Honestidad intelectual

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Honestidad intelectual

La honestidad intelectual debe ser entendida como el máximo intento de no-intencionalidad por parte del emisor, y como el juego limpio o respeto a la libertad de respuesta de los receptores. Se trata también de que quien esté reflexionando pueda asomarse a la sorpresa de las conclusiones de su pensamiento y esté dispuesto a sostenerlas, aun cuando no le convenga. Es por eso que la honestidad intelectual es considerada un culto a la verdad; un modo de aprecio por la objetividad y la comprobabilidad, y el desprecio por la falsedad y el autoengaño.

La honestidad intelectual requiere coherencia y solidez de principios por parte del emisor, sea este un intelectual, un científico, un periodista o un comunicador. Ser intelectualmente honesto significa ser libre, fiel a sí mismo y sostener un fuerte compromiso el discernimiento y la propia conciencia.

El uso de la palabra pública debe estar siempre sometido a las reglas de la honestidad intelectual porque supone el ejercicio de una tarea que conlleva responsabilidades.

La observancia de la honestidad intelectual exige, por lo tanto:

• La independencia de juicio: el hábito de convencerse por sí mismo con pruebas y de no someterse a la autoridad.

• Coraje intelectual: decisión para defender la verdad y criticar el error, cualquiera que sea su fuente y, muy particularmente, cuando el error es propio.

• Amor por la libertad intelectual y, por extensión, amor por las libertades individuales y sociales que las posibilitan.

• Sentido de la justicia: disposición para tomar en cuenta los derechos y opiniones del prójimo, evaluando sus fundamentos respectivos.

En cualquier caso, estas virtudes deben surgir de un código interno, autoimpuesto, y no depender de una sanción exterior.

Los principios de Karl Popper

Los principios que Karl Popper postuló en 1981 en la Universidad de Tubinga para definir la honestidad intelectual fueron elaborados para el mundo científico. Sin embargo, debido a que ofrecen una perspectiva muy amplia de este concepto, pueden ser aplicados a múltiples disciplinas.

Doce principios para una nueva ética profesional del intelectual:

1. Nuestro saber conjetural objetivo va siempre más lejos del que una persona puede dominar. Por eso no hay ninguna autoridad. Esto rige también dentro de las especialidades.

2. Es imposible evitar todos los errores, e incluso todos aquellos que, en sí mismos, son evitables. Todos los científicos cometen equivocaciones continuamente. Hay que revisar la antigua idea de que se pueden evitar los errores y que, por lo tanto, existe la obligación de evitarlos: la idea en sí encierra un error.

3. Por supuesto, sigue siendo nuestro deber hacer todo lo posible para evitar errores. Pero precisamente, para evitarlos, debemos ante todo tener bien claro cuán difícil es evitarlos y que nadie lo consigue completamente. Tampoco lo consiguen los científicos creadores, los cuales se dejan llevar de su intuición: la intuición también nos puede conducir al error.

4. Los errores pueden existir ocultos al conocimiento de todos, incluso en nuestras teorías mejor comprobadas; así, la tarea específica del científico es buscar tales errores.

5. Por lo tanto, tenemos que cambiar nuestra actitud hacia nuestros errores. Es aquí donde hay que empezar nuestra reforma práctica de la ética. Porque la actitud de la antigua ética profesional nos obligaba a tapar nuestros errores, a mantenerlos secretos y a olvidarnos de ellos tan pronto como sea posible.

6. El nuevo principio básico es que para evitar equivocarnos debemos aprender de nuestros propios errores. Intentar ocultar la existencia de errores es, por tanto, el mayor pecado intelectual.

7. Tenemos que estar continuamente al acecho para detectar errores, especialmente los propios, con la esperanza de ser los primeros en hacerlo. Si los encontramos debemos grabarlos en la memoria: analizarlos por todos lados para llegar a su causa.

8. Es parte de nuestra tarea el tener una actitud autocrítica, franca y honesta hacia nosotros mismos.

9. Porque debemos aprender de nuestros errores, debemos también aprender a aceptarlos, incluso con gratitud, cuando nos los señalan los demás. Si hacemos conscientes a los otros de sus errores, entonces debemos acordarnos siempre de que nosotros mismos hemos cometido, como ellos, errores parecidos. Y debemos acordarnos de que los más grandes científicos han cometido errores. Con toda seguridad, no afirmo que nuestros errores sean habitualmente perdonables: no debemos disminuir nuestra atención. Pero es humanamente inevitable cometer siempre errores.

10. Tenemos que tener claro en nuestra mente que necesitamos a los demás para descubrir y corregir nuestros errores y, sobre todo, necesitamos a gente que se haya educado con diferentes ideas, en un mundo cultural distinto. Así se consigue la tolerancia.

11. Debemos aprender que la autocrítica es la mejor crítica, pero que la crítica de los demás es una necesidad. Tiene casi la misma importancia que la autocrítica.

12. La crítica racional y no personal (u objetiva) debería ser siempre específica: hay que alegar razones específicas cuando una afirmación, una hipótesis o un argumento específicos nos parecen falsos o no válidos. Hay que guiarse por la idea de acercamiento a la verdad objetiva. En este sentido, la crítica tiene que ser impersonal; pero debería ser a la vez benévola.

Otras ideas: honestidad, hipocresía y simulacro

Según Alejandro Katz, la mentira nunca está ausente de la vida política. Pero en una jerarquía de los vicios, la mentira no ocupa el lugar principal: nadie espera de los políticos una absoluta sinceridad pública. Es más: algunos pensadores como Hobbes o Mandeville, han incluso argumentado a favor de un cierto grado de hipocresía. Judith Shklar, en su clásico libro sobre los ”Vicios ordinarios”, reserva el peor lugar, el más infame, a la crueldad, y señala que la hipocresía es inevitable en la política, lo que la ha llevado a afirmar: “la política democrática sólo es posible con algo de disimulo y pretensión”.

La hipocresía es, sin duda, un rasgo prominente del discurso político y de las prácticas de doble estándar. Así como la sucesión permanente de mentiras es algo distinto que una gran mentira, la sucesión interminable de conductas hipócritas no es una gran hipocresía. Es un simulacro, y el simulacro, a diferencia de la mentira y de la hipocresía, carece de toda conexión con la verdad, es indiferente a cómo son las cosas en la realidad.

Al simulador, a diferencia del mentiroso, la verdad lo tiene sin cuidado y, por ello, su discurso es lo que en inglés se denomina bullshit: cháchara, palabrería, charlatanería. Al simulador no le interesa mentir respecto de algo en particular: le interesa satisfacer sus objetivos y, para eso aspira a manipular las opiniones y actitudes de su público, sin poner ninguna atención a la relación entre su discurso y la verdad. Se trata, como escribió Harry Frankfurt en un ensayo ya clásico sobre el concepto de bullshit, "de un discurso vacío, que no tiene ni sustancia ni contenido".

Cuando el discurso se construye con una sucesión de mentiras, lo importante no es que intenta engañar respecto de cada una de las cosas que tergiversa, sino que intenta engañar respecto de las intenciones de lo que hace. El problema no es informar la verdad ni ocultarla. Decir la verdad o falsearla exige tener una idea de qué es verdadero, y tomar la decisión de decir algo verdadero y ser honesto o de decir algo falso y ser un mentiroso. Pero para el simulador, éstas no son las opciones ya que no está del lado de la verdad ni del lado de lo falso. Su mirada no está para nada dirigida a los hechos, no le importa si las cosas que dice describen la realidad correctamente: sólo las elige o las inventa a fin de que le sirvan para satisfacer sus objetivos.

¿Por qué, entonces, gobiernos con semejante discurso persuaden a tanta gente para que los voten? En tiempos en que las pertenencias partidarias y las identidades ideológicas son frágiles, y en que las personas actúan cada vez más como consumidores y menos como ciudadanos; en tiempos en los que el abismo entre la riqueza privada y la pobreza de los bienes públicos no deja de aumentar, en los que el voto se decide, mayoritariamente por la coyuntura de la economía, el simulacro sirve al poder como un almacén de coartadas al que sus votantes acuden para elegir los argumentos que justifican su elección.

Infinito repertorio de frases hechas y lugares comunes, clasificados en grandes estanterías bajo nombres que resultan pomposos porque han perdido su sentido –inclusión social, soberanía, poderes fácticos, modelo, matriz productiva diversificada, derechos humanos, democratización de la palabra, derechos de las minorías, democratización de la Justicia, proyecto nacional– conforman el guión del simulacro con el que muchos gobiernos han sustituido lo real, que les permite disfrutar de los beneficios inmediatos del presente sin por ello sentir traicionados los principios.

El simulacro produce votos para el partido político gobernante, al mismo tiempo que crea una zona de confort para sus votantes. Zona de confort que se extiende también a quienes no lo votan, porque, así como para muchos resulta cómodo permanecer bajo la hueca burbuja de la retórica gubernamental, muchos otros también hallan ventajas en colocar en el gobierno de turno la fuente de todo mal y de toda desgracia. Las responsabilidades colectivas se desvanecen en la autocomplacencia: el simulacro ha resultado exitoso para el gobierno porque ha resultado útil a la sociedad.

El simulacro es adecuado para una sociedad que vive el presente sin querer enterarse de que lo hace consumiendo su futuro. Pero el éxito del simulacro anticipa el fin de lo social, porque el bullshit corrompe las bases mismas de existencia de la sociedad: el idioma común. Al haber destruido toda relación con la verdad y, más aún, con la realidad, ese idioma está muerto.

El simulacro es impune, porque su promesa no puede nunca ser medida contra las evidencias de la realidad: las aguas en las que se hunde el futuro de ciudadanos que están más allá de toda esperanza no tienen la capacidad de ahogar el discurso vacío que produce el poder. Así, el simulacro instala un presente perpetuo, un presente que cancela –muchas veces, de las que hay tristes evidencias, de forma literal– toda promesa de porvenir. Continuar viviendo bajo el simulacro es condenarse a no tener futuro.

La honestidad intelectual según Sam Harris (neurocientífico)

Miremos hacia donde miremos, vemos a hombres y mujeres que uno llamaría cuerdos haciendo esfuerzos extraordinarios por no tener que cambiar de opinión. Obvio: a mucha gente no le gusta que la "vean" cambiando de opinión, aunque estaría dispuesta a hacerlo en privado o internamente y en sus propios términos, tal vez a partir de la lectura de un libro. Ese miedo a que nuestra imagen pública se vea perjudicada entraña un error fundamental, y es ahí donde conviene situarse en el lugar, precisamente, de quien nos "ve": aferrarse obcecadamente a nuestras convicciones más allá del punto en el que su falsedad ha quedado demostrada, a las claras no nos hace ver nada bien. [...]

La honestidad intelectual nos permite salirnos de nosotros mismos y pensar de formas que a otros pueden (y deberían) parecerles atrayentes. Todo depende de entender que querer que algo sea cierto no alcanza para que lo sea, sino más bien todo lo contrario: debería hacernos pensar que estamos un poco fuera de contacto con la realidad. En ese sentido, la honestidad intelectual hace posible el verdadero conocimiento.

Nuestro progreso científico, cultural y moral es casi enteramente producto de una persuasión exitosa. Por lo tanto, la incapacidad (o negativa) a razonar honestamente constituye un problema social. De hecho, desafiar las expectativas de lógica de los demás –desentenderse de los estándares de razonabilidad que uno mismo les exige a los demás– es una forma de hostilidad. Nuestras vidas son una elección permanente entre la conversación y la violencia, así que hay pocas cosas más importantes que nuestra decisión de apegarnos a la evidencia y los argumentos, nos lleven a donde nos lleven. La capacidad de cambiar de idea, incluso en temas relevantes –especialmente en temas importantes–, es lo único que nos permite albergar la esperanza de que las causas humanas de las miserias humanas puedan ser finalmente superadas.

Por último, otra forma de transgredir la honestidad intelectual es cuando, por ejemplo, se recurre a la inversión de la cuantía. Un buen ejemplo de esto en el ámbito religioso es vincular la pobreza con la pereza: en la Biblia la palabra pobreza aparece 180 veces y en solo una ocasión, se la vincula con la pereza.

Para leer más:

Ética de la razón cordial. Educar en la ciudadanía, de Adela Cortina