Democracia ecológico-social planetaria

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Reflexiones del teólogo y ecologista brasileño Leonardo Boff.

La crisis de sustentabilidad de la vida a nivel mundial se agravó de tal forma, que nos obliga inmediatamente a tomar decisiones de cara a la acción. Pero no de cualquier manera. Lo cierto es que los plazos se tornan cada vez más cortos. Es como un avión en la pista de despegue cuando alcanza el punto crítico de no retorno. O levanta el vuelo y sigue su curso, o no consigue alzar el vuelo y se estrella en las piedras.

Se presentan tres escenarios posibles:

1. O el actual paradigma de la sociedad depredadora de la naturaleza continúa, con el agravamiento de todas las contradicciones sociales y ecológicas;

2. o las sociedades humanas se dan cuenta del creciente déficit de la Tierra que se manifiesta en la degradación general de la calidad de la vida, en la injusticia societaria y ecológica y, entonces, se muestran mínimamente solidarias, inventando tecnologías mejor hechas y formas de desarrollo social inclusivas y respetuosas para todos y para la propia naturaleza;

3. o tienen la sabia audacia de dar el paso rumbo a un nuevo paradigma de relaciones benevolentes para con la naturaleza, de una nueva comprensión de la Tierra como súper organismo vivo, de los seres humanos como hijos e hijas del Planeta organizados en una democracia socioeconómicamente contenida dentro de un nuevo patrón de desarrollo con la naturaleza y nunca en contra de ella, y así, de esta manera, poder inaugurar una nueva esperanza para el planeta Tierra y un nuevo orden mundial.

El primer escenario, conservador, representa la tendencia actual de los años 90. El neoliberalismo globalizado muestra escasa sensibilidad por el drama mundial de los pobres. Es capaz de ser homicida y etnocida. Y puede revelar ahora su rostro de ecocida.

El segundo escenario, reformista, se sitúa dentro de la matriz moderna, pero procura minimizar los efectos no deseados con la introducción de técnicas menos contaminantes y más equidad social. El tercer escenario liberador, representa la real alternativa. Implica un profundo cambio de nuestra civilización, en el caso de que queramos vivir colectivamente. La gravedad de la situación nos impide la timidez. Precisamos buscar nuevos caminos. Sin eso no hay salvación para la comunidad planetaria.

En primer lugar, es necesario mantener viva la perspectiva de globalidad. No hay más soluciones regionales. Ni hay Arca de Noé que salve a algunos y deje perder a los demás. O nos salvamos todos, o todos nos perderemos.

En segundo lugar, importa que caminemos en dirección de una democracia ecológico-social planetaria. La democracia puede y debe ser vivida en todas las instancias donde las personas se relacionan: en la familia, en la escuela, en las asociaciones de la sociedad civil, en las iglesias y en la propia sociedad.

En la democracia social deben darse respuesta a las exigencias de una ecología social. La agresión que padece el ser humano a causa de la explotación de su fuerza de trabajo y de las condiciones de vida a la que está sometido representa una agresión a la naturaleza. Es el ser de la creación al que menos se le hace justicia. No son ballenas, o el oso panda de China, sino pobres del mundo, condenados a morir antes de tiempo, o pueblos en extinción, como los caiapós y los yanomanis del Brasil, entre otros. De allí la razón impostergable de la opción por los pobres.

Desde la perspectiva de la ecología social, esta opción incluye también a las especies más amenazadas de exterminio (solamente en la Amazonia están amenazadas 50.000 especies hasta el final del milenio). En esta democracia ecológico-social, ciudadanos no son solamente los humanos, sino todos los seres que componen el mundo humano-social. La democracia se abre entonces hacia una biocracia, hacia una cosmocracia. Por lo tanto, todos los seres de la naturaleza son ciudadanos sujetos de derecho, respeto y veneración. De ello deriva la exigencia política de una educación ecológica, que inicie a los seres humanos en la convivencia con sus hermanos y hermanas cósmicos en una misma sociedad. El día en que prevalezca esta democracia ecológico-social planetaria se habrán creado las condiciones para la alianza de fraternidad con la naturaleza.

En tercer lugar, se debe redefinir el sentido de la política y la economía.

Política, tiene que ver con la convivencia humana, la búsqueda y la realización del bien común. El bien común hoy, no es sólo humano. Es el bien común de toda la naturaleza. Incluye el derecho al futuro que todos los seres deben tener. Más que una técnica del poder, es el arte sinérgico de crear continuamente convergencias en la diversidad, el arte de hacer posible lo imposible. Es la práctica amorosa de la creación de condiciones de vida y dignidad para todos los seres.

La economía debe ser una economía ecológica. ¿Cómo podría ir bien la economía, si la Tierra va mal? El propósito de la economía ecológica es la de sintonizar la economía de la Tierra con la economía de los seres humanos, apuntando a la sustentabilidad y a la calidad de vida mundial de las personas y de los demás seres de la naturaleza. Eso significa hacer justicia para la generación presente y también para la futura, porque va a heredar una sociedad y una naturaleza sustentable.

Lo que decimos de la economía ecológica debe ser dicho de la ecoagricultura. Su objetivo no es sacar el máximo provecho humano de las potencialidades que el ecosistema presenta, sino crear más vida, más fertilidad en el suelo y más sustentabilidad del ambiente.

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