Decrecimiento sostenible

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El decrecimiento es una corriente de pensamiento político, económico y social favorable a la disminución regular controlada de la producción económica, con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, pero también entre los propios seres humanos.

Rechaza el objetivo de crecimiento económico en sí del liberalismo.

En palabras de Serge Latouche: “la consigna del decrecimiento tiene como meta, sobre todo, insistir fuertemente en abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento [...] En todo rigor, convendría más hablar de ‘acrecimiento’, tal como hablamos de ‘ateísmo’”.

La conservación del medio ambiente, afirman sus partidarios, no es posible sin reducir la producción económica, que sería la responsable de la reducción de los recursos naturales y la destrucción del medio que los genera, que actualmente estaría por encima de la capacidad de regeneración natural del planeta. Además, también cuestionan la capacidad del modelo de vida moderno para producir bienestar. Por estas causas se oponen al desarrollo sostenible. El reto estaría en vivir mejor con menos.

Para ello, proponen una disminución del consumo y la producción controlada y racional, respetando el clima, los ecosistemas y a los propios seres humanos. Esta transición se realizaría mediante la aplicación de principios más adecuados a una situación de recursos limitados: escala reducida, relocalización, eficiencia, cooperación, autoproducción (e intercambio), durabilidad y sobriedad.

En definitiva, y tomando como base la simplicidad voluntaria, buscan reconsiderar los conceptos de poder adquisitivo y nivel de vida. De no actuar razonadamente, opinan que se llegaría a una situación de decrecimiento forzado debido a la falta de recursos: si no decrecemos en virtud de un proyecto racional, mesurado y consciente, acabaremos por decrecer como consecuencia del hundimiento sin fondo del capitalismo global.

Argumentan asimismo que no se debe pensar en el concepto como algo negativo, sino muy por el contrario: cuando un río se desborda, todos deseamos que decrezca para que las aguas vuelvan a su cauce.

Conceptos decrecentistas básicos

La teoría enunciada por Nicholas Georgescu-Roegen sobre la bioeconomía en su obra The Entropy law and the Economic Process (1971) forma parte de los cimientos del decrecimiento, así como las críticas a la industrialización en los años 1950, 60 y 70; de Günther Anders (La obsolescencia del hombre, 1956), Hannah Arendt (Condición del hombre moderno, 1958); o del Club de Roma], principalmente a través del Informe Meadows de 1972 que tiene como título en castellano Los límites del crecimiento o la crítica de Iván Illich en La convivencialidad (1973).

El concepto nace por lo tanto durante los años 1970, resultado de las consecuencias atribuidas al productivismo de la sociedad industrial, sin importar si ésta deriva de un sistema capitalista o socialista, es decir, no sólo es un movimiento anticapitalista sino también es una ideología antiproductivista. Los partidarios del decrecimiento afirman además que este tipo de desarrollo económico se opone a los “valores humanos”.

Los defensores del desarrollo sostenible creen que el crecimiento económico es compatible con la preservación de los recursos naturales si se disminuye el consumo energético. En la mayoría de gobiernos de los países industrializados también se ha comenzado a hablar de “políticas de sostenibilidad”, e incluso a tratar de aplicar sus principios. Sin embargo, la teoría que defiende el decrecimiento opina que al aumentar la producción de bienes y servicios necesariamente aumentaría el consumo de recursos naturales, y que si este consumo es más rápido que la regeneración natural, como ocurre actualmente, esta situación los llevaría al agotamiento.

Decrecimiento y huella ecológica

La huella ecológica se define como el área productiva necesaria para continuar el ritmo de consumo de una población determinada y para asimilar los residuos producidos, de acuerdo a su modo de vida.

Para medir la huella ecológica, se tienen en cuenta distintos elementos y sus interacciones:

1. La cantidad de hectáreas utilizadas para urbanizar, generar infraestructuras y centros de trabajo.

2. Las hectáreas necesarias para proporcionar el alimento vegetal necesario.

3. La superficie necesaria para pastos que alimenten al ganado.

4. La superficie marina necesaria para producir el pescado.

5. Las hectáreas de bosque necesarias para asumir el CO2 que provoca nuestro consumo energético.

Así, mientras cada habitante de un país considerado de "ingresos altos" vive con lo que producen 6.4 hectáreas, cada habitante de un país de "ingresos bajos" vive con lo producido por 1 sola hectárea (de media).

Para entender bien el concepto, veamos un ejemplo: mientras cada habitante de Bangladés vive con lo que producen 0,56 hectáreas, cada norteamericano "necesita" 12,5. Luego cada norteamericano usa un terreno que es 22,3 veces mayor que el que usa un bangladesí. De las 12,5 hectáreas, 5,5 están en Estados Unidos y el resto (7) se encuentran en el extranjero.

Según el mismo informe, para el año 2005 se estimó el número de hectáreas globales (hectáreas bioproductivas) por persona en 2,1. Sin embargo, vemos que para todo el mundo, el consumo se sitúa en 2,7. Por lo tanto, estuvimos sobre-consumiendo respecto de la capacidad del planeta: estamos destruyendo los recursos a una velocidad superior a su ritmo de regeneración natural.

Así, globalmente se suele estimar en entre tres y ocho planetas los recursos necesarios para que la población mundial se acerque al nivel de vida actual europeo. Por lo tanto, la única forma de alcanzar la igualdad económica mundial de forma durable sería que los países ricos decrecieran.

En el supuesto de una progresiva desaparición de los recursos naturales, esta situación llevaría a una reducción obligada del consumo. Lo que propone el decrecimiento es una disminución controlada y consciente, anticipándose al cambio para que éste sea lo menos traumático posible.

Sin embargo, el cálculo de la huella ecológica es complejo, y en algunos casos imposible, lo que constituye su principal limitación como indicador. Aunque el valor cuantitativo pueda resultar erróneo su sentido cualitativo se considera correcto.

Consumo y escasez de recursos

Es sabido que a medida que la economía y la población crezcan, la necesidad de recursos podría hacerlo también. En el siglo XVIII, el economista inglés Thomas Malthus en su "Ensayo sobre el principio de la población", empezó a plantear el problema de escasez frente a la superpoblación. Sin embargo, sus pronósticos se vieron empañados tras el auge de la revolución industrial y la era del petróleo barato, no siendo hasta bien avanzado el siglo XX que resurgieron voces que remarcaban este problema como el Club de Roma en el libro "[Los límites del crecimiento]" e importantes pronósticos de geólogos, como el cenit del consumo del petróleo estadounidense de 1970 de M. King Hubbert.

En sus tesis describen una cantidad fija de recursos no renovables que en algún punto escasearán, como es el caso del petróleo, diversos metales, el carbón, el gas y el uranio. Además agregan que los recursos renovables también pueden agotarse si son extraídos a un ritmo insostenible durante períodos prolongados, como por ejemplo lo ocurrido con la producción de caviar en el Mar Caspio.

De ahí en adelante existe una mayor preocupación sobre cómo la creciente demanda deberá cumplirse tras la disminución de los suministros. Muchos tienen un optimismo puesto en la tecnología para desarrollar sustitutos de los recursos que se puedan agotar. Por ejemplo, algunos ven a los biocombustibles como sustituto del déficit de la demanda después del cenit del petróleo. Sin embargo, otros han argumentado que ninguna de las alternativas podría reemplazar con eficacia la versatilidad, eficiencia y portabilidad del petróleo.

Los partidarios del decrecimiento sostienen que el descenso del consumo es la única forma de cerrar la brecha de forma permanente. Para los recursos renovables, la demanda, y por lo tanto la producción, también deben ser llevados a niveles que impidan el agotamiento y eviten el deterioro ambiental. Avanzar hacia una sociedad que no sea dependiente del petróleo es visto como meta esencial para evitar el colapso societal cuando los recursos no renovables se agoten. Según Fournier, “el decrecimiento no es sólo una cuestión cuantitativa de hacer menos de lo mismo, es también y, más fundamentalmente, un paradigmático cambio de orden de los valores, en particular, la reafirmación de los valores sociales y ecológicos y una repolitización de la economía ".

Efecto rebote o eficiencia anulada por el consumo

Este fenómeno se da cuando se produce un aumento del consumo a causa de la reducción de los límites de utilización de una tecnología, pudiendo ser estos límites monetarios, temporales, sociales. Es decir que, al ser más fácil consumir una unidad de producto (por una mejora cualquiera introducida), aumenta el consumo de éste.

Así, los defensores del decrecimiento postulan un “efecto rebote” sistemático: todo progreso técnico, toda mejora de productividad, en vez de reducir el consumo de materias primas y energéticas conduciría al contrario a un mayor consumo, fenómeno ya estudiado por la Paradoja de Jevons en el siglo XIX.

Un buen ejemplo se da en la industria automovilística. Hoy en día es posible producir vehículos menos contaminantes por unidad de potencia que hace unos años; pero como su número, su potencia, su masa, los kilómetros recorridos y los habitáculos climatizados aumentan, la contaminación que producen aumenta también. El mismo argumento se emplea al referirse al reciclaje cuyos efectos, aunque importantes, no son siempre suficientes para compensar el aumento de la producción de desechos por habitante.

En palabras de Serge Latouche: “las disminuciones del impacto y contaminación por unidad se encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del número de unidades vendidas y consumidas”.

Deuda del crecimiento, explotación del Sur y el planeta

Para los “decrecentistas”, el problema no es la pobreza de los países del Sur, sino que lo es la mal entendida “riqueza” y el consumo excesivo de los países del Norte. Estos países han llevado a una situación límite la cuestión de sostenibilidad del planeta, en el que una tierra por sí sola ya no es suficiente.

De modo que la mayor parte del Norte sobrepasa en más de una tierra la huella ecológica, siendo el caso estadounidense el más extremo con 12,5 hectáreas per cápita durante el año 2005. Por otro lado, el 20% de la población mundial, la que goza de las mayores riquezas, consume el 85% de los recursos naturales.

Dicho de otra forma, la mayor parte de los países del Norte han tomado "prestado" de los países del Sur y del planeta tanto recursos como mano de obra desde hace siglos, lo que ha llevado a distintos autores decrecentistas a reconocer a los países del Norte como deudores de crecimiento para con los países del Sur y con el planeta.

Algunos han considerado que tal deuda debería incorporar un conjunto de deudas definidas a partir del estudio del impacto del modelo de crecimiento occidental:

- Deuda económica, donde el crecimiento del Norte se ha dado debido al intercambio desigual con el Sur.

- Deuda histórica, donde el crecimiento del Norte se ha estado dando desde la colonización hasta las múltiples formas renovadas de dominación para con el Sur (neocolonialismo y globalización).

- Deuda cultural, donde el modelo de crecimiento del Norte ha destruido culturas y los estilos de vida en los países del Sur.

- Deuda social, donde el crecimiento del Norte ha impactado en las condiciones de vida, de salud, y de derechos humanos de las poblaciones del Sur.

- Deuda ecológica, donde el crecimiento del Norte ha impactado en el planeta y en los países del Sur debido a las emisiones de dióxido de carbono, la biopiratería, los pasivos ambientales y la exportación de residuos.

Según afirman los decrecentistas, el impacto al planeta se traduce como efecto invernadero, la desregulación del clima, la pérdida de la biodiversidad y la contaminación. Como consecuencia de lo anterior ocurriría una degradación de la salud humana, en mayor medida en los países pobres, incluyendo la flora y la fauna, ocasionando entre estos efectos adversos como esterilidad, alergias, malformaciones, etc.

Crítica de los instrumentos de medida de la economía

Los partidarios del decrecimiento (y reputados economistas, como el premio nobel Joseph Stiglitz) opinan que la búsqueda, por parte de los economistas, de un instrumento de “medida de la riqueza” (tanto por razones políticas como científicas), los ha conducido a tener en cuenta sólo las riquezas medibles, es decir, los bienes y servicios que se pueden comprar y vender en el mercado, y que tienen así un valor monetario. El índice empleado por excelencia para medir el progreso de una economía es el PIB, que sin embargo no tiene en cuenta aspectos como el bienestar de la población ni el valor y conservación de los ecosistemas.

Ejemplificando sobre las limitaciones del PIB, para Jean Gadrey y Florence Jany-Catrice una nación podría tener el mismo PIB si retribuyese un 10% de sus riquezas para destruir y otro 10% para reconstruir, que una nación invirtiendo ese mismo 20% de sus riquezas en educación, cultura o salud. Mientras tanto, el economista Serge Latouche expone que se obtienen generalmente resultados de crecimiento cero o negativo si a las estimaciones de la reducción de la tasa de crecimiento se suman los daños causados al medio ambiente y todas sus consecuencias sobre el “patrimonio natural y cultural”.

De estas diferencias entre el concepto de riqueza y su cuantificación por el PIB, pueden resultar críticas a los medios de medir la riqueza más que cuestionar la noción de crecimiento, que es el objeto de la teoría del decrecimiento. Sin embargo, nos permiten comprender que el criterio de creación de riqueza según el cual ésta aumenta al crecer el PIB, es erróneo.

Decrecimiento y desarrollo sostenible

El decrecimiento se opone tanto a la economía liberal y productivista como a la noción de desarrollo sostenible. Desarrollo y sostenibilidad serían, hoy por hoy, incompatibles. Todo el planeta aspira a alcanzar los niveles de vida occidentales (con el 20% de la población del planeta consumiendo el 85% de los recursos naturales). Por lo tanto, el desarrollo no podrá ser sostenible.

Según muchos ecologistas, el desarrollo sostenible ha pasado a convertirse en un argumento que utilizan los gobiernos y las propias multinacionales para demostrar que tienen en cuenta los efectos medioambientales a la hora de tomar decisiones, de forma que se ha transformado en la máscara para aparentar un respeto inexistente, o al menos insuficiente (como por ejemplo el Protocolo de Kyoto) al entorno.

Los ocho pilares del decrecimiento

En contraposición al abuso que hace el modelo capitalista del prefijo “hiper”, que denota sobre, exceso o exageración de la verdad, como “hiperactividad”, “hiperdesarrollo”, “hiperproducción”, “hiperabundancia”, etc, Serge Latouche propone un sistema de soluciones bajo el prefijo “re”, que denota repetición o retroceso, a los que ha nombrado como los pilares del decrecimiento o el modelo de las “8 R”:

Revaluar: Se trata de sustituir los valores globales, individualistas y consumistas por valores locales, de cooperación y humanistas.

Reconceptualizar: Encaminado sobre todo a la nueva visión que se propone del estilo de vida, calidad de vida, suficiencia y simplicidad voluntaria ya mencionadas.

Reestructurar: Adaptar el aparato de producción y las relaciones sociales en función de la nueva escala de valores, como por ejemplo, combinar ecoeficiencia y simplicidad voluntaria.

Relocalizar: Es un llamamiento a la autosuficiencia local con fines de satisfacer las necesidades prioritarias, disminuyendo el consumo en transporte.

Redistribuir: Con respecto al reparto de la riqueza, sobre todo en las relaciones entre el norte y el sur.

Reducir: Con respecto al cambio del estilo de vida consumista al estilo de vida sencillo y todas las implicaciones que esto conlleva.

Reutilizar y reciclar: Se trata de alargar el tiempo de vida de los productos para evitar el consumo y el despilfarro.

Decrecimiento sostenible

Autores como Clémentin y Cheynet emplean esta acepción para distinguir entre decrecimiento sostenible e insostenible.

-El decrecimiento insostenible o caótico es aquel donde las condiciones ecológicas se ven mejoradas a expensas del detrimento de las condiciones sociales tras crisis, o colapsos de las sociedades.

-En lo que respecta al decrecimiento controlado, a su vez, distinguen que si es intentado de "arriba a abajo" existe el riesgo de engendrar un régimen ecototalitario (ecofascismo).

Por lo tanto, afirman que la solución verdadera a un "decrecimiento sostenible" requiere hacer un llamamiento a la responsabilidad de los individuos, es decir, el cambio debería ser de "abajo a arriba" de forma que se evitaría una crisis social que pondría en cuestión la democracia y el humanismo. Para tal efecto, cada individuo tendría que entender el nuevo significado del estilo y calidad de vida antes mencionado (simplicidad voluntaria).

Estos autores también definen al decrecimiento sostenible como el intento de una civilización sobria y austera cuyo modelo "económico saludable" asuma la finitud del planeta.

Aducen que un ejemplo de decrecimiento caótico o insostenible es el que ha tenido lugar en Rusia desde 1990, como consecuencia de la desindustrialización no buscada o deseada. En cambio, señalan como ejemplo de intentos de control de "arriba a abajo" aquellos regímenes totalitarios en Europa que se establecieron después de la gran depresión.

Mencionan también que Edward Goldsmith propone la reducción a un ritmo del 4% durante 30 años como forma probable de escape a la crisis climática, pero distan de verla como solución sociológica debido a los riesgos ya enumerados (crisis, ecofascismo). En el mismo plano de todo lo anterior, André Gorz menciona que una "reestructuración ecológica" sólo puede agravar la crisis del sistema, pero también argumenta que si no se rompe de manera radical con los paradigmas económicos que vienen desde el siglo XIX existe la imposibilidad de evitar el cambio climático. Por tanto, Gorz ve al decrecimiento como un imperativo de supervivencia.

Al igual que Clémentin y Cheynet, Gorz supone que un cambio correcto iría en el sentido de adoptar otra economía, otro estilo de vida, otra civilización y otras relaciones sociales, pero sin estas premisas, sólo se podrá evitar el colapso a través de restricciones, racionamientos y repartos autoritarios de recursos característicos de una economía de guerra. De esa manera Gorz ve con interrogantes como se pudiese dar la salida al capitalismo y el ritmo en que esto pudiese suceder. El teórico argumenta que ante la situación de extralimitación las posibilidades se restringen a dos: o saliendo de forma civilizada o de forma bárbara.

Mientras tanto, Bonaiuti argumenta que la reducción drástica del consumo provocaría malestar social, desocupación, y en última instancia, el fracaso de la políticas económico-ecológicas alternativas. Propugna, en consecuencia, desplazar los acentos hacia lo que llama “bienes relacionales” y una economía solidaria. Se entiende, pues, que el decrecimiento material tendría que ser un crecimiento relacional, convivencial y espiritual.