Pensamientos sobre sustentabilidad y cultura

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por Carmen Olaechea, miembro del Leadership Circle de IMPACT

Ser uno de nosotros

Nosotros: humanos, humanidad, especie humana, raza humana, Homo sapiens, 7.500 millones de personas en la Tierra. Nosotros: esta especie irresistible que se ha estado moviendo por el Planeta creando conciencia, espiritualidad, idiomas, cultura, arte, filosofía, ciencia, tecnología. ¿Qué puede haber en nosotros que no sea digno de ser admirado y amado? Nosotros: esta horrible especie que se ha estado moviendo por el Planeta esparciendo muerte, guerra, esclavitud, tortura, codicia, abuso, indiferencia. ¿Qué puede haber en nosotros que no merezca ser temido y odiado? Todo y todo. Ser uno de nosotros, nos guste o no, significa aceptar que todos juntos somos la manifestación total de lo que nuestra especie fue, es y podrá ser.

Y, sobre todo nosotros: esta extraordinaria especie que ha desarrollado dos habilidades que constituyen la columna vertebral de nuestro poder para evolucionar y transformarnos colectivamente. Primero, la capacidad de ser los hacedores y, simultáneamente, los observadores de nuestro propio hacer. De hecho, somos al mismo tiempo los protagonistas y el público de nuestra evolución, y desde ambas perspectivas participamos e influimos en ella. En segundo lugar, la capacidad de elaborar juntos narrativas, de crear y contar historias que tienen el poder de unirnos en una dirección compartida con nuevas preguntas, creencias, búsquedas, entendimientos y acciones. Narrativas que nos guían en nuestros procesos evolutivos colectivos.

Qué emocionante es ser uno de nosotros a principios del siglo XXI, una época en la que estas dos habilidades están en pleno movimiento, como siempre sucede cuando estamos viviendo un cambio de paradigma. Somos nosotros los que tenemos que cruzar el tiempo entre paradigmas; este tiempo en el que coexisten lo viejo, que se desvanece con resistencia y lo nuevo, que emerge disperso y fragmentado. Pertenecemos a la generación que tiene la oportunidad de vivir el excepcionalmente creativo y desafiante proceso que experimentamos los humanos durante nuestras transformaciones colectivas.

Somos como ellos, somos únicos

No somos diferentes a ninguna otra generación humana que haya experimentado un cambio de paradigma y como todas, comenzamos por observarnos a nosotros mismos y al mundo de una manera diferente. En nuestro caso este proceso se viene desarrollando desde hace siglo y medio, y con ello hemos iniciado la transición de un paradigma a otro. Desde la cultura, la espiritualidad, la ciencia o la política, desde nuestro orgullo o nuestra vergüenza, hemos estado buscando nuevas preguntas y respuestas, y hemos comenzado a dar el siguiente paso en una evolución cultural. Como resultado, hemos estado dando a luz a nuevos campos de conocimiento, nuevas comprensiones poderosas y puntos de vista previamente desconocidos, y hemos estado transformando, profundamente, nuestra propia manera de interpretar la realidad.

La física cuántica, la psicología, la sociología, la ecología, la semiótica, la autopoiesis, el inconsciente, el pensamiento sistémico, la Tierra vista desde fuera y el mundo virtual, solo por nombrar algunos, son a la vez la causa y el efecto de nuestra actual transformación en curso. Estos nuevos entendimientos, por sí mismos y entrelazados, nos han ido transformando al brindar un nuevo abanico de perspectivas y posibilidades que enriquecen nuestro conocimiento, fortalecen nuestro poder de transformación y agregan nuevos desafíos para la observación integral de los fenómenos y la realización de acciones colectivas.

Y, sin embargo, probablemente somos una singularidad en la historia de los cambios de paradigma, de hecho somos totalmente diferentes de todas las generaciones humanas anteriores que han experimentado uno. Hay muchos rasgos sin precedentes que hacen que nuestra actual transformación colectiva sea única; y también extrema y conmovedora. Aquí hay cuatro de ellos:

La primera es que ahora somos conscientes del hecho mismo de que evolucionamos a través de cambios de paradigma. Somos la primera generación que ha estado, durante décadas, observando y comprendiendo conscientemente cómo nos transformamos colectivamente. De ahí que podamos relacionarnos con el proceso de una forma diferente.

La segunda es que ya no podemos esperar que la ciencia y la academia sean la única fuente legítima de los nuevos conocimientos y comprensiones. En los últimos 30 años, la producción de conocimiento se ha escapado de cualquier contenedor establecido; no tiene creadores ni propietarios exclusivos; crece duplicándose cada año; surge de fuentes inconmensurables de diferente calidad; y, aunque se ha vuelto totalmente accesible, también se ha vuelto casi imposible de capturar, digerir, evaluar, diferenciar y entrelazar. Somos la primera generación humana que tiene una capacidad exponencial para producir conocimiento y, al mismo tiempo, la primera que no puede manejarlo y ha aprendido a dudar de las certezas que el conocimiento en cuestión ofrece.

El tercer rasgo es un nuevo sentido de pertenencia a la Vida misma aún mayor que el que teníamos antes hacia nuestra especie. Desde el momento en que nos miramos desde fuera de la Tierra, millones de nosotros comenzamos a sentir que nuestro Planeta es, de hecho, un único organismo vivo y que somos una parte interdependiente de él. Esta nueva percepción ha ido creciendo y expresándose de miles de formas. Una fundamental es la comprensión cada vez mayor de que somos una de las partes más peligrosas del sistema.

Y el último es la urgencia, porque la degradación que le hemos impuesto al Planeta amenaza dos aspectos esenciales de la vida: la diversidad y la complejidad, y por ello estamos poniendo en riesgo la existencia de millones de seres vivos, incluyendonos a nosotros mismos. Esta urgencia cambia todo en nuestro proceso de transformación colectiva, porque trae el tiempo a la ecuación: algo que nunca antes fue un tema masivamente definitorio. A estas alturas todos sabemos, en nuestra mente, cuerpo y alma que estamos en peligro, que no hay "otro lugar" adonde ir, que tenemos que cambiar y que estamos a punto de perder la oportunidad de hacerlo a tiempo.

La nueva narrativa

No estamos al comienzo de nuestro cambio de paradigma, sino bastante avanzados en él. Y es por eso que las transformaciones que vivimos abarcan tantos aspectos y se manifiestan de tantas formas en nuestra vida individual y colectiva. Ya no es posible asociar el surgimiento de cualquiera de nuestros cambios colectivos exclusivamente con un campo particular del pensamiento o la acción humana, como suele ocurrir al comienzo de un cambio de paradigma. Entonces, a estas alturas, lo que nos está sucediendo es tan grande y tan complejo que ningún enfoque único y parcial puede captarlo.

De todos modos, siendo ahora observadores de nuestra propia transformación colectiva, podemos conectar algunos de los elementos esenciales del paradigma emergente con nuestro nuevo sentido de pertenencia a la vida y con nuestra urgencia por protegerla. Estos dos rasgos de nuestro tiempo representan los desafíos más poderosos para dos de las creencias más fuertes del viejo paradigma: que los seres humanos son superiores a otras formas de vida y que el Planeta no tiene límites. Este viejo pensamiento ha producido y sigue causando daños en el ámbito físico que impactan la vida en la Tierra de manera dramática y, en muchos casos, irreversible. Por eso, cuando miramos hacia atrás para obtener los primeros capítulos de la nueva narrativa, lo que encontramos en su mayoría son referencias que provienen de la biología, la ecología, el ambientalismo, el desarrollo sustentable y la sustentabilidad.

El “control de la naturaleza” es una frase concebida con arrogancia, nacida de la era neandertal de la biología y la filosofía, cuando se suponía que la naturaleza existía para la conveniencia del hombre. Los conceptos y prácticas de la entomología aplicada datan en su mayor parte de la Edad de Piedra de la ciencia. Es nuestra alarmante desgracia que una ciencia tan primitiva se haya armado con las armas más modernas y terribles, y que al volverlas contra los insectos también las haya vuelto contra la tierra. Así expresó la nueva comprensión la bióloga estadounidense Rachel Carson, una de las primeras observadoras conscientes de esta tragedia. Su libro Silent Spring, escrito en 1962, es considerado por los ambientalistas como el primer hito en la elaboración de la nueva narrativa.

El siguiente hito fundamental ocurrió en 1987; y aquellos de nosotros que estuvimos allí viendo su aparición todavía podemos recordar la claridad, la esperanza y el sentido de dirección que vino con su presentación. Fue el Informe Brundtland, también llamado Nuestro futuro común, de una Tierra a un Mundo. Este informe fue encargado por la ONU a Gro Harlem Brundtland, en ese momento primera ministra de Noruega. Para escribirlo contó con la colaboración de miles de personas en todo el mundo. El informe analizó minuciosamente los desafíos que enfrentaba la humanidad en ese momento; y posicionó, de manera radical y todavía válida, dos nociones poderosas. Primero, que necesitábamos crear una agenda global para el cambio. El informe fue una preparación para una reunión global que se llevaría a cabo 5 años después en Brasil, diseñada y de la que se esperaba que creara esa agenda. Y en segundo lugar, el informe ofreció la primera propuesta global sobre lo que sería el norte común de los esfuerzos humanos por cambiar: la noción de desarrollo sostenible.

Desde su primera aparición, el concepto de desarrollo sostenible ha sido adoptado, transformado, desafiado, reemplazado, cuestionado, complementado, revalidado, perdido, recuperado ... Hoy, para millones de personas, colectivos, sistemas y perspectivas el concepto - después de pasar del adjetivo sustentable al sustantivo sustentabilidad - se ha convertido en un mantra que captura tanto la Gestalt nacida en 1987, como las líneas específicas de búsquedas, aprendizajes, fracasos y logros alcanzados en pos de esta visión. La sustentabilidad se ha ganado el estatus de noción clave que expresa el espíritu de la época y, con ello, el paradigma emergente.

Sustentabilidad

Si hoy buscamos en Google “sustentabilidad” en inglés y español, terminamos con más de 600 millones de registros. En nuestros días, este es un indicador para ver que una idea se ha tenido en cuenta e integrado en todas partes. Después de que comenzamos a hablar de sustentabilidad en 1987, nunca dejamos de producir nuevas perspectivas, agendas, entendimientos, políticas y convenios colectivos en torno al concepto. De manera incesante se producen innumerables desarrollos relevantes relacionados con la búsqueda de la sustentabilidad. De la Agenda 2030 de la ONU a la máquina que elimina el plástico del Pacífico; desde la primera constitución nacional que reconoce los derechos a la naturaleza hasta los nuevos “edificios bosques”; desde un país que ya ha logrado un 50% de energía renovable hasta una adolescente que impulsa un movimiento global para crear conciencia sobre el cambio climático. Todos estos son ejemplos de la inconmensurable ebullición creativa que estamos viviendo en relación con la sustentabilidad.

Y, en todos ellos, vemos uno de los principios rectores del paradigma emergente: la necesidad y voluntad de reparar y cuidar la trama de la vida. De hecho, uno de los entendimientos más esenciales que hemos alcanzado a través de nuestro camino de auto observación es que un porcentaje desproporcionado de humanos parece haber perdido el acceso a un instinto biológico básico presente en cualquier especie: el instinto de que, para sobrevivir, es fundamental no destruir el propio hábitat. Podemos ver ahora que el viejo paradigma ha contribuido profundamente a separar a la cultura y a la naturaleza dentro de nosotros, una disrupción que parece habernos llevado a dejar de saber cómo cuidar nuestro propio hábitat.

En 1999, asociado al concepto de desarrollo sostenible, la UNESCO le pidió al filósofo Edgar Morin que reflexionara sobre cómo debería concebirse la educación para un futuro sostenible. Morin sugirió que la educación debería resolver esta misma desconexión entre cultura y naturaleza. También presentó una explicación del fenómeno como el resultado de la ruptura entre el ámbito antropo-social y el biológico de nuestra especie; una ruptura sobre la que comenzamos a concebir seres humanos fuera del Cosmos. En su informe para la UNESCO, Siete saberes necesarios para la educación del futuro, lo explicó de esta manera: Interrogar nuestra condición humana, es entonces interrogar primero nuestra situación en el mundo. Una afluencia de conocimientos a finales del siglo XX permite aclarar de un modo completamente nuevo la situación del ser humano en el universo. Los progresos concomitantes con la cosmología, las ciencias de la Tierra, la ecología, la biología, la prehistoria en los años 60-70 han modificado las ideas sobre el Universo, la Tierra, la Vida y el Hombre mismo. Pero estos aportes aún están desunidos. Lo humano permanece cruelmente dividido, fragmentado en pedazos de un rompecabezas que perdió su figura. Aquí se enuncia un problema epistemológico: es imposible concebir la unidad compleja de lo humano por medio del pensamiento disyuntivo que concibe nuestra humanidad de manera insular por fuera del cosmos que lo rodea, de la materia física y del espíritu del cual estamos constituidos, ni tampoco por medio del pensamiento reductor que reduce la unidad humana a un substrato puramente bio-anatómico.

Profundizar en la comprensión de cómo se ha producido esta disrupción es fundamental, de la misma manera que lo es comprender que reconectar la naturaleza y la cultura es esencial para promover una nueva forma de ser en la red de la vida. Ambos entendimientos, a su vez, son parte de un tejido mucho más amplio y complejo de entendimientos asociados con el paradigma emergente.

Cultura

La cultura es el ámbito donde toman forma todos los cambios humanos y el tejido en el que se integran todas las aventuras de nuestro espíritu. La cultura es donde nace lo que podemos ser y donde se expresa aquello en lo que nos hemos convertido; por tanto, es un elemento esencial en todos los cambios de paradigma y en todas las creaciones de nuevas narrativas. De hecho, un cambio de paradigma se termina y un nuevo paradigma se establece cuando la cultura está totalmente embebida con la nueva forma colectiva de ser.

Thomas Kuhn, el filósofo de la ciencia que desarrolló la teoría de los cambios de paradigma como explicación para nuestras transformaciones colectivas, puso la cultura al final del proceso. Para él, el comienzo del cambio era siempre una revolución conceptual entre aquellos en relación con el conocimiento establecido en la ciencia. Estas revoluciones conceptuales eran la razón para iniciar un cambio desde un viejo paradigma a uno nuevo y siempre sucedía primero en el campo de la ciencia. A partir de ahí, explicaba, los nuevos conocimientos se incorporan lentamente a la cultura hasta convertirse en el "sentido común" de la época. Pero para nosotros en el siglo XXI dos aspectos de su teoría son vividos de una manera radicalmente diferente.

En primer lugar, los desafíos al viejo pensamiento provienen de todas partes, ya que el conocimiento se genera en todas partes. Cada disciplina, campo, sector, ideología, perspectiva está participando en la revolución y encontrando resistencias y apoyos entre unos y otros y dentro de sus propios universos. Eso significa que la revolución que está desafiando el viejo paradigma no es solo conceptual sino emocional, espiritual, relacional y también masiva, dispersa, imparable. En segundo lugar, nuestro paradigma emergente, aunque aún no se haya establecido como el sentido común de la época, ya está incorporando la cultura y expresándose en miríadas de formas a través de ella.

Porque ahora somos conscientes de cómo cambiamos y nos estamos observando hacerlo, muchos han estado pensando en cómo contribuir a profundizar y acelerar el surgimiento del nuevo paradigma a través de nuestro vehículo de conexión más poderoso: la cultura. Así, en los últimos 15 años, la cultura ha entrado, cada vez más, en las conversaciones sobre sustentabilidad, y ha sido objeto de intensos posicionamientos, discusiones y producciones conceptuales. Todas las diversas formas en que se ha representado el papel de la cultura, muestran el amplio espectro que hemos estado explorando con respecto a la relación entre cultura y sustentabilidad. También manifiestan las dificultades que enfrentamos para acordar la relación entre ellas. A pesar de la búsqueda en curso, todos reconocen el papel decisivo que juega la relación cultura-sustentabilidad en el proceso de transición de un paradigma a otro.

En 2015, la Cooperación Europea en Ciencia y Tecnología publicó un informe explicando las tres representaciones que han desarrollado sobre la cultura en relación a la sustentabilidad. En su introducción dicen: Debería ser obvio que la cultura es importante para el desarrollo sostenible. Sin embargo, casi 30 años después del informe Brundtland "Nuestro futuro común", la incorporación de la cultura en los debates sobre sustentabilidad parece seguir siendo un gran desafío, tanto científica como políticamente.

La primera representación es la cultura en la sustentabilidad donde la cultura se convierte en el cuarto pilar de la sustentabilidad, junto con los pilares social, económico y ecológico. La segunda es la cultura para la sustentabilidad, donde la cultura tiene un rol mediador para lograr la sustentabilidad económica, social y ecológica. La tercera representación es la cultura como sustentabilidad, donde la cultura es una base necesaria para alcanzar los objetivos generales de la sustentabilidad. Esta representación encierra los otros pilares de la sustentabilidad y se convierte en una dimensión global de ella. En otras palabras, la sustentabilidad se integra en la cultura y conduce a una civilización eco-cultural.

Estuve allí en 1987 cuando surgió el concepto de desarrollo sostenible como norte colectivo y supe que algo importante había sucedido para todos nosotros. Desde el año 2000, siento el preámbulo de la Carta de la Tierra como un compromiso colectivo: Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro. A medida que el mundo se vuelve cada vez más interdependiente y frágil, el futuro depara, a la vez, grandes riesgos y grandes promesas. Para seguir adelante, debemos reconocer que, en medio de la magnífica diversidad de culturas y formas de vida, somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común. Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz. En torno a este fin, es imperativo que nosotros, los pueblos de la Tierra, declaremos nuestra responsabilidad unos hacia otros, hacia la gran comunidad de la vida y hacia las generaciones futuras.

Pienso a la cultura como sustentabilidad, y creo que muy bien podría ser que seamos la generación humana que enfrentará los mayores desafíos desde que nació nuestra especie. Qué emocionante es ser uno de nosotros durante este tiempo extraordinario y qué difícil. Pero la exuberancia creativa que marca esta transformación colectiva, combinada con los desafíos sin precedentes de nuestro tiempo, ha dado forma a nuestra cultura de infinitas maneras durante décadas. Nuestra generación está llamada a expandir la conciencia, a asumir compromisos trascendentes con la vida y a buscar soluciones radicalmente innovadoras para enfrentar nuestros desafíos. Y, sobre todo, estamos llamados a convertirnos en “nosotros”, en relación con nuestra especie y nuestro sistema de vida. Nosotros la Tierra.