanía global

15. Ciudadano

16. Civismo, ciudadanía y sociedad

17. Código abierto

18. Codiseño

19. Cogestión

20. Comunicación sostenible

21. Conservación y gestión de los bienes comunes

22. Construcción de capital social

23. Construcción de comunidad y ciudadanía

24. Construcción de confianza

25. Control de daños

26. Coopetencia

27. Corrección política versus libertad de expresión

28. Corresponsabilidad

29. Creación de valor sostenible o integral

30. Creative Commons

31. Cultura de paz

32. Cumplimiento normativo

33. Decrecimiento sostenible

34. Democracia ecológico-social planetaria

35. Democracia global

36. Democracia participativa

37. Democratización de las organizaciones

38. Derecho al olvido y a la desconexión

39. Derechos de la naturaleza

40. Derechos humanos

41. Desarrollo sostenible

42. Desiderabilidad

43. Deuda ecológica

44. Diálogo

45. Diálogo con las partes interesadas

46. Dignidad humana

47. Ecobioética

48. Eco-eficiencia

49. Eco-espiritualidad

50. Ecología emocional

51. Educación

52. Educación en valores

53. Emprendedurismo

54. Equidad

55. Equidad intergeneracional

56. Equidad intergénero

57. Estado de Derecho

58. Estado de derecho digital

59. Ética del cuidado

60. Foro Social Mundial

61. Gerenciamiento de crisis

62. Gestión del conocimiento

63. Gestión de los recursos naturales

64. Gestión de riesgo

65. Gestión de talento

66. Gestión o administración por objetivos

67. Gestión por subjetivos

68. Gestión sostenible

69. Globalización y mundialización de los Derechos Humanos

70. Gobernabilidad democrática

71. Gobernanza

72. Gobierno abierto

73. Honestidad intelectual

74. Horizontalidad del poder

75. Huella de carbono

76. Huella ecológica

77. Huella hídrica

78. Igualdad de acceso a las oportunidades

79. Igualdad de acceso a las tecnologías de la información

80. Igualdad de acceso a los bienes públicos

81. Inclusión cívica

82. Inclusión digital

83. Inclusión e integración social

84. Inclusión financiera

85. Innovación

86. Innovación disruptiva para el cambio social

87. Innovación social

88. Interdependencia

89. Intraemprendedurismo

90. Inversiones socialmente responsables

91. Legitimidad

92. Libertad de expresión

93. Libre acceso a la información

94. Licencia social para operar

95. Liderazgo en valores

96. Límites ecosistémicos planetarios

97. Mediación y negociación

98. Medición de impacto

90. Mesas de convivencia

100. Mitigación, adaptación y restauración

101. Multiculturalidad e interculturalidad

102. Nueva diplomacia

103. Nueva filantropía

104. Observatorio social

105. Objetivos de Desarrollo Sostenible

106.  Organización de la comunidad

107. Organizaciones de nueva generación o de nuevo paradigma

108. Paradigma de la insostenibilidad

109. Participación ciudadana

110. Pluralidad, pluralismo, aceptación, reconocimiento y tolerancia

111. Poder difuso

112. Políticas públicas

113. Principio de alteridad, solicitud y reciprocidad

114. Principio de autodeterminación, autonomía y emancipación

115. Principio de belleza

116. Principio de benevolencia y no maleficencia

117. Principio de complejidad e incertidumbre

118. Principio de complementariedad

119. Principio de contemporaneidad

120. Principio de contra-aleatoriedad

121. Principio de ejemplaridad

122. Principio de integralidad

123. Principio de legalidad y justicia

124. Principio de libertad y libre albedrío

125. Principio de lo emergente

126. Principio de no acción: wu wei

127. Principio de prevención

128. Principio de proporcionalidad

129. Principio de razonabilidad

130. Principio de realidad

131. Principio de responsabilidad diferenciada

132. Principio de solidaridad

133. Principio de trascendencia

134. Principio del mínimo consenso

135. Principios generales para la administración de las organizaciones del sector social y el desarrollo sostenible

136. Principios humanos universales

137. Principio precautorio

138. Privacidad pública

139. Proceso de toma de decisiones participativo

140. Protección del bien común

141. Protección y valoración de la biodiversidad

142. Redes

143. Regeneración

144. Regla de las tres erres

145. Rendición de cuentas

146. Rendición de cuentas en la administración pública

147. Resiliencia

148. Resilvestración

149. Respeto por la capacidad de carga

150. Respeto por la singularidad

151. Responsabilidades y Deberes Humanos

152. Responsabilidad social de las organizaciones (RSO)

153.  Sociedad abierta

154. Sociedad civil organizada

155. Subjetivos de Desarrollo Sostenible

156. Sustentabilidad política

157. Transdisciplina

158. Transparencia

159. Transversalidad

160. Trazabilidad ambiental

161. Trazabilidad social

162. Validación interna y externa de las partes interesadas

163. Valoración de la diversidad cultural

164. Valoración de la riqueza que reside en la diversidad

165. Valores cívicos y ciudadanos

166. Valores humanos universales

167. Valores del paradigma de la sustentabilidad y la regeneración